domingo, 16 de mayo de 2010

TARDES DE TOROS, 2. LA MUERTE: BELMONTE

Música para acompañar: No tiene ni un mal pasodoble dedicado. Una pena.
Los que me veían ir contra lo que ellos consideraban leyes naturales, se llevaban las manos a la cabeza y decían: "Tiene que morir irremediablemente. O se quita de donde se pone o lo mata el toro". Yo no me quitaba, el toro tardaba en matarme, y los entendidos, en vez de resignarse a reconocer que era posible una mecánica distinta en el juego de la lidia, que era lo más sencillo y razonable, se pusieron a dar gritos histéricos y a llamarme hiperbólicamente "terremoto", "cataclismo", "fenómeno" y no sé cuántas cosas disparatadas más. 
                           Manuel Chaves Nogales. Juan Belmonte, matador de toros.

No se puede entender a Joselito sin saber quienes fueron su hermano, Rafael el Gallo y, sobre todo, su pareja de hecho en el mundo del toreo, su opositor, su alter ego, su contrapeso real, su réplica y equilibrio, su otro platillo de la balanza: Juan Belmonte. 
Hay quien afirma que, de no haber muerto Joselito tan temprano, los dos, que toreaban de formas tan diferentes, hubieran terminado toreando de una forma muy parecida, síntesis de la de uno y la del otro; tanto se admiraban mutuamente.
De su hermano Rafael, sólo dos indicaciones: era el marido de la bailaora Pastora Imperio y uno de los toreros que más sabían del miedo. Cuando lo sentía en la plaza, tiraba los trastos  de matar y se marchaba al callejón, a esperar a que lo detuviera, para llevárselo, la célebre pareja de la Guardia Civil. Pero cuando no lo sentía, a decir de las crónicas, toreaba magníficamente. 
Pero he usado la palabra incorrecta: miedo. Porque Rafael, el Gallo, no tenía normalmente miedo, sino jindama, una veces, y canguelo, otras. Que no son sinónimos, por mucho que se empeñe la Real Academia. La jindama, señalan algunos entendidos, es esa sensación incomprensible de misterio que te envuelve en un determinado momento; el canguelo, una especie de aviso fantasmal de un mal por venir. Pero parece que, para entender estos matices, no basta con ser lingüista; hay que ser gitano y torero.
Pero volvamos a Joselito y a Belmonte. Si uno era la alegría y la danza, el otro simbolizaba la pausa y la tragedia, no en vano fue el creador del toreo de a pie quieto. A Juan también lo admiraron desde el pueblo llano, pero fue más lejano a las mujeres y más cercano, en cambio, a los intelectuales, que llegaron a considerar, gracias a él, el jugar a lances con la muerte como una forma de arte.
Si a Joselito las letras no le importaban y escuchaba sólo la voz de la vida, Belmonte, que demostraría saber escuchar mejor a los toros antes de matarlos, provocaría que la Generación del 98 en bloque, nada menos, se hiciera belmontista y lo considerara uno más de ellos, a pesar de que muchos habían rechazado antes la fiesta nacional como un síntoma del atraso hispano. 
Gallito se reía de la muerte y jugaba con ella desde su falso sentimiento de inmortalidad. Belmonte parecía buscarla sin fortuna. Los aficionados, obsesionados con la idea de los terrenos del toro y el torero, iban  a verlo torear cada tarde con la secreta ilusión de que fuera la última vez que se le viera frente al animal. 
Cuenta su biógrafo, Manuel Cháves Nogales, que a veces le decía su amigo, el escritor Ramón María del Valle-Inclán: “Juanito, no te falta más que morir en la plaza”; y Juan le contestaba: “Se hará lo que se pueda, Don Ramón, se hará lo que se pueda”. El uno al otro tuteando y en diminutivo, el otro al uno con respeto y con el don delante.
Pero a él, imprevisiblemente y por más que hizo cuanto pudo, no lo mató un toro. Él mismo se quitó la vida en un tardío 1962, a punto de cumplir los 70, con un tiro que se descerrajó en la soledad de su cortijo. Creador del toreo a pie quieto murió de la misma forma: sosegado frente a la idea de la muerte, olvidando no sólo el miedo, sino la jindama o el canguelo de la que posiblemente tanto le había hablado Rafael el Gallo, el hermano mayor de Joselito.
Ahora los dos duermen el sueño eterno cercanos, con su destino ya cumplido, en el cementerio de San Fernando de Sevilla.
Pero hoy es un 16 de Mayo, y no un 8 de Abril. Y para el Pasmo de Triana, que es cómo se conoció a Juan Belmonte, no conozco pasodoble alguno que se interprete en las plazas de toros en esa fecha. Una pena. Aunque no sea aficionado a las corridas de toros, como mi padre.

TARDES DE TOROS, 1. LA VIDA: JOSELITO

Música para escuchar: el pasodoble Gallito.
              A mi padre de nuevo, a quien le gustan los toros y, de vez en        
              cuando, hojea la versión del Cossío que le regalé.
No soy aficionado a los toros, pero eso es ahora lo de menos.
Hoy, domingo 16 de Mayo, me he levantado temprano y he hecho algo que ha roto alguna de esas pequeñas costumbres que confieren seguridad en una vida: he encendido el ordenador, me he puesto los auriculares para no despertar a la familia, y me he puesto a escuchar el pasodoble Gallito.
Hoy, si hubieran corridas de toros y se mantuvieran las viejas tradiciones, en todos los cosos se interpretaría ese mismo pasodoble. Hoy hace noventa años —fue en 1920— que a un torero llamado José Gómez Ortega, conocido como Joselito o Gallito,  lo cogió “Bailaor”, un astado burriciego que le causó la muerte. Compartía cartel con su hermano mayor, Rafael el Gallo, y su cuñado Ignacio, torero y poeta al que Lorca dedicaría, catorce años después y con motivo de su muerte, una de las elegías más hermosas de nuestra lengua: el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías.
Pero volvamos a Joselito: murió aquella tarde. Su muerte causó un estrépito nacional. La estatua que corona su tumba, en el cementerio de Sevilla, la realizó nada menos que Mariano Benlliure, y todo el mausoleo se pagó por suscripción popular. Y el detalle definitivo de la importancia de esa muerte: la Macarena, por primera y única vez en la historia, fue vestida de luto. La Macarena. Porque había muerto, y lejos de Sevilla, Joselito.
Cuentan que era la vida, la hermosura, la gracia; lo adoraban el pueblo y las mujeres y, como buen gitano, no leía. Como señalara Ramón Sender “(...) los gitanos no leen. Su desdén por la lectura es producto de su falta de fe. Sólo creen en lo que dice directamente un ser vivo, parlante y alerta, que pone detrás de sus palabras su persona entera y verdadera”. Pero Joselito no supo escuchar, aquella tarde, al toro que tenía delante. 
Gallito se reía de la muerte. A sus amigos, dicen, solía decirles: “A mí no me enganchará nunca un toro como no me tire un cuerno por el aire”. Paradojas de la vida: moriría en una plaza de tercera, la de Talavera de la Reina, tal día que un 16 de Mayo, empitonado. Lo improbable se había hecho realidad. Y coincidencias: a él, tan aficionado a torear bailando ante los toros, lo tuvo que matar, precisamente, uno que llevaba por nombre “Bailaor”.
He dicho ya que fue en 1920. Por aquellas fechas poblaban las ciudades y los campos de España la escasez de yantar, huelgas obreras, pistolerismo rojo y blanco, anarquistas soñando utopías, jornaleros con hambre de pan y de tierras, señoritos explotando la miseria, una monarquía obsoleta y estúpida, una oligarquía atroz, unos pocos demócratas que no sabían a qué juego se estaba jugando, unos caciques odiosos y odiados, una Iglesia tan poderosa como mezquina, unos proletarios tan frustrados como ferozmente anticlericales, masas deseosas de emular la revolución bolchevique... y muchos muertos en Marruecos entre aquellos jóvenes cuyas familias no los habían podido liberar de la guerra por no disponer de seis mil reales, y eso que aún faltaba un año para el Desastre de Annual. 
Muchos errores, ansias y miedos que provocarían la llegada, tres años más tarde, de Primo de Rivera (de Miguel, el padre; José Antonio, el hijo, vendría años después vestido con camisa azul mahón).
En los libros de historia suele salir todo eso, pero ninguno habla del drama que supuso la muerte de Joselito. Cómo la gente se echó a la calle, cómo el mundo se olvido de sí mismo el tiempo necesario para llegar a creérselo, cómo autoridades del más alto nivel le rindieron pleitesía al féretro, cómo se lloró su pérdida. Cómo tantas mujeres descubrieron de repente que estaban enamoradas de él, aunque hasta entonces algunas no lo hubieran sabido. Cómo se suspendió el tiempo. Cómo se gestó el mito.
Ahora ya no queda nada de aquello, ni el recuerdo siquiera en los libros de historia. Y no estoy seguro de que hoy, si es que hubiera una corrida, la banda tocara el famoso pasodoble. Por eso, excepcionalmente, esta mañana he roto mi rutina y he oído, con los ojos cerrados y el sentimiento de tragedia nacional que rodeó su hacer, el alegre y vital pasodoble Gallito.

miércoles, 12 de mayo de 2010

LA DEPLORABLE RUMBA EL MANISERO



Música para acompañar: El Manisero (en la versión de mi infancia de Antonio Machín) y Chan Chan (recomendada la interpretación del Buenavista Social Club).
A ese saxofonista que durante años ha sido mi padre
En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros, que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas. A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos: los blues de Hardy, (...) la buena prosa cimarrona del también oriental D. Vicente Rossi, el tamaño mitológico de Abraham Lincoln, los quinientos mil muertos de la Guerra de Secesión,(...) la admisión del verbo linchar en la decimotercera edición del Diccionario de la Academia, el impetuoso film Aleluya, la fornida carga a la bayoneta llevada por Soler al frente de sus Pardos y Morenos en el Cerrito (...), el moreno que asesinó Martín Fierro, la deplorable rumba El Manisero (...)
Jorge Luis Borges. “El espantoso redentor Lazarus Morell”, en: Historia Universal de la infamia.
Un grupo de amigos fue de vacaciones a Grecia. Tras volver de su visita al monte Athos —el misticismo los impregnaba— se dejaron seducir por un vino fresco denominado retsina mientras comían yoghurt y quesos, y uno de ellos, profundamente seducido, se dio a tararear canciones de la España profunda. La mezcla de frescor, alcohol y resina de los pinos de Alepo parece ser que le despertó sentimientos perdidos.
El tipo en cuestión, habitualmente un figura para la música moderna, seguidor en aquellos años de gente como Kitaro, Brian Eno, la Penguin Café Orchestra, Philip Glass y genios similares, cuentan que entonaba, desafinando en medio de una magnífica cogorza, temas como el Porompompero o Dónde estará mi carro.
Tras la resaca, y cuando los colegas le comentaron sus hazañas musicales, él lo negó. Lo negó todo. Obstinadamente. Él no había podido cantar lo que decían que había cantado. Yo, en cambio, los creí, y ello por dos razones: una, el amigo que se puso tibio de retsina no podía recordar qué había pasado; y dos, la forma de carcajearse de los demás indicaba a las claras que la anécdota era cierta.
Lo entendí porque también a mí, sin el aditivo del vino griego y sin ser tan refinado en mis gustos musicales, me sucedió algo parecido: en un verano septentrional empecé a tararear a menudo pasodobles, boleros y hasta fragmentos de romanzas de zarzuela.
Fue en Estocolmo, a mediados de los setenta, rodeado de colombianos, venezolanos, argentinos y otras gentes de la diáspora. Y allí, en días de luz interminable, oyendo los múltiples acentos del  español y acompañado de cumbias y guajiras, empecé a añorar lo que hasta hacía poco despreciaba. Y a tararear aquellas viejas y conocidas canciones en la ducha o en mis paseos junto a un lago próximo a la Skogskolan.
Música que había escuchado en casa, a lo largo de mi vida; que había oído tocar a mi padre en alguna verbena popular; y que me parecía poco menos que música de segunda o tercera categoría, sin la grandeza de las composiciones clásicas, ni la ruptura de los grupos anglosajones de moda por aquel entonces, ni la profundidad revolucionaria del folk song contestatario.
Y allí estaba yo, a miles de kilómetros de casa y añorándola, y sintiendo no haber metido un cassette en la mochila para poder escucharla de nuevo. Era mucho más estúpido que los demás, que habían traído consigo, desde el París o Londres donde residían en invierno, las canciones de sus tierras, los ritmos caribeños que marcaban sus pasos en la cocina de la residencia de estudiantes que compartían con los que ni siquiera éramos estudiantes.
Cuando regresé de tan lejos ya nada fue igual. Seguí con mis gustos, pero siempre dejé un hueco libre para ese tipo de música popular o populachera, como se prefiera, y empecé a apreciar de otra manera el quehacer de mi padre en temporadas de fiestas patronales y verbenas veraniegas diversas.
Ahora tengo un hijo adolescente que ha empezado a tocar en un combo latino. La otra noche, cuando llegó a casa, me dijo: “hoy he pensado en ti, vamos a conseguir la partitura de Chan chan y ¿a que no sabes lo que hemos empezado a ensayar?”
Y sí, era justo lo que yo ya imaginaba. Aquella rumba que Borges tildó, tan injustamente, de deplorable.
He vuelto a pensar en mi padre, he recordado aquel verano en Estocolmo y aquel calificativo tan poco considerado, pero tan entrañable, de mis años impregnados de literatura borgiana. De nuevo ha enturbiado mi vida, como un soplo cálido, la deplorable rumba El Manisero.
P.S. Esto me recuerda una noticia de hace unos meses. Parece ser que los partidos mayoritarios en eso de la política, en su lucha por lavar no se qué memeces culpables, propusieron quitar de callejeros, pedestales y otras gaitas a aquellos personajes vinculados o enriquecidos con el negocio de los esclavos. Loable labor la de los incapaces. Uno de los presuntos implicados, al parecer, sería el padre Bartolomé de las Casas. Lo lamento por el filántropo, que no se merece este trato; por lo que a mí respecta, me parece que voy a ir a la bodega del centro a ver si encuentro una botella de retsina para adecentar cualquier comida alegre de esta primavera. Y a escuchar la consabida rumba, o cualquier son similar, mientras como.

martes, 4 de mayo de 2010

LA VERDAD COMO TEMA DE REFLEXIÓN

Música para acompañar: Banda sonora de Johnny Guitar
              Es como la vida, un juego cuyo propósito es descubrir las reglas, las cuáles         
              siempre están cambiando y siempre son imposibles de descubrir.
                                   Gregory Bateson, "Metalogos". En: Pasos hacia una ecología de la mente. 
Que la vida es un teatro es una afirmación reiterada: Sobre el tema han escrito Shakespeare, Calderón e incluso ese tierno sociólogo que fue Goffman en La presentación del yo en la vida cotidiana. 
Bateson, siempre tan sutil, afinó un poco más: la vida, dijo, es un juego, donde la primera regla es negar que sea un juego.
Miénteme. Dime que todavía me quieres
Una de mis películas predilectas es Johnny Guitar, una atípica cinta del oeste que dirigió Nicholas Ray en 1954. 
En resumen: Johnny y Vienna se amaron en su juventud, pero él tuvo miedo de la responsabilidad del amor y todo quedó en nada. Ella, para sobrevivir, se echó a la mala vida; él, siguió trabajando de pistolero. Como se ve, dos dechados de virtudes, pero que caen simpáticos.
En la escena más entrañable, ambos están de nuevo solos, uno frente al otro, tras cerrar el saloon que ella regenta. Ambos han envejecido —de hecho, lo correcto sería decir que Vienna ha madurado, y que Johnny sigue en el guindo— y ahora él quiere recuperarla, pero tiene miedo de que ella lo haya olvidado o, lo que sería peor, de que no haya olvidado su abandono.
Así que la mira y le dice, mostrándole una sangre fría que no tiene: “Miénteme. Dime que todavía me quieres”; y ella, dulcemente, sosteniéndole la mirada con otra cargada de reproches, le contesta: “Todavía te quiero”. “Miénteme —sigue él—. Dime que me has esperado todos estos años”. Y ella: “Te he esperado todos estos años”. De fondo suena esa banda sonora tan inolvidable.
Y así, de esta manera, simplemente añadiendo la orden de que le mienta, él se sigue engañando inexorablemente y queda sólo frente a su cobardía, empezando de nuevo a perder ese amor que unos segundos antes todavía era posible. Desea tanto sentirse amado como teme que se le niegue ese amor y se le exija reciprocidad. 
Otra versión del drama de Ramón
Cuando conté la historia de mi sobrina, omití algunas reflexiones que cambian el final: Lo terrible de aquella noche no fue que aquella amiga bienintencionada le contara que Ramón era un simple muñeco; fue que yo llegara en ese preciso momento. 
Si yo no hubiera llegado, ella le habría dicho que sí con su cabecita, y luego no hubiera pasado nada. Pero mi presencia rompió la magia de su engaño. El juego auténtico no era que yo intentara engañarla con algo tan burdo como una rana de trapo; consistía en que ella se lo pasara bien creyendo que me engañaba a mí haciéndome creer que la engañaba. 
Me estaba mintiendo para decirme que me quería de esa forma entrañablemente egoísta que sólo los niños pequeños e inteligentes son capaces de teatralizar. Pero yo aparecí, y ella supo que ya no podía engañarme haciéndome creer que la engañaba. Y cuando quedó claro que era un juego, no nos quedó más que acabarlo, porque las risas y las carreras dejaron de parecer lo que habían parecido hasta entonces: algo serio.
La situación se repite inexorablemente en la literatura y en la vida, en lo extraordinario y en lo cotidiano. Pocas cosas son tan dolorosas como que descubran que conocíamos el engaño, ya que, desde ese preciso instante, queda desmontada la ilusión de la ficción. 
Que cada cual encuentre los ejemplos que desee.
La máscara del homo ludens
Empecé la serie sobre la mentira describiendo distintas formas de definir al hombre: homo sapiens, animal racional, animal mendax... 
Me dejé dos comentarios, a propósito: uno, recordar que, etimológicamente, “persona” significa “máscara”; y dos, que no debemos olvidar nunca, en esto de la mentira, la tesis del homo ludens, del hombre que juega, e incluso que juega a que juega, rizando el rizo, según la precisa denominación de Huizinga.
Mentir es algo más que no mostrar la verdad: es jugar con una máscara puesta; es, al tiempo, reivindicar lo lúdico mientras somos, profundamente, personas.
Dudas frente a dos diferentes formas de tragedia
San Juan estableció una relación entre verdad y libertad. Esa  relación existe, pero hay que matizarla, porque implica una de las grandes mentiras que recorren los siglos: aquella absurda creencia compartida por tantos —de ahí las locuras que ha llegado a generar— que afirma que el hombre ama la libertad, hasta el punto de luchar y morir por ella.
¿Cuántas novelas, obras teatrales, películas, canciones, poemas, no se han hecho ensalzando el tema? Pues, a decir de algunos, pura patraña.
Erich Fromm lo dejó muy claro: si hay algo a lo que las personas tengan auténtico horror, al menos en los tiempos que corren, es a la libertad. Hoy la libertad sólo se pide de boquilla: en cuanto podemos, abominamos de ella o la vendemos por un plato de lentejas. 
Lo que casi todos queremos no es ser libres, sino sentirnos seguros, y que alguien defienda nuestra seguridad contra cualquier contingencia, aún a costa de tener que renunciar a parcelas de nuestra libertad. A eso, en el fondo, se reduce todo, se hable de trabajo, de la mujer o de la jubilación. Políticamente hablando, sería la crítica básica del liberalismo económico al Estado del Bienestar, sin tener que buscar muy lejos.
La libertad, decía el curioso Erich, no es gratuita, tiene un precio que hay que pagar, requiere un esfuerzo constante, mantener una pelea que no se acaba nunca. Como la democracia. Como la felicidad. Como la búsqueda de la Verdad. 
De ahí la comodidad de la queja, el vicio de la crítica destructiva, la funesta costumbre de responsabilizar al Otro, la pasividad de muchos que lleva inexorablemente, en ciertas épocas de la historia, a totalitarismos de cualquier tipo.
Intento sintetizar todo lo anterior. Hago mentalmente un somero repaso de la historia. Observo los muertos, las miserias, las desgracias, las tragedias, las guerras, provocadas por los canallas, los egoístas, los mentirosos malintencionados.
Luego sumo las producidas por esos otros, por los soberbios que creyeron tener La Verdad —en forma de religión, de filosofía, de ideología— e intentaron, convencidos de ello y apoyados por inmensas catervas de necios que temían la responsabilidad de ser libres, imponérsela a sus semejantes. Eso sí, siempre para “salvarlos” o, cuanto menos, “por su propio bien”. 
La diferencia entre ambos resultados es abismal. Son peores, pero mucho peores, los de los bienintencionados salvadores.
Benditas mentiras. Seguiremos viviendo, mintiendo y jugando, aunque eso sí, sin perder de vista que este juego es algo muy serio. Y pidiendo alguna vez que nos mienta a quien amamos, porque nos puede el miedo. A la libertad de elegir y asumir responsabilidades, entre otras cosas.

martes, 27 de abril de 2010

MENTIRAS PIADOSAS, BENDITAS MENTIRAS. EPÍLOGO



LA VERDAD OS HARÁ LIBRES
Veritas liberabit vos.
San Juan, Evangelio, 8, 32
Mi sobrina la mayor seguro que no se acuerda. Es ahora una mujer hecha y derecha, profesional y seria. Pero yo, cuando la miro, no puedo evitar verla de otras maneras: en una fotografía suya de niña, en blanco y negro, en la que mira por el redondel hecho uniendo los dedos índice y pulgar de su manita; su rostro feliz, jugando un día al corro en el patio de la escuela. Y su mirada de tristeza cuando una amiga mía, con la mejor intención, una noche nos chafó la guitarra.

Una rana llamada Ramón
Siendo muy pequeña, antes de ir a vivir a la ciudad de los abuelos, venía a menudo a mi casa. Nos llevábamos bien, me gustaba contarle cuentos y jugar con ella. Era mi primera sobrina y, además, encantadora.
Un día vi en un puesto callejero una especie de marioneta de tela con forma de rana, chillonamente verde y amarilla, y no pude resistir la tentación de comprarla para jugar con ella —con mi sobrina, aunque también con la rana—. Cuando llegó  esa noche me la puse como un guante, utilizando el meñique y el pulgar para mover sus brazos y el resto de los dedos para mover la parte superior de la boca. Hablé con una voz que me pareció apropiada y le pregunté —le preguntó la rana— si sabía quién era: ella intentó contestarle que un dragón, pero aún no hablaba bien —era muy pequeña, unos dos añitos— y, desde entonces, aquella rana pasó a ser Ramón, que era lo más parecido que se me ocurrió entender en aquel momento. 
El juego básico, repetido cada vez que venía —ya se sabe cómo son los niños, y nosotros dos lo éramos—, consistía en montar algún diálogo ilógico del que Ramón se evadía cuando le daba la gana mientras se agitaba y le gritaba: “¡Y ahora te comeré!”.  Entonces ella también abandonaba el diálogo allá donde estuviera, corría, y Ramón detrás, y yo detrás de Ramón, y había mordiscos por el comedor y por el pasillo con aquella boca de trapo, y más gritos y más carreras. Hasta que algún mayor nos llamaba al orden y volvíamos al diálogo entre ella, Ramón y yo. Y en cuanto se despistaban, vuelta a empezar con los mordiscos y las carreras.
Un día estaba en casa una buena amiga, de visita. Pero a mi sobrina, a Ramón y a mí eso no parecía afectarnos, así que empezaron los diálogos y lo demás. Y las llamadas al orden, que finalmente los tres obedecimos. 
Yo dejé a Ramón en su cajón correspondiente y entonces sucedió: aprovechando que yo iba a la cocina, aquella amiga, con la mejor de las intenciones, y creyendo que a mi sobrina le asustaba aquel monstruo verde y amarillo, decidió evitarle el supuesto trauma.
Le mostró los entresijos del muñeco y empezó a explicarle que todo era un truco, que Ramón no estaba vivo y no podía morder. Yo llegaba en ese momento con los platos y oí el final de la explicación. Mi sobrina le dio a entender que la había entendido y luego me miró a mí. Y su mirada era de tristeza, y yo me sentí un imbécil porque sabía que no sabría explicarle que podíamos seguir haciendo lo mismo como si aquellos minutos no hubieran existido.
Seguimos jugando, algunas veces más, con Ramón, pero nunca fue ya lo mismo. Ella no sé si lo recuerda; nunca lo hemos hablado. Yo he vuelto a jugar después con mis hijos, sobrinos y hasta con otros niños que habían venido de visita, si pensaba que se lo merecían. Aún conservo, guardado en un armario y con los colores menos vivos, que el tiempo no pasa en vano, a Ramón. 
Está escrito en el Nuevo Testamento —Jn, 8,32—: “la verdad os hará libres”. No digo yo que no, pero a veces, lo único que logra es chafarnos la guitarra. Y nos quedamos con la verdad y la libertad, eso sí, pero sin jolgorio y, de paso, sin música.



domingo, 25 de abril de 2010

MENTIRAS PIADOSAS, BENDITAS MENTIRAS. 4 de 4


4. INAUGURAN LA PASTELERIA “DULCES RENCORES”
No encuentro la palabra. Sé que existe, pero no la recuerdo. Pensaba que era una acepción de Canard (pato en francés) o Fake (falsedad en inglés), pero no. Aunque no la recuerde, sé que hay una palabra para definir aquello que, siendo mentira, puede ser creíble y consigue no sólo que muchos se lo crean, sino que otros, aún sabiéndolo incierto, deseen o necesiten creérselo. Si no existiera, deberíamos crearla.
El color del cristal con que se mira
Referido al mundo de la información escrita, las mentiras forman un universo fascinante y maravilloso, constantemente utilizadas por literatos, filósofos, políticos, periodistas, religiosos, ideólogos, visionarios y otros estafadores con más o menos gracia e incluso arte. Son los que se dedican a construir las diversas realidades; los que tiñen los cristales de las gafas a través de las que miramos el mundo.
Y dentro caben todas las verdades, todas las mentiras e incluso las medias tintas, adobadas con frecuentes teorías de la conspiración: las que barruntan mentiras en lo que otros nos venden como verdades y las que construyen mentiras a partir de verdades que hacen aparecer como mentiras. 
¿Quién mató realmente a John F. Kennedy? ¿Pisó de verdad Neil Amstrong la Luna aquel 20 de julio de 1969? ¿Significa la palabra “democracia” lo que nos dicen que significa cuando ciertas decisiones están en manos de las aproximadamente 130 personas que conforman el Club Bildelberg? Y así hasta que nos venzan el cansancio o el horror.
Debates teológicos, obras maestras de la literatura universal, fantásticas producciones de Hollywood o Bollywood, sesudos artículos, aparentes verdades incuestionables... la lista es interminable. El hombre no sólo es el animal mendax. Es el animal que se solaza en la mentira. Que la goza. Que la utiliza para manipular, oprimir o “liberar” a otros animales humanos. Que la necesita para vivir tanto como el aire que respira. Que llega incluso dar una vuelta más a la tuerca, detectar que le engañan, y engañarse de nuevo creyendo que realmente el que se lo ha mostrado le está diciendo, ahora sí, la verdad.
Y con ese fin leemos la prensa, vemos el telediario, escuchamos en la radio a nuestro locutor preferido, navegamos por Internet, nos dejamos estafar. Y luego corremos a contárselo, como en aquel anuncio de detergente, a la vecina; no vayamos a tardar en propagar la buena nueva y alguien se nos adelante. ¡Qué gozada de mentiras!
¡Malditas verdades!
Leo en un blog una referencia de un libro publicado en Francia: L’imposture climatique, de Claude Allègre. En el capítulo 5 explica cómo se forjó el mito del calentamiento climático: Olof Palme era primer ministro hacia 1973, e intentaba construir veinticuatro reactores nucleares, pero el movimiento ecologista antinuclear en Suecia era demasiado potente. Uno de sus amigos de la infancia, y compañero de tenis, era Bert Bolin, un geoquímico de la atmósfera que en los años 60 había publicado una serie de artículos alertando del peligro del CO2. Fue el que suministró a Palme los argumentos de que el CO2 era más peligroso que la energía atómica.
Al lobby nuclear, desestabilizado por los accidentes de Chernóbil y Three Mile Island, este nuevo frente de la lucha ecologista la vino como anillo al dedo. Lo único que había que hacer era utilizar la información correctamente, dirigiendo la opinión en función de una serie de intereses. Hasta hoy.
Quizás no sea cierto, y el señor Claude sea un peón del lobby del petróleo, pero recuerdo que en noviembre de 2009 unos hackers se colaron en los ordenadores de la Universidad East Anglia y publicaron correos electrónicos en los que se incitaba desde las más altas instancias a manipular los datos que no coincidieran con las premisas de la campaña orquestada para asustar al mundo con el tema del cambio climático. Campaña que, por cierto, ha estado moviendo miles de millones de dólares y manejando premios prestigiosos a los que prefiero no hacer alusiones. 
Hay demasiado en juego. Esto va bastante más allá de falsificar un Botticelli. Aunque los resultados no sean tan éticos ni, mucho menos, tan bellos.
Sea como fuere, y lleve la razón quien la lleve, me gustaría que este tipo de noticias fueran mentira.
Uno que es un ingenuo todavía, ¡que le vamos a hacer!
¡Bien por Carmina Tomé!
Para evadirme un rato de cosas tan terribles, entro El Mundo Today. Es un diario digital que ha optado directamente por hacer de la mentira un divertimento. No intentan engañarnos. Sus articulistas no se presentan como adalides de lo cierto, y las noticias que allí aparecen son claros fraudes; pero intuyo en esas mentiras mucha más verdad que en esas otras que aparecen en periódicos que a saber cómo se han financiado.
Las noticias que ofrecen, comentadas con todo lujo de detalles, son de la siguiente guisa (incluyo título y subtítulo): 
  • Desalojan un bar porque un cliente pide tomar un café solo. Llevaba gafas oscuras y creyeron que era un inspector de la SGAE.
  • El 82% de los que hacen cola en el INEM sólo son mirones. Lo certifica un sondeo encargado por el gobierno.
  • Descubren el armario del que salen los gays. Podría haber más en otros puntos del planeta.
  • Un funcionario lleva desayunando desde febrero. Intenta completar un sudoku.
Pues bien, una de las últimas que me ha conmovido quisiera ahora compartirla. Se titula: Abren la primera pastelería pasivo-agresiva. Se llama “Dulces rencores”. La firma un tal Kike García.
Comenta el autor que la idea de la promotora, la pastelera Carmina Tomé, es la siguiente: Buena parte de la gente, cuando se enfada, se encierra en sí misma y no hay manera de solucionar el problema. O estalla y entonces el problema tampoco se resuelve. 
Lo que propone con su nuevo negocio es regalar un pastel con una inscripción significativa. El que lo regala se queda tan descansado, y el que lo recibe no se enfada tanto porque el pastel está buenísimo. 
Como se afirma en el artículo, y cito literalmente: «No sólo los clientes están satisfechos con sus compras, también los que reciben los pasteles como regalo. “Antes, para empezar a discutir con mi mujer, ella tenía que poner el morro arrugado y entonces yo le preguntaba si le pasaba algo. Luego ella me decía que no, pero en plan ‘lo sabes perfectamente pero no te lo voy a poner tan fácil, púdrete’. Ahora, con las tartas, podemos empezar a discutir mucho antes y, además, mientras nos las comemos”, explica el marido de una clienta habitual de la pastelería».
Al parecer, los mensajes más demandados, sobre todo por la clientela femenina, que es la mayoritaria, son del tipo: 
  • Tú mismo.
  • Al menos tu cumpleaños SÍ lo hemos celebrado.
  • Gracias por tirar de la cadena.
  • Supongo que te lo comerás en el bar viendo el fútbol.
  • Felicidades. Este pastel te lo regalamos entre todos pero lo hemos pagado entre Juan, Javier, Sara y Vanesa.
Qué bonitas son algunas mentiras. Y qué racionales. Y qué divertidas.Y qué bien las cuentan algunos. Y cómo he sido de feliz con el engaño. Y cómo desearía que fuera verdad. Y qué jodidamente cutres y necios y aburridos son los del Gobierno y la Oposición fabricando trolas. Y qué canallas son los Madoff de fuera o los Forum Filatélicos de dentro.
Voy a proponer a Carmina Tomé para el Nobel de la Paz. He consultado la lista de los anteriores en Internet y, si consigue hacer crecer el negocio, por Dios que se lo merece mucho más que la mayoría de los galardonados.
Y también voy a recomendarla a varias asociaciones de emprendedores, de esas que están buscando nuevos modelos creativos para salir de la crisis que nos apabulla.
Y cuando vuelva a Barcelona, que volveré pronto, me voy a fijar bien, a ver si resulta que al final no es mentira, que la noticia es verdad, que van a tener razón y la tal pastelería existe. Y es que pasa con esta pastelería lo que con la palabra que buscaba sin recordar al principio: que si no existe, habría que crearla.
Si un día las encuentro —la palabra, la pastelería— no me olvidaré de vosotros: os avisaré.

miércoles, 21 de abril de 2010

MENTIRAS PIADOSAS, BENDITAS MENTIRAS. 3 de 4

3. EL PASTICHE, O EL VIRTUOSISMO
De entre los falsificadores, algunos de los más entrañables se encuentran en el mundo del Arte. Forman una minoría selecta, un club de caballeros y de damas al que tienen un acceso restringido sólo unos cuantos marchantes y unos pocos artesanos de la falsificación extraídos de entre esos científicos y técnicos que, de tan superiores, han abandonado los laboratorios de la industria para entrar en los de la poesía. Tienen también en común, tanto con el espionaje como con la cosa nostra, una marcada devoción por la omertá.
Son, en un mundo repleto de vulgaridad y malas maneras, uno de los últimos vestigios de la auténtica crème de la crème. Dicen que son aficionados a la buena mesa y conocedores de las mejores cosechas de claretes. Dicen. Porque el mito permanece siempre inaccesible.
En el mundo del arte, a la actividad creativa a la que esta minoría selecta dedica su tiempo y sus esfuerzos, se la conoce como pastiche.
Uno de los buenos y más encantadores pasticheros del siglo XX, al que perdió su fama, fue Elmyr de Hory. Hasta el prestigioso Clifford Irving escribió su biografía y el laureado Orson Wells le dedicó una película fantástica, —F for Fake—.
Fue uno de esos “pintores” que llevó su virtuosismo más allá de muchos que tienen una fama inmerecida. Realizó Picassos, Toulouse-Lautrecs y Modiglianis como los hubieran pintado Picasso, Toulouse-Lautrec y Modigliani. No hacía copias falsificadas: el muy cabrón realizaba nuevos originales. Él siempre dijo que no quiso engañar a nadie, ya que no firmaba sus cuadros con las rúbricas de sus supuestos autores. Pero claro, quizás su marchante sí. No se sabrá nunca.
El caso es que, actualmente, en muchos Museos, supuestos entendidos suspiran ante obras de arte sublimes suponiendo que su autor es otro, cuando en realidad son cuadros de De Hory. 
El proceso de falsificación de los paticheros es fascinante y, en mi opinión, supone una obra colectiva de arte —combinados sus aspectos estéticos, científicos y técnicos— de rango superior a las simples pintura o escultura. Uno de estos autores —llamarlo pintor a secas es desmerecerlo— se asemeja más a un constructor de catedrales que a un pintor propiamente dicho: ha de conocer técnicas diversas, tener contactos con los mejores profesionales y estructurar su obra como un todo donde el más mínimo error de factura llevará irremediablemente no sólo al fracaso de la obra en sí, sino a la pérdida de su prestigio. Y todo esto sabiendo que su fama quedará circunscrita a un mundo cerrado y opaco, aunque suficiente para estas grandes almas.
Imaginemos que el encargo es un “original” de Botticelli. Pintar como pintaba el gran Sandro no es fácil, pero eso no es la parte más complicada: Desde que se planea la obra hasta que la adquiere un rico coleccionista, se sabe que la finalidad es la de engañar a auténticos connoisseurs, a peritos especializados, y para ello ha de contar con los mejores profesionales de diversidad de campos; genios que, además, han de tener el sentido del humor más elegante y el suficiente sentido poético de la vida como para meterse en ese berenjenal por, nunca mejor dicho, amor al arte. Al arte de estafar con la mejor clase, por supuesto.
Hay que diseñar la obra con motivos iconográficos adecuados y tratarlos de una manera coherente, lo que supone un trabajo de investigación titánico; producir, para realizarla, pigmentos iguales a los que se utilizaban en la época, y soportes igualmente similares; someterlo todo a sofisticados procesos de envejecimiento que resistan análisis físicos y químicos complejísimos y, por si fuera poco, montar una historia, al tiempo fantástica y creíble, que explique dónde se ha encontrado, cómo podía aparecer allí y en qué textos, cartas, referencias aparece la posibilidad de que esa obra existiera. 
Lo que está en juego detrás de una obra de este tipo no es el timo de la estampita; ni siquiera es similar a un trabajo de falsificación de billetes —pura artesanía con las nuevas tecnologías de reproducción—: hablamos de millones de dólares, del prestigio de carreras, de negociaciones a los más altos niveles incluidos estirados delegados de Ministerios de Cultura de países del Primer Mundo. 
Insisto, este tipo de creación es un arte superior al de la pintura o a la escultura, sin ningún género de dudas, sobre todo si se trata de pastichear autores anteriores al siglo XX. De Hory creía, y yo comparto la creencia, que si alguno de los pintores a los que amplió su producción se hubieran levantado de la tumba, le hubieran agradecido su aportación a su obra... inmediatamente después de felicitarlo por su pericia.
Su final fue apoteósico. Se suicidó en 1976, en su preciosa mansión ibicenca, temeroso de que lo extraditaran acusado de falsificación. 
Hay quien opina que su muerte fue el último fraude que selló  su vida: teóricos de la conspiración sugieren que posiblemente murió no suicidado, sino asesinado. Señalan que nadie que desee quitarse de en medio  contrata, como él hizo poco antes de morir, guardaespaldas. 
Había muchas carreras de famosos catedráticos, demasiados inversores en arte, reputadas salas de subastas, muchos museos de primera fila y bastantes expertos endiosdados, que tenían pavor a que el bueno de Elmyr pudiera desvelar cuántos y qué cuadros eran suyos, ahora que estaban tasados como auténticos y valían fortunas extraordinarias. 
Demasiado en juego para dejarlo en manos de un poeta del pastiche. Muerto estaba mejor, pero, en su honor, había que hacerlo también con elegancia, había que engañar con su muerte como él lo había hecho en vida. Y se suicidó.
Algunas vidas más o menos ejemplares, de vez en cuando, nos dan las claves para entender nuestra realidad mejor que los manuales de filosofía. Cuando del trabajo con el fraude se encargan auténticos genios, poco importa que sea un pastichero o un espía, podemos dedicarnos a gozar. Teniendo siempre el detalle de quitarnos después el sombrero.
Elmyr de Hory, hay que decirlo todo, no fue ni es, ni de lejos, el mejor. Los mejores son esos otros de cuya existencia ni siquiera se tiene constancia, fuera del círculo mágico de auténticos privilegiados. Ellos siguen mintiéndonos. Maravillosamente bien.
Uno puede ir a un museo —a un Gran Museo—, tomar el catálogo y quedarse asombrado ante un Klimt o un Van der Weyden. Pero si uno es un sibarita, no está de más informarse de las últimas adquisiciones, de cómo se descubrieron y entonces, si se dan determinadas coincidencias, parados solemnemente frente a la obra, maravillarse soñando que quizás se esté ante un auténtico pastiche. Y luego, después de emborracharse contemplándolo, celebrarlo, ¿solo?, con una sola copa de un buen vino.