miércoles, 3 de febrero de 2010

CAFÉ (2 de 5): LITERATURIZACIÓN DE LO VULGAR



    – ¡Aquí está! ¡Auténtico café kalderash, negro como la   
       venganza, fuerte como la muerte, dulce como el amor!

Robertson Davies. Ángeles rebeldes


Cada cual es cada cual, y a mí me encanta la literatura, entendida como esa afición a complicar innecesariamente las cosas, a buscar embellecerlas inútilmente, y a elucubrar explicaciones posiblemente irreales y que no vienen a cuento, pero que me permiten buscar y hasta encontrarme un poco más de tanto en tanto. Por eso, alguna vez, como ahora, me siento al teclado y escribo. 
Lo cotidiano es ya una categoría moral, una metafísica de la vida. Lo vulgar, en cambio, parece ser sólo la imagen de la cotidianidad reflejada el espejo de la cutrez. Lo cotidiano siempre puede tener un halo de grandeza; en cambio lo vulgar, como su propio nombre indica, parece condenado a la marginación, cuando no al ostracismo. 
Pues bien, hoy quiero reivindicar ese ser vulgar, no avergonzarme de recordarme vulgar, aceptarme a gusto incluso en la necedad más evidente, y luchar por mostrarme que se puede poetizar cualquier asunto: que la poesía no está en las cosas, como proponen unos; ni en las palabras con que las describimos, como sugieren otros; sino en la perspectiva vital que nos permite verlas de una manera y expresarlas tal y como las vemos. Repensar unos cafés que no fueron ni negro, ni fuertes, ni dulces.

Escarceos y abandonos
A mí el café nunca me ha dicho mucho, la verdad. Quizás porque empecé con la literatura equivocada: me decanté por el Oriente más extremo y me aficioné primero al té. Todavía conservo en casa una edición preciosa del clásico de Okakura Kakuzo y, aunque el ceremonioso té y los aguerridos niños presentan grandes incompatibilidades, aún siguen conmigo mi vieja tetera artesana de barro negro y alguna lata de Lapsan Souchong o Earl Grey.
Pero los años, de nuevo a Dios le sean dadas las gracias, no pasan en vano. Y a ello voy.
Mi primera referencia sobre el café está ¿como no va estar ahí? en mi infancia. En casa, por aquello de ser pobres, no se tomaba nada y, puestos a tomar algo, se conformaban con un simple tazón de achicoria. Con azúcar, eso sí, con mucho azúcar. 
Contaba mi madre alegremente que una vieja del barrio, presionada tras la guerra por el mito del sabor del café y una vecina pesada, un día hizo un esfuerzo económico, compró un poco de molido –cuando yo era pequeño, la venta al menudeo era la norma–, y se preparó uno. Y cuando lo probó dicen que echó pestes. La vecina que la había inducido a tamaño gasto, cuando se le quejó, le dijo: “¡pero Eulalia,  mujer, si es que hay que ponerle azúcar!”. Y la tía Eulalia le respondió: “¡joder, los cagallones, con azúcar, seguro que también están buenos!”. Y era cierto: la mierda de caballo, con la cantidad de edulcorante apropiada, seguro que también sabe bien. Y con esta filosofía se siguió tomando achicoria en casa, que era más asequible: y es que con azúcar puede acabar tomándose cualquier cosa.
Luego, cuando aprendí en mi primera juventud que el café de verdad no era el que hacía mi madre en casa, sino el que servían en los bares, lo dejé de lado, porque en mi pequeña ciudad, por el mismo precio, y en el mismo lugar, ofrecían unas maravillosas cañas de cerveza acompañadas, además, de unas fantásticas tapas.
Luego vino lo del té, y aunque algún amigo tuve que intentó inducirme al vicio de la cafeína, las malas influencias de las lecturas orientalistas que antes he comentado (¡si hasta llegué a hacer yoga!) me derivaron a otros lares. Cierto, tuve algún escarceo intelectual con el sufismo y eso marca, pero fue un puro barniz. 
Luego, malas compañías y ciertas novelas de espionaje de serie B nada que ver con las que protagonizaba mi entrañable Smiley– me indujeron de nuevo al consumo de esta sustancia, pero fue de nuevo un fracaso: Un día, viviendo ya en la Gran Ciudad y sintiéndome importante, entré en un buen café, me acomodé como si fuera un señor –aunque sabía que era muy difícil engañar a un camarero avezado– y pedí, como si entendiera de qué iba la cosa, que me sirviera un Jamaica Blue Mountain (no quise añadir Wallendorf, porque me pareció excesivo). Mi única referencia de este tipo de café, hasta ese momento, era la información del colega que me lo recomendó como el mejor café del mundo y añadió, como para añadir énfasis a la información: “Es el café que tomaba Bond, James Bond”. 
Pues bien, dejando de lado el detalle de que yo no me parecía al señor Bond, debió de ser que mi olfato no era el adecuado, mi paladar todavía no estaba educado, o quizás carecía del sibaritismo necesario para la degustación de un buen café, pero el caso es que, salvo por el precio, no me pareció nada extraordinario. O quizás es que, por mor de la pureza del sabor, no me atreví a ponerle azúcar, y el inconsciente familiar no perdona según qué traiciones.
Y así abandoné la idea de aficionarme seriamente al café. Aunque seguí tonteando con el tema sin valorar la que se me venía encima. Había ido abrazando poco a poco, casi sin darme cuenta, la vulgaridad más rampante. Empezaba a aficionarme al soluble con una nube de leche.

martes, 2 de febrero de 2010

CAFÉ (1 de 5): LA MAGIA DE LO COTIDIANO



Reflexiones encontradas de hace un año, cuando le regalé una cafetera Nespresso a mi dilecta esposa para Navidad.

Música para oír en todos ellos: En memoria de Simon Jeffes, cualquier cosa suave de la Penguin Cafe Orchestra, y especialmente Southern Jukebox Music, Music for a Found HarmoniumCutting Branches for a Temporary Shelter
     Antiguamente, antes de que nos acostumbráramos    
     al café y se abrieran nuestras mentes, (...) 

  Orhan Pamuk. Me llamo Rojo 


24 de enero de 2009
Los años, gracias a Dios le sean dadas, no siempre pasan en vano. La edad –siempre que no se rocen ciertos límites– permite irse dando cuenta de que esto del existir es una pamema y la vida un sarao. Así, quizás no se trate tanto de hacer genialidades, sino de intentar darle un toque de genio a lo que se hace: entender y practicar lo que denominaré, a partir de ahora: “el despertar de lo maravilloso que duerme en lo cotidiano”. 
Una historia ejemplar
Unos cuantos gitanos están sentados en la parte de afuera de un bar de barrio de las afueras tomándose unos cafés (esto es verídico, me lo contó asombrado, hace años, un sociólogo con el que compartía clases y que andaba haciendo trabajo de campo). Aparcado en la calle está un coche que, siendo de uno de ellos, está tan abierto como su casa. Unos niños, entre los que se encuentra el hijo de uno de los contertulios, entran a jugar en el vehículo y simulan carreras y persecuciones de la policía mientras el “conductor” se aferra al volante en giros imaginativos. Animados por el ambiente, tocan a menudo el claxon, lo que, evidentemente, molesta a los de la mesa de los cafés y de paso a los de las de al lado. Pero nadie se inmuta ni se queja. En un momento dado, el patriarca se levanta de la silla, sin prisa, sin acritud, sin palabras y mucho menos gritos. Se acerca al coche, abre la puerta, luego acciona el mecanismo para abrir el capó, lo levanta, desconecta la batería, vuelve a dejarlo todo como estaba y retorna a su asiento, a su café y a la conversación. Ninguno de los presentes, ni de las mesas adyacentes, comenta nada; ninguno de los niños protesta: siguen jugando, pero sin agobiar. El sociólogo de marras, me contó, sí quedó profundamente trastocado.
Ha pasado el tiempo y he leído y escuchado a una caterva de inútiles autodenominados pedagogos intentando aprender lecciones de no sé qué y estudiando formas de diálogo, encuentros intergeneracionales y programas de resolución de conflictos. Pero mi mito, el que encarna como nadie ese ideal de padre de familia y maestro al que yo no he llegado todavía, ni posiblemente llegue nunca, sigue siendo aquel gitano que tomaba café en la terraza de un bar de barrio.

sábado, 30 de enero de 2010

DE LA TRISTEZA, EL AMOR Y OTROS SENTIMIENTOS SIN MUCHAS VARIANTES.



  Para escuchar: Juan Pérez Bocanegra. Ritual formulario
         (...) y es conocido que en los hospitales públicos hace dos siglos se servía         
          una pinta diaria de cerveza Stout (...) a todos los ingresados, con excepción 
          de los niños de pecho y un poco más de edad, que contribuía notablemente 
          a que los enfermos pronto dejaran de serlo; eso sí, casi todos abandonaban 
          con tristeza el hospital.
                     Pedro Plasencia Fernández. La cerveza. Manual de uso








¿Cómo podemos comunicarnos, si carecemos de conceptos para expresar lo que llevamos dentro? ¿Qué podemos sentir, si no tenemos palabras para definir lo que sentimos? Si queremos superar esta pobreza emocional ¿no deberíamos dedicarnos a inventar palabras?

La conocí a principios de los setenta. Había nacido en Canadá y estudiado en Berkeley, California, pero vivía en un piso de la calle Madrazo, en Barcelona. Las razones por las que recaló en España eran, cuanto menos, curiosas. Pero aquí estaba por aquel entonces. De vez en cuando, yo le contaba qué pensaba; otras me lo contaba ella y, en ocasiones, nos lo contábamos los dos, enzarzados en discusiones de las que no llegan a ningún lado pero te hacen pasar un rato agradable y sentirte vivo.
Su padre, hacía años, había trabajado en Oriente Medio en algo que intuí que podían ser prospecciones petrolíferas. Tuvo, al menos en sus primeras épocas, un traductor que no sólo sabía inglés sino que conocía la cultura americana. 
Parece ser que un día, cuando ya se había establecido un vínculo que iba más allá de lo laboral, sentados en el suelo de un casa o de una jaima, frente a un té, le confesó que seguía sin entender a los yankees. “Tenéis –le dijo– cientos de palabras para decir coche, pero sólo una para decir tristeza”.
Así de simple. Aquellos tipos de piel blanca sensible al sol no se conformaban con saber que tenías un vehículo: necesitaban también conocer la marca, el modelo e incluso el año de fabricación. Y entonces, y sólo entonces, entendían de qué estaban hablando. Y se dilataban en la conversación. Pero se sentían igual –o al menos igual se expresaban– por la muerte de su madre que por haber perdido en el desierto a su halcón predilecto; lo mismo si no eran correspondidos por la amada que si sufrían varias semanas sin sol. Tristes.
Los antiguos griegos, capaces de crear dioses llenos de matices, inventaron palabras y mitos. Para el Amor, cuentan, distinguieron entre el Eros, que busca la posesión del otro; el Ágape, que los latinos transmutaron en Caridad, y el Philias o amor fraternal. Y dijeron que todo sentimiento así llamado es la combinación de los tres en distintas medidas. Y junto a Eros colocaron a Anteros, un hermano nacido para que jugara con él y que era el vengador de los amores no correspondidos y a Hímero, otro hermano que personificaba el deseo sexual. 
Y frente a ellos colocaron a Tánatos, dios de la muerte (una muerte esta vez masculina), aunque con una perspectiva diferente a la nuestra: el goce de la partida definitiva era la forma de felicidad suprema de la vida, una idea que nuestra civilización judeocristiana se ha empeñado en hacernos olvidar. Porque Tánatos es la muerte que se acerca sin violencia y con amor, alejado de sus hermanas, las Keres, que tanto se gozaban en los campos de batalla. 
Cuentan que los franceses llaman al orgasmo “la pequeña muerte”, el pequeño Tánatos, y que su hermano pequeño, Hipnos, el sueño, cada noche juega con los hombres intentando imitarlo y enseñándonos el placer del abandono de nosotros mismos.
Pienso en las personas que amo, en las que siento más cerca y, aunque intento matizar mis sentimientos, me quedo a veces en blanco sin saber definir donde acaba un amor y empieza otro. A veces oigo música y no sé si estoy más cerca del amor o la tristeza. Ni de qué amor ni de qué tristeza. Porque, no siendo ni beduino ni griego, estoy sin palabras.
Hace poco, tras años de silencio, volví a tener noticias de mi amiga americana. Luego se cortaron. Después he sabido que había estado muy enferma y aún estaba recuperándose. Ahora vuelvo a estar sin nuevas. Y no sé exactamente lo que siento, salvo que la sigo apreciando, no sé si a ella o a la imagen que de ella tengo; que me entristece pensar que no está bien; y que he de acabar esto porque el sueño me vence y mañana he de madrugar. 
No sé si sé más de mi coche que de mí –espero que no– pero creo que también podría hablar de sus características con más propiedad, precisión y exactitud que de mi sentir.
Entre tanto, seguiré buscando palabras que definan mis sentimientos, que los despierten, que los creen, que me dejen vivirme mejor. Y, mientras trabajo y espero, seguiré el ejemplo de los médicos ingleses de hace dos siglos y tomaré una pinta diaria de una buena cerveza, con mis más allegados, para sanar antes y mejor... aunque me cueste salir de esta sala del hospital de la vida un poco más triste.

lunes, 25 de enero de 2010

PROCASTINAR



Para escuchar: Wim Mertens: Time Passing, y Birds For the Mindambas en The Belly Of An Architest
                                                                                        
          “La poesía no se hace con palabras, sino con el significado de las palabras”





Siendo adolescente, caminaba una tarde de invierno, no importa por dónde. Llovía con aquella lluvia fina que por Navarra llaman chirimiri, en otros sitios llovizna, y en Castilla, más crueles, llamamos calabobos. Yo me estaba mojando, obviamente, pero no me importaba. La tarde era fría, y mi estado de ánimo me empujaba a estar solo y allí, paseando. Un viejo fraile dominico –haciendo lo mismo, aunque supongo que por razones distintas– se me acercó y comenzamos a charlar. Y en momento en que yo cité la suave lluvia, el casi me reprendió: no, no llueve: orvallea.
Así fue como supe de esta palabra. Y que no era un simple sinónimo, porque no era sustantivo, sino verbo, aunque con esa forma de conjugación limitada de los impersonales propios y transitivos. Y lo que tenía que ver con el color verde de su Asturias natal. Y me pareció preciosa. Luego continuamos cada cual nuestro camino. Seguía orvalleando, y siguió haciéndolo en mi interior incluso cuando, un rato después, me puse a cubierto.
Así son algunas palabras. Las conoces y te enamoras. A veces las compartes con quienes aprecias, pero inútilmente: las palabras pueden compartirse; lo que te hacen sentir, ni siempre ni tanto.
Otro escenario, años después. Camino una noche de niebla abrazado a una amiga. Comienza a caer un agua fina que cala hasta los huesos. “Vamos a darnos prisa, que empieza a llover”, me dice; yo la miro y le espeto, de repente: “no, no llueve, orvallea”. Ella se queda en silencio, perpleja, sonriéndome. Entonces entendí que su mirada me decía: “Caro, mira que te aprecio, pero si sigues por ese camino lo tienes oscuro conmigo”. Y me prometí cuidar mis palabras en adelante, también sonriéndole y mudo.
Pero no he aprendido, porque hay cosas que no pueden aprenderse. Hace muy poco he conocido a otra palabra. Y me he vuelto a enamorar. Esta vez, la elegida de mi corazón es, de nuevo, otro verbo : procastinar.
Y así, como antaño me empapé en cientos de ocasiones sin ni siquiera saber que estaba orvalleando, ahora he vivido un shock al saber que llevo procastinando casi toda mi vida... y así mismo sin enterarme. Y no sólo eso: acabo de tomar conciencia de que la tal es una de las actividades más nefastas a las que una persona puede dedicarse. Y yo he llegado al abuso. Pero, me pregunto ¿cómo evitar, o enmendar, algo que ni siquiera sabemos que existe? ¿Cómo salir del error si ni siquiera somos conscientes de que en él nos hundimos?
Procastinar. Leo su etimología: del latín pro, que significa adelante, y crastinus, que hace referencia al futuro. Su significado es terrorífico: diferir, aplazar; dejar para mañana lo que puedes hacer hoy. Cito casi textualmente la referencia que nos ofrece la Wikipedia:
“(...) es la acción o hábito de postergar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes y agradables.
Se trata de un trastorno del comportamiento que tiene su raíz en la asociación de la acción a realizar con el cambio, el dolor o la incomodidad. Éste puede ser psicológico (en la forma de ansiedad o frustración), físico (como el que se experimenta durante actos que requieren trabajo fuerte o ejercicio vigoroso) o intelectual. El término se aplica comúnmente al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir. El acto que se pospone puede ser percibido como abrumador, desafiante, inquietante, peligroso, difícil, tedioso o aburrido, es decir, estresante, por lo cual se autojustifica posponerlo a un futuro sine die idealizado, en que lo importante es supeditado a lo urgente.”
Ahora sé por qué estoy donde estoy, y no donde debiera estar; la razón por la que soy lo que soy y no lo que pudiera haber sido. Por procastinar. Por abusar del procastineo, por mi adicción a un producto que acabo de inventar llamado procastina... qué sé yo. Pero hoy presiento que esto va a ser difícil de reconducir.
Libros por escribir, cuadros por pintar, canciones que harían las delicias de amigos y enemigos. Estudiar inglés, aprender música, seguir una carrera que no sea la del galgo. Pero uno estaba procastinando, enredando en la Red, curioseando entre los profundos artículos de la Playboy, tomando una cerveza con otro iluminado, leyendo una novela horrorosa que se seguía por saber cómo acababa, arreglando el mundo con dos simples, discutiendo con el tonto de al lado. Procastinando hoy sí y mañana también. Y de día y de noche.
Sin control. Sin alternativa. Sin solución. 
Yo era de aquellos que, como decía aquel, me animaba a cada momento a hacer una cosa nueva para no preocuparme por las otras trescientas cosas nuevas más importantes que también tenía que hacer y me tenían estresado. ¿He escrito “era”?
Y ahora, en que me doy cuenta gracias a una palabra de la que casi recién me he enamorado, no sé que hacer. Busco el antónimo, que es como el antídoto, pero no lo encuentro en ningún diccionario de antónimos ni en ninguna botica de antídotos. ¿Y si no hallo el antónimo? ¿y si no existe antídoto?... ¿y si no hay remedio?
***
Al borde ya de la desesperación encuentro, si no la cura, al menos un paliativo: la idea de que, haga lo que haga, siempre podría estar haciendo otra cosa, al menos, tan importante o más. Así que, recomienda alguien menos abatido que yo, la solución no está en no procastinar, sino en procastinar bien. Esto se anima, pienso ¿aprenderé? Bueno, de momento ahora ya estoy un poco más ilusionado con el futuro.
El que no se conforma es porque no quiere.
En este momento, por ejemplo, tengo un montón de trabajos pendientes. Y en cambio, aquí estoy, escribiendo este blog, que es una inutilidad pero que me resulta mucho más agradable. Así que me rebelo y me dispongo a dar el primer paso hacia mi libertad: voy a cerrar esto y me pongo a dar el callo. ¡Se acabó el procastinar!
Miro por la ventana. Me invade una suave calma; la tarde es gris y una fina capa de agua empieza a remojar la tierra ya mojada, gris también, y no verde. Creo que voy a oír música mientras la contemplo. Porque en estos momentos no, no llueve: orvallea.

miércoles, 13 de enero de 2010

SENCILLEZ

                                                                     Para escuchar: Beethoven, Séptima Sinfonía, 2º movimiento.


Pocas cosas hay tan sencillas. El comienzo de la partitura asombra: Clave de Fa, compás de 2 por 4; la nota La se repite diez veces en negras y corcheas. La partitura es sencillamente sencilla. Aparentemente, podría haberla escrito un niño.





Cuando se oye, en cambio, la profundidad nos embarga. Las variaciones se van sucediendo y las ondas sonoras acariciando los centros del placer del cerebro. Es fácil apretar el mando a distancia para oírla de nuevo.Y cuando, pasado un tiempo volvemos a escucharla, lo hacemos previendo ya la emoción ; nos sentamos, nos relajamos, y volvemos a empezar, y entendemos el mito del eterno retorno.
Es una sensación similar a cuando, de niños, nos contaban un cuento una y otra vez, hasta que nos sabíamos no ya el cuento, sino las palabras con que nos lo contaban, y nos enfadábamos o corregíamos a nuestro padre si alteraba algo significativo, o se saltaba una frase. 
Y no, nunca nos cansábamos de oírlo. Y esperamos a tener hijos para podérselo contar y nos sentíamos felices cuando nos corregían si alterábamos algún momento significativo.
He releído mis entradas previas. No son sencillas. Lo siento. 
Procuraré enmendarme, aunque no sé si lo conseguiré.

martes, 12 de enero de 2010

SÉ QUE ME PASA ALGO

                                                                                Sé que me pasa algo, pero no sé qué.

domingo, 3 de enero de 2010

FELIZ 2010

 
“Amar” es una palabra de cuatro letras 


Compartir: del latín compartiri, que significa dividir con.
Dicen que Lucio Anneo Séneca (4 a.C.-65) separó a las personas en dos categorías: las que dan y las que reciben. Hoy, tomándome la licencia de un año recién comenzado, asumo ser más presuntuoso de lo que quizás me corresponde y me atrevo a corregir al filósofo hispanorromano. O, al menos, a matizarlo. 
Comenzaré señalando que la propuesta de división, a pesar de su aparente evidencia, resulta muy limitada. De un lado, una veces damos, y otras recibimos; depende de nuestro rol en cada momento, de nuestra edad, de nuestro status. De otro, por ejemplo, también están los que roban. En fin, que el tema da para más; pero me resultó sugerente esta forma de catalogar, así que ahí van un par de ideas recogidas de algunas fichas bibliográficas y una conclusión personal como deseo.
El economista Kennet Boulding, en los 70, mostraba respecto a este tema –aunque sin referencias a Séneca– una perspectiva interesante: defendía que las transferencias unidireccionales –las llamadas donaciones– podían provenir de motivaciones agrupadas en dos sistemas, unas que surgen del amor (sistema integrador) y otras del temor, incluyendo el miedo al qué dirán (sistema coactivo), añadiendo que el sistema fiscal sería un caso particular, aunque ni mucho menos único, en el que ambos pueden encontrarse mezclados (hay quien incluso piensa que, más allá de ciertos límites, constituye un robo). No hay que asociar el hecho de dar, por tanto, a una conducta exclusivamente altruista. Y respecto al recibir, algo parecido.
La presunta unidireccionalidad, de otro lado, también tiene una segunda lectura: para que la donación sea posible han de existir al menos dos condiciones: que el donante desee o se vea obligado a hacerla... y el que el recipiendario esté dispuesta u obligado a recibirla. Algo más complejo y difícil de conseguir, a veces, de lo que a primera vista puede parecer. Porque, en las relaciones interpersonales, puede que lo que uno desea, o le hacen dar, no sea, precisamente, lo que el otro desea recibir. O viceversa.
Una última diferencia, no menos importante, es el de los tipos libertad en juego: simplificando mucho, el que ofrece, si lo hace dentro de un sistema integrador (y no sólo el amor, la caridad o la compasión también lo son) ejerce una forma de libertad positiva; el que pide o recibe, en cambio, puede no tener otra opción real que aceptar lo que le dan. Es lo que los teólogos medievales que reflexionaban acerca de la salvación y de la importancia del libre albedrío para conseguirla denominaron la libertas a miseria: aquella elección, aparentemente libre, que nos libera del sufrimiento o de la muerte, y que, en la medida en que buscamos la vida y la felicidad, es una acción restringida por nuestras necesidades.
Para mi gusto, pues, el binomio donante/receptor está condicionado por varias asimetrías graves, lo que provoca que el acto de dar/recibir suela estar viciado en demasiadas ocasiones por suspicacias que provocan malentendidos constantes. 
Séneca era estoico; Boulding, cuáquero: miembro de una comunidad religiosa disidente cuyo nombre original era Sociedad Religiosa de los Amigos. Imagino que es pura coincidencia; porque, al hilo de la amistad, hoy se me ocurre que hay, al menos, una cuarta categoría: la de compartir. 
Difícil actividad, donde las haya, aunque el concepto esté hoy día muy banalizado; ejercicio que requiere grandes dosis de prudencia, voluntad... y de amor. Dar, si no es que se hace en el sistema coactivo, es relativamente fácil: algo se pierde en el trueque, pero se consigue bienestar, prestigio, autoestima; recibir puede ser más o menos difícil, dependiendo de lo que esté en juego emocionalmente (decía también Séneca que los que reciben pueden que coman bien, pero que los que dan, duermen mejor). Pero compartir es un acto realmente complejo. Paradójicamente, más difícil de practicar cuando se trata de hacerlo con las personas a las que más amamos, independientemente de la forma de amor mediante la que nos relacionemos. Reflexionad, y ya me diréis si no es así.
Así que ni el dar ni el recibir. El compartir es mi propuesta de año nuevo. Sin asimetrías destacadas: porque cuando se comparte se establece, desde el principio, un paradigma de igualdad desde la aceptación sin condiciones. Y no voy a discutir que también puede integrar elementos integradores y de coacción, aunque no sean tan relevantes.
Compartir, cuando se hace de corazón, es practicar una generosidad entre iguales mútuamente reconocidos como tales. O, no debe darnos miedo reconocerlo, ejercer un egoísmo sano entre camaradas. En cualquier caso, sin necesidad de reciprocidades establecidas –aunque las normas de cortesía lo propicien–, ni cálculos de pagos diferidos; sin esperar más respuesta que la aceptación de lo compartido. Haciéndolo siguiendo la máxima de los estoicos que tanto me gustaría seguir: sine metu nec spe: sin miedo ni esperanza.
Compartir implica también una forma específica de relación entre personas libres y dueñas de algo: ambas libres para participar y cada una de ellas, dueña, al menos, de ese bien tan preciado que es su tiempo. 
Lo que compartimos nos enseña, a cada uno de nosotros, a reconocernos en lo que tenemos para ofrecer: se pueden compartir, entre muchos otros, bienes intangibles, como la información; no inventariables, como los abrazos o las caricias; o simplemente nutrientes –en su sentido profundo y simbólico– como las comidas, una botella de vino o una cerveza. Pero el bien compartido igualitario, dado y recibido por ambas partes, es el tiempo implicado en el ritual de compartir. Ese tiempo dedicado a cultivar vínculos y simultáneamente a procurarse el placer de sentirse vinculado. Un tiempo mágico dedicado, no al tan traído y llevado Yo, sino a cualquiera de esas áreas por momentos tan abandonadas en las que reconocemos a ese Yo formando parte de un Nosotros. 
Feliz año nuevo. Con mis mejores deseos de poder compartir con vosotros, entre nosotros, este ciclo que comienza, un poco más. Aunque me resulte, o nos resulte, que hemos de estar en plano de igualdad, difícil. Incluso muy difícil. De daros menos, de recibir menos, de compartir más. 
Y la esperanza de que, a partir de este año, el amar no se limite a ser, para todos y todas, una palabra de cuatro letras... y compartir signifique algo más que un verbo de la tercera conjugación.