domingo, 22 de agosto de 2010

ANIMALARIO. 3. DICROCOELIUM DENDRITICUM

Este post debía cerrar el ciclo actual con la etiqueta “animalario”. Así lo pensé en su momento, cuando hice el listado. Pero, finalmente, he decidido cambiar el orden de publicación e incluirlo ahora.
Cada entrada del blog tiene una historia oculta. La de esta es una de las más complicadas. Tiene que ver con mi proyecto de leer, este otoño, un libro de Dan Dennett titulado Romper el hechizo: la religión como un fenómeno natural; con la ponencia que hizo este autor en un TED en Monterrey en 2002; con un un encuentro al azar y con unas cuantas búsquedas en blogs de veterinaria. Todo esto, junto y relacionado entre sí, me movió a escribirlo.
Lo que me ha movido a avanzarlo: Ir anteayer, en familia, a ver la película “Origen”. Mis hijos, que ya la habían visto con sus amistades, nos explicaron de qué iba, propusieron analizarla y discutirla con calma... y allá nos fuimos, a la sesión de las cinco. 
El fenómeno del parasitismo
Se define un parásito como un ser que vive a costa de otros.  Se trata de una relación asimétrica en el que uno, el parásito, consigue la mayor parte de los beneficios a costa del otro, el hospedante (se le denomina huésped, pero la palabra es equívoca), que es el que paga los platos rotos llegando a perder, a veces, su propia vida. Los hospedantes se consideran especies explotadas, y se caracterizan por no recibir ningún beneficio por los servicios prestados.
El muérdago, la garrapata o la tenia, serían algunos ejemplos de parasitismo que nos ofrece la naturaleza
Esta forma de vida, obviamente, va más allá de la biología: a nadie se le escapa que hay también parásitos sociales que se incrustan desde el ámbito más primario, el familiar, a grandes organizaciones como,iglesias, empresas, sindicatos y hasta el mismísimo Estado o instituciones supranacionales como la ONU, absorbiendo, sin aportar mucho a cambio, recursos de los miembros activos y responsables del colectivo.
Lo que pretenden los parásitos es simple: cubrir sus necesidades sin recurrir a otro esfuerzo que colonizar y explotar a otro animal, planta u organismo, biológico o social. El chollo, vaya.
La impronta biológica: satisfacer nuestras necesidades
En principio, todo ser vivo orienta su comportamiento a sobrevivir en dos sentidos. Está programado para seguir vivo y para reproducirse, perpetuando su herencia genética. 
Para lograrlo ha de luchar por cubrir sus necesidades. Primero las homeostáticas, aquellas que, de no cubrirse en un período máximo, abocarán a la muerte: comer, beber, dormir, mantener la temperatura corporal. Luego las no homeostáticas, aquellas que permiten seguir vivo, pero con una menor calidad de vida si no se cubren, como por ejemplo, el sexo.
En los seres humanos, la supervivencia es un tema mucho más complejo, ya que entran en solfa emociones, sentimientos y todo ese aparato de fuegos artificiales relacionado con la psicología. Necesitamos también ser queridos, escuchados, respetados y, bien explotados por el marketing, unos zapatos nuevos, un polo de marca, un juguete mejor que el del vecino o el último modelo de coche que nos ha encandilado.
O dicho de otro modo, gracias a nuestra necesidad de homeostasis tendemos a restablecer el equilibrio emocional cada vez que sentimos que lo hemos perdido, lo cual, en algunos, es con bastante frecuencia y suele solucionarse comprando.
Así que, mientras los animales “inferiores” se dedican a vivir y procrear, matándose, eso sí, de vez en cuando, o comiéndose unos a otros, nosotros, seres civilizados, invertimos un tiempo y una energía increíbles en conseguir un televisor de pantalla plana, un nuevo ordenador o una tostadora. Estresándonos lo suficiente como para padecer impotencia, careciendo de tiempo para lo importante, sufriendo un infarto en plena juventud, sustituyendo la búsqueda del placer directo por metáforas estúpidas, o negándonos un hijo porque hemos de terminar primero de pagar el coche. Somos una especie que llegará lejos, se ve venir.
La pregunta es: ¿y cómo es que hemos caído tan bajo? ¿cómo hemos logrado olvidarnos de lo básico? ¿mediante qué mecanismos hemos conseguido nada menos que traicionar nuestras auténticas necesidades programadas por la especie genéticamente?
El Dicrocoelium dendriticum
Supervivencia y parasitismo: un buen combinado que puede dar para muchas reflexiones. Pero hoy me interesa la de una especie en particular: el dicrocoelium dendriticum.
Así se llama uno de los parásitos más interesantes, ya que no sólo afecta al cuerpo de sus hospedadores, sino a su mente.
En su ciclo vital pasa por tres hospedadores: un mamífero hervívoro —una oveja o una vaca—, un caracol (de los géneros Cernuella y Helicella) y una hormiga negra (del género formica). El ciclo es el siguiente: los huevos están en el estómago del rumiante y salen fuera con las deposiciones. Ciertos caracoles los ingieren y, en su interior, se transforman en diminutas larvas, que quedan fijadas en su rastro de mucosa, y aquí llega lo fascinante: la hormiga las ingiere, y el parásito toma el control de su cerebro. Altera sus deseos, sus necesidades, su programa de funcionamiento, para hacer lo que le dicta el parásito.
La hormiga infectada, cuando llega la noche y baja la temperatura, está programada para volver con las demás al hormiguero, pero no es eso lo que que hace: se dirige a una brizna de hierba, trepa por ella y se queda allí hasta el amanecer, esperando. Si no llega el herbívoro, la hormiga bajará y continuará con su programa diario, ya que de seguir quieta bajo el sol acabaría muriendo y el dicrocoelium no podría completar su ciclo, pero, al anochecer, volverá a su rutina de trepar a una brizna de hierba. Finalmente, una mañana, una oveja o una vaca se comerán la hoja, con ella a la hormiga, y su estómago permitirá de nuevo la reproducció del dicrocoelium, que volverá a poner sus huevos, que volverán a ser expulsados en la deposición y seguirá el ciclo.
El estudio de este curioso animal ha dado mucho que pensar a ciertos investigadores sociales. Por ejemplo, los ha llevado a plantearse si existe algo parecido que afecte a los humanos. Un parásito que pueda, introducido en nuestros cerebros, afectar el comportamiento natural y alterarlo en función de unos intereses que nos son ajenos, incluso negativos. 
Y algunos han llegado a la conclusión de que sí, aunque no sería un parásito físico. Para algunos, esos parásitos son, o pueden llegar a ser, llevadas a sus extremos, ciertas ideas: Seríamos, sin saberlo, hospedadores de sistemas parasitarios que, como ciertas religiones, nacionalismos, ideologías... se incrustan y nos manipulan para que sacrifiquemos parte de nuestros deseos, beneficios e incluso la vida si llega el caso, no en nuestro propio beneficio o en el de nuestra prole, sino en aras de una utopía, sea el cielo, un patria libre o una sociedad más justa, que les permite a los que las detentan vivir a nuestra costa.

¿Llevan razón? ¿no? ¿en qué medida aciertan o se equivocan? Una hipótesis para reflexionar.
P.S. El mundo es más complejo, el tema de la supervivencia, a nivel individual, grupal y de especie, también, y esto, obviamente, tiene un alto componente de demagogia... o quizás no tanto. Pero me apetecía soltarlo y seguir reflexionando sobre ello.
Por cierto, el vídeo del TED de Dan Dennett, puede encontrarse en 
Y la película de Christopher Nolan “Origen”, cuyo título original es “Inception”, está siendo proyectada en estas fechas.

jueves, 19 de agosto de 2010

ANIMALARIO 2. MÁS PECES: LOS LÍMITES DE LA EXPERIENCIA, LA EXPERIENCIA DE LOS LÍMITES.

                                                                                            a Franz Kafka, in Memoriam
Creo que lo leí en Rayuela, de Julio Cortázar, pero, hace ya tantos años, que no puedo afirmarlo con rotundidad. Y además, no sólo pierdo memoria: de vez en cuando también se me cruzan algunos cables, me hago un lío y confundo los datos.
El experimento era el siguiente: en una pecera se ponían unos cuantos ejemplares de una raza concreta. Ellos, movidos por la curiosidad, huían del centro hasta llegar a cada uno de los cristales que formaban los límites del habitáculo. E insistían una y otra vez, dando con sus hociquitos en la pared transparente, aplicados a la imposible tarea de seguir adelante; hasta que entendían que, aunque invisible, el límite estaba allí. 
Entonces, una vez aprendida la lección y asumida la experiencia, se movían con toda tranquilidad por el interior, se acercaban y, antes de llegar a chocar con la pared invisible, giraban en otra dirección y seguían con su vida. Asumir que allí estaba el límite les evitaba golpecitos y, sobre todo, les liberaba de frustraciones.
Lo que los peces no sabían es que los experimentadores, con esa crueldad que sólo es capaz de generar la frialdad de un experimento científico, los había colocado en una pecera especial, de paredes móviles. En una pecera dentro de otra pecera. 
Una vez que los pececillos habían asumido sus límites, los aviesos investigadores, muy lentamente, movieron los vidrios y ampliaron, ostensiblemente, su espacio vital. Pues bien, a pesar de que los cristales estaban ahora unos centímetros más allá, aquellos peces nadaban en cierta dirección y, al llegar justo donde poco antes estaba el cristal, giraban y cambiaban plácidamente de sentido. Y nunca traspasaron los antiguos límites.
Sé que no soy un pez, al menos morfológicamente. Pero no estoy nada seguro de no pertenecer, íntimamente, a esa especie citada cuyo nombre desconozco. Voy acumulando experiencia, pero a veces, en esa soledad cálida del antes de dormir, me pregunto si yo también, para ahorrarme frustraciones, evito transgredir ciertos límites que creo saber que existen en mi pecera personal y me pierdo todo un Nuevo Mundo que queda fuera, y que quizás no sea nada maravilloso, pero que quién sabe. 
Y a veces me digo que estaría bien, de vez en cuando, transgredir  alguno y decidir, después, si mereció la pena o no entrar en esas nuevas realidades. Y deseo arriesgarme a ir un día poco más allá, y no girar precisamente un poco antes de donde supongo que está el límite invisible del cristal. 
Me lamento por perder cierta clase de memoria, y no otra, como aquella que me recuerda nítidamente determinados límites invisibles; me pregunto qué le habré hecho a algún dios para que me castigue así, cargándome con experiencias que no forman parte del ímpetu del movimiento, sino del peso muerto de la pasividad.

viernes, 13 de agosto de 2010

ANIMALARIO. 1. LOS PECES, NOSOTROS Y LOS DIOSES.

Nosotros los occidentales estamos enajenados de nosotros mismos y de la naturaleza. Padecemos de ciertas ilusiones, una de las cuales es que la vida tiene sentido; es decir, que estamos cuerdos. Mantenemos esta opinión a pesar de las masivas pruebas en contra (...)
                                                                    Edward T. Hall. Más allá de la cultura.  
En casa, hasta ahora, teníamos sólo dos peces macho: uno azul y otro rojo. Son de nuestras hijas. De la misma especie, pequeños, muy vistosos, con grandes colas que se ondulan mientras nadan y con una característica curiosa: no pueden estar juntos porque se pelean a muerte. Así que cada uno estaba en su pequeña pecera individual.
El otro día compramos una pecera grande. Mi mujer la llenó, puso en marcha los filtros, colocó las plantas y toda esa parafernalia y, unos días después, introdujo unos nuevos inquilinos. Entonces pensó: ¿qué pasará si pongo dentro, con ellos, el pez azul; se peleará también con estos? Y lo puso.
No pasó nada en ese sentido. Pero sí en otro. Azul cambió de actitud. Nadaba con rapidez, parecía más alegre. Tenía ahora un vasto territorio, vistosos compañeros de viaje, algas en el fondo, una gamba y caracoles para limpiar la nueva casa... en fin, aquello era jauja. 
Si Azul hubiera sido humano, supongo, habría trabajado duro buscando una explicación “lógica” al asunto. No podía ser, se diría,  que durante tanto tiempo estuviera en un sitio y ahora, así porque sí, lo hubiera afectado un cambio tan profundo y positivo. Así que buscaría la explicación; el “sentido” a lo que le pasaba. ¿Qué habría hecho bien? ¿como premio a qué acción recibía los favores de Fortuna? ¿qué dios se había compadecido de él y por qué? 
Y seguro que encontraría una respuesta. Lógica y coherente, por supuesto, pero sin ninguna relación con un capricho de mi mujer y, mucho menos, con el hecho de que, por razones que hasta a mí se me escapan, un señor hubiera abierto una tienda de mascotas en el barrio y utilizado como gancho una pecera de oferta.
Poco después mi esposa, ajena tanto a las improbables meditaciones de Azul como a mis elucubraciones sobre el tema, tuvo una nueva idea, más brillante si cabe: el pez rojo quedaría mejor en el conjunto de la pecera. Pero claro, no podían estar juntos, porque se pelearían a muerte. Así que hubo un nuevo trasvase: ahora Azul pasó a una pecerita de nuevo y Arquímedes —el rojo tiene este nombre— se sintió gratamente reconfortado al comprobar que los dioses lo habían elegido por alguna razón que él habría de descubrir para seguir para repetir los actos que los habían motivado y seguir congraciado con ellos.
Azul, en cambio, empezaba a preguntarse dónde había fallado, qué había hecho mal, porque seguro que había metido la pata en alguna cosa. Los dioses ni hacen favores ni se enfadan porque sí. Ha de haber una razón, se decía, y si la descubro volveré a tener el pase asegurado a un nuevo trato de favor y al goce de ese espacio tan ameno.
Gracias a Dios, los peces, que se sepa, ni piensan, ni meditan, ni pierden el tiempo buscándole explicaciones imposibles a los acontecimientos, por extraños que estos les parezcan. Aceptan lo que les cae, luchan cuando es necesario para sobrevivir  y luego a esperar la próxima, sea ésta conseguir comida o hacer lo posible por procrear. 
La vida de los humanos, en cambio, es complicada. Necesitamos que los acontecimientos, al menos aquellos que nos afectan más, tengan un sentido. Así que inventamos dioses, ponemos en marcha sentimientos, organizamos relaciones... e, incapaces de asumir la infinitud de los procesos implicados y, si se trata de mujeres, de la complejidad y diferencias entre su forma de pensar y la nuestra, nos empeñamos en buscar explicaciones para todo. Con unas posibilidades de éxito similares a las de Azul y Arquímedes. 
Pero en fin, parece que eso nos hace felices. Así que por la noche, tras haber dado con la respuesta lógica y coherente a cualquiera de las cuestiones que nos preocupan, y haber descubierto las razones profundas de cualquier suceso que nos afecta —sea haber encontrado trabajo, o haberlo perdido; o que la mujer que creemos amar nos haya dicho que sí, o que no; o que llueva más, o menos, que el agosto pasado; o haber padecido un accidente, o haberlo evitado; o las razones de la crisis que nos aqueja— nos paramos a pensar y, de alguna forma y aunque nos declaremos agnósticos o ateos, maldecimos o damos gracias también a Dios o al Azar por nuestras suertes o nuestras desgracias.
Es la desventaja de no ser un pez: vivir a menudo ilusionados, aunque en una acepción un poco diferente a la que solemos usar normalmente. O la ventaja, quién sabe.

miércoles, 11 de agosto de 2010

LO NUEVO Y LO VIEJO: ILLUSIES.


                                      Uno no descubre nuevos continentes sin aceptar que 
                                      debe perder de vista la orilla durante un largo tiempo.
                                                         André Gide (en Internet)
Hubo unas épocas en que me seducían las novedades por sí mismas; ahora ya no. Ahora me atraen, curiosamente, aquellas que me permiten acceder a lo de siempre, aunque de otra manera; entender mejor lo conocido: volver. 
Paradójicamente, he descubierto que la organización del regreso es el método idóneo para aprender a usar nuevas tecnologías, para ordenar mi mente en nuevos organigramas, para avanzar en contextos novedosos que me hacen descubrir posibilidades antes inimaginadas. 
Lo nuevo me ofrece los métodos más eficientes; lo conocido le da el sentido a sus usos. Y es en ese quehacer, a veces sin que yo siquiera me percate, me dejo avasallar por las novedades y cambia el sentido de mi vida, dejándome de vez en cuando, eso sí, desarbolado y caótico, como un barco tras la tormenta, o con esa sensación de temor reverencial que padece el cobarde que ha perdido de vista la orilla.
Un GPS, por ejemplo, es una de esas aplicaciones tecnológicas nuevas y fascinantes. Me maravilla el artilugio en cuestión, ese sistema de posicionamiento mediante un sistema de triangulación establecido por satélites y que permite saber dónde estamos con una precisión increíble. Yo lo he utilizado para regresar al pasado.
Hace unos días usé la función de “recorrido a pie”. Fue en Brugge —esa ciudad cuyo nombre significa “puentes”, lo que tiene su lógica teniendo en cuenta la cantidad de canales, pero que en castellano hemos dado en llamar Brujas— y tuvo que ver con mi pasión por el regreso, por mi afición a lo ya conocido: por mi inveterada manía de volver.
La casa en un callejón de Brugge
Hace unos veinte años la recorrí por primera vez, y sus calles me llegaron al alma. Caminar por sus calles fue como recorrer espacios al tiempo nuevos y conocidos. Volví.
En una de esas visitas distantes en el tiempo, durante un rato, me separé del resto de la familia y me aventuré, solo, buscando sin saber qué, caminando sin más sentido que aceptar lo que quisieran depararme el azar o el destino. Encontré un callejón, y al fondo una casa, y en ella una exposición de caligrafía, con frases bellamente talladas en cristal y en piedra, dibujadas sobre papel o pergamino, con diferentes tipos de letra y de decoraciones. Me asombré de tanta belleza en un lugar tan recóndito e íntimo y fantaseé respecto al grupo de personas que habían llevado a cabo aquel ejercicio de solidaridad estética. 
En la memoria guardé aquellas imágenes generales, y con mi vieja Nikon  capté en unas cuantas diapositivas de algunas de esas obras, que todavía conservo. 
En otros regresos intenté encontrar, de nuevo, aquella casa, y comprobar si, improbablemente, seguía aquella exposición o si los autores habían creado alguna nueva. No lo logré jamás. Sabía que estaba cerca del Mark, pero por más vueltas que daba —y disponía siempre de un tiempo limitado— no encontraba aquel callejón con la casa al fondo.
Hasta hace unos días. 
El sencillo cuaderno y los satélites en órbita geoestacionaria
Aquel día, tras recorrer la exposición de caligrafía, y presintiendo que mi memoria fallaría, anoté la dirección en una especie de cuaderno de viaje que llevaba... sin considerar que olvidaría también que había llevado aquel cuaderno. Y hace poco, revolviendo estantes y mirando viejas anotaciones para preparar el nuevo viaje —una forma como otra cualquiera del volver— encontré el cuaderno, la página, las anotaciones, la dirección exacta.
Así que, al parar en Brugge de nuevo, introduje la dirección en el GPS, seguí sus instrucciones, y regresé. Estaba cerrada. Únicamente quedaban, sobre una piedra en la pared, lo que imagino que es su nombre o el del propietario; y en la ventana, justo tocando al cristal y junto a unos pequeños guijarros pulidos por el agua y colocados con esmero, un viejo hueso con la palabra ILLUSIES —que significa ilusiones— tallada en negro. Sólo eso. Para mí fue más que suficiente. Había vuelto. Gracias a una anotación manuscrita en un viejo cuaderno y a esa maravilla tecnológica que es un GPS de última generación con la función “recorrido a pie”. 


Anotación de navegante
Algunas veces siento que soy de los que temen perder de vista la orilla durante largo tiempo, condenándome, así, a no descubrir nunca nuevos continentes. Sé que a menudo disfrazo mis miedos de prudencia. 
Otras, en cambio, me encuentro en nuevas tierras y me pregunto cómo ha sido posible mi llegada, y sólo entonces tomo conciencia del tiempo que he pasado sin ver la orilla, y entiendo mis conflictos y mis crisis como resultados de una travesía al tiempo ilusionada y aterradora. Porque hay espacios interiores imposibles de triangular, para los que no existen GPS y en los que el único sistema de orientación son las anotaciones de un viejo cuaderno y, como consta en el hueso tallado tras la ventana de la única casa del antiguo callejón de Brugge, las ilusiones.

viernes, 6 de agosto de 2010

PÁGINAS RECUPERADAS. 1


Música de fondo: el tango Volver, cantado por Carlos Gardel
                                     Volver. Con la frente marchita,
                                     las nubes del tiempo platearon mi sien.
                                     Sentir que es un soplo la vida; 
                                     que veinte años son nada.
                                     (...)
                                     Pero el viajero que huye
                                     tarde o temprano detiene su andar.
                                                                      Fragmentos del tango Volver
He vuelto de vacaciones. Un poco alterado, buscando ese centro de gravedad que a veces se pierde. En este contexto, estoy dedicando algo de mi   tiempo a recordarme. 
Empecé a escribir cosas sueltas con mi primer Amstrad, un ordenador que no tenía ni disco duro y que funcionaba con dos discos flexibles de 5 pulgadas y media. Luego descubrí la maravilla y me pasé a Mac. Después, por aquello de los niños, volví a un PC. Ahora ando de nuevo con un Apple. Ese trasiego de disqueteras, sistemas operativos y cambios de domicilio —además de unos cuantos formateos necesarios del disco duro— me ha hecho perder muchas cosas. Pero unas pocas, pasando de un formato a otro, han persistido. 
Transcribiré algunas.
REGRESOS
Recuperado con fecha 26 de febrero de 1992
1
Hay unas cuantas imágenes de mi infancia que tienen una nitidez asombrosa. Una es un atardecer, luminoso tras la tormenta. Estoy solo, me he hecho un barquito con media cáscara de nuez y unos palillos. Lo coloco en cada uno de los regueros de agua que bajan por las calles de mi viejo barrio y él navega durante unos segundos y se atranca, y lo vuelvo a poner en la corriente y avanza otro poco. Yo lo sigo. El sol calienta un poco y enrojece los jirones de nubes negras que todavía quedan como restos de un naufragio.

2.
Qué dura es la tarea de regresar. El regreso querido es imposible. Los regresos posibles siempre nos desesperan; los probables nos incitan a seguir regresando una y otra vez desde cada esperanza, hasta que aprendemos la lección: aquello que creemos recordar, o se perdió por siempre o no existió jamás.
Ahora sé lo que he estado queriendo: volver de adulto a cuando yo era niño. Ver lo mismo pero con otros ojos: vivir, con la experiencia de lo vivido después, lo que viví entonces. Y en vano he regresado a los paisajes a buscar las respuestas. 
Me hubiera gustado verme desde fuera: Yo de pequeño allí, bajo aquel sol o aquella lluvia, dentro de la casa de la abuela, mirando volar las golondrinas en verano, tirando piedras que saltaban dos, tres, hasta cuatro veces, en la superficie del agua del río. Quisiera haberme visto pisando la nieve, jugando, pensando, mientras veía trabajar a mi padre, tras la lectura de un párrafo de un libro. Quisiera haberme mirado y haberme podido decir, como a través de un espejo, que hay futuro.

3.
Todo se desmenuza, se reordena en medio de una caotización constante. Un día volví y encontré, junto a la casa de mis padres, un solar vacío y una pared desangelada: había, dibujados sobre ella, restos de habitaciones, líneas que demarcaban los distintos pisos, perfiles de cosas que existieron; miré hacia arriba: allí, en la buhardilla con el techo inclinado —qué nítida, la diferencia entre el dentro y el fuera— habían vivido mis tíos y había vivido yo. Allí había estado sano y enfermo, cenado con toda la familia bajo la ventana, acariciado a gatos que se llamaron Pepito, Rosita o Manolo, éste último de un negro brillante; allí jugué y me peleé incontables veces con mi hermano, allí nos asustamos juntos con los cuentos de miedo que contaba mi tío junto a la estufa... y ahora ya no quedaba sino la silueta de una tosca cocina sobre la pared de la casa de al lado, que era la de mis padres. 
Volví otra vez: había una casa nueva, más alta, poblada de otras gentes que ya no conocía. Aquel tío mío —que se había marchado a vivir a otro sitio, casi enfrente— moriría poco después.
Nos dejó también la señora Patricia, y su marcha permitió a no sé qué sobrinas tirar también su casa abajo para hacer otra nueva, más alta; de todas formas hacía ya años que habían cortado los dos olmos y más que había desaparecido la parra. Los paisajes de mi infancia se iban desdibujando, la silueta urbana iba recomponiéndose, y hasta los nombres de las calles empezaron a ser distintos cuando llegó la democracia.
Las sabinas de la plaza de la iglesia de San Nicolás todavía existían la última vez que fui. No sé por cuánto tiempo guardarán ese olor que sentí tantas veces sin acercarme a saber su nombre.
A veces pienso que no vuelvo ya tanto para recordar sino para llevar a cabo la ingrata tarea de cerciorarme, de constatar qué sigue aún y qué ya no. De llevar esa extraña contabilidad de los paisajes, objetos y personas que me permiten seguir creyendo que, realmente, alguna vez fui niño o incluso adolescente.
Los niños ya no son los mismos, ni los mayores, ni el color del cielo, ni el ruido de las calles, ni la sombra del árbol, ni el vuelo de los pájaros. Ya no me queda nada. Nada salvo el regreso, y la búsqueda de algo que no conozco, y el sueño de que tal vez, algún día, jugando en algún sitio, vuelva a encontrarme.



domingo, 11 de julio de 2010

CONFIRMACIONES CIENTÍFICAS


De vez en cuando va bien confirmar suposiciones. Aunque tanto las suposiciones como la lógica de las confirmaciones sean, o puedan ser, mentiras. O verdades, vaya usted a saber.

Por qué muchos niños de pecho no tienen acceso al pecho
Leí una vez que, en no sé qué prestigiosa universidad norteamericana, sesudos investigadores habían descubierto, tras años de complejos experimentos, que la mejor alimentación para un niño era la leche de su madre. 
A cualquier mujer la generación anterior el descubrimiento le habría parecido una perogrullada, y hubiera dicho aquello de que “para ese viaje no hacían falta alforjas”, pero mucha gente se sorprendió... porque el resultado de la investigación tenía más fondo del que puede parecer. De hecho, revolucionó momentáneamente a una parte de la sociedad norteamericana, que había creído durante unas décadas que la Ciencia había superado/vencido por fin a la Naturaleza y que la “leche materna”, elaborada por afamadas multinacionales, era el no va más en el cuidado de la prole. Además, asumir esa publicidad permitía, de paso, eliminar el sentido de culpa a las jóvenes afectadas, que podían dedicarse a su trabajo o su ocio sin la “penosa molestia” de tener que amamantar periódicamente al niño de marras.
¿Cambió el descubrimiento científico el paradigma nutritivo de la infancia? ¿Le dieron las hijas la razón a sus madres? ¿volvieron en masa a dar el pecho a sus hijos durante el primer año de vida? Pues claro que no. Por supuesto que algunas, las que siempre defendieron que era un placer al tiempo que una necesidad, siguieron haciéndolo. Pero las demás, las que habían aprovechado la coartada “científica”, siguieron consumiendo leche de farmacia. Ante el descubrimiento, se limitaron a poner excusas —algunas muy reales, como el miedo a perder oportunidades laborales— y siguieron consumiendo productos elaborados industrialmente. Y es que una cosa mitificar la maternidad, y otra embarcarse en una obligación tediosa durante meses. 
Moraleja: en sociedades hedonistas, una vez conseguida una parcela de comodidad, es difícil renunciar a ella, aunque se trate de algo tan aparentemente sacrosanto.
Confirmar lo que ya se sabía intuitivamente fue, por tanto, inútil. Casi un engorro. El descubrimiento se olvidó pronto y no me extrañaría que la universidad, presionada por las farmacéuticas, hubiera despedido a los ilusos que levantaron la liebre.
Conocerse a sí mismo ¿puede poner en peligro la salud (mental)?
En un sentido muy diferente, a veces la ciencia viene a desmentir viejos mitos incrustados en nuestra forma de entender la vida e indiscutidos por estar aceptados por la mayoría sin discusiones.
Leo en el blog de Genciencia, entrada de 6 de julio, un corto e interesante artículo titulado “El mito de conocerse a uno mismo”. En resumen, lo que viene a decir es que toda esa monserga de conocerse a uno mismo no tiene, en el fondo, ningún sentido. Vaya, que el “Conócete a ti mismo”, la célebre máxima inscrita en la Grecia clásica por los siete sabios en el frontispicio del templo de Apolo, en Delfos, es una solemne tontería; una frase bonita, pero sin fundamento.
Una de aquellas afirmaciones que nos permiten llenarnos la boca y sentirnos intelectualmente profundos, pero cuyo valor en la vida real está muy cerca de cero. Y cuya creencia llena de pacientes las consultas de muchos psicólogos de las más diversas escuelas, si a eso vamos.
Las experiencias llevadas a cabo por Richard Nisbett, de la Universidad de Michigan y Timothy D. Wilosn, de la de Virginia, han demostrado, al parecer, que somos unos redomados inconscientes cuando nos evaluamos, lo que no hace sino confirmar otras teorías que abundan en lo mismo. Hay ciertos economistas que se ríen de aquellos otros que dicen que la racionalidad es la que guía nuestros actos económicos.  Y algunos de los matemáticos que desarrollaron la teoría de los juegos y toma de decisiones ya proponían que, a veces, la elección más racional frente a un problema era aceptar el resultado de una moneda tirada a cara o cruz. 
No nos engañemos, en un mundo racional, los sentimientos casi no tendrían cabida y la publicidad no funcionaría, y que los sentimientos nos dominan y la publicidad funciona, y de qué manera, es una observación que está al alcance de cualquiera.
Termina el artículo de marras con una frase poco menos que lapidaria: «La conclusión, por tanto, es un poco aterradora: a veces es mejor no pensar demasiado y dejarnos llevar por el modo “zombi”. Bucear demasiado en nosotros mismos puede ser tan peligroso como hacerlo en las negras aguas de un océano lleno de tiburones».
A mí, como ya señalé, me desasnó hace tiempo un humorista de la vieja escuela, de aquellos que lidió con el franquismo desde las páginas de La Codorniz. De ahí el título completo de este blog.
Aunque nunca está de más que desde la profundidad de la ciencia te confirmen tus sencillas opiniones basadas en la intuición y en ese sentido común a veces con tan poco sentido y a menudo tan poco común. 
Seguiré buscándome, sabiendo que me invento día a día y que el pasado lo cuento dependiendo del día que tenga hoy.
Consciente de que nado en aguas peligrosas,  seguiré extremando la prudencia. No vaya a ser que acabe descubriéndome... y me lleve un disgusto.

domingo, 4 de julio de 2010

EL SUEÑO DE LA RAZÓN...

              «La psicología es el estudio racional de la irracionalidad humana»
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                                              recuerda: el número 3964 es la clave
Un grabado de Francisco de Goya me robó el corazón desde el momento en que lo vi. Seguía un seminario sobre el autor y el profesor nos propuso analizar algunos de los grabados de la serie Los caprichos, publicados en 1799, unos años después de que comenzara su sordera y unos antes de la guerra de la Independencia que tanto y tan amargamente lo marcaría.
Lo descubrí cuando llegamos al número 43; su título era: “El sueño de la razón produce monstruos”.
El comentario, digamos académico, era más o menos el siguiente: cuando la razón descansa, cuando no se la escucha, el mundo se puebla de visiones, de sueños, que acaban generando monstruos. Una vez que se apaga la luz de la razón, llegan las tinieblas y los horrores.
Goya era un ilustrado, amigo de Moratín, Jovellanos y otros racionalistas. Los Autos de Fe de la Inquisición, las supersticiones populares, el control de la vida por parte de la Iglesia, el atraso económico de España, todo pesaba ya en Goya, que veía en la Razón la vía de superación de todos esos males. La guerra que vendría después, y que le hizo testigo de tantísimos horrores, no hizo sino acrecentar esa fe en el racionalismo como método de salir del marasmo en que se encontraba el país.
Un servidor, petulante como era, no pudo dejar de proponer otro significado. Según mi peculiar versión, el grabado podía significar también lo contrario: cuando elevamos la Razón a panacea, a solución de todos los males, estamos creando el sueño más peligroso, aquel que produce los monstruos más terribles.
La discusión fue corta, vencieron las huestes de la ortodoxia, y luego pasamos al siguiente grabado. Pero lecturas posteriores sobre temas tan distantes como la Revolución Francesa o los gulags soviéticos, me hicieron afirmarme en aquella interpretación que en su momento sonó a boutade.
A nivel más personal, diversas experiencia me han llevado después, en más de una ocasión, a recordar ambas teorías y a pensar: “¿ves? perdiste aquella tarde, pero tú tenías razón”.
Y es que en casa, los racionales somos los que solemos producir los monstruos más estúpidos.
Perspectivas de mi abuela
Mi abuela era, más que vieja, antigua. Cronológicamente su juventud coincidió con la dictadura de Primo de Rivera y su madurez con la Guerra Civil. Sufrió todo aquello, pero no vivió nada. Su tiempo mental era previo a la revolución industrial: estaba convencida, por ejemplo, de que los aviones eran cosa del demonio; se negaba a ir al cine por creer que había en ello algo de brujería, y una noche descubrimos que no sabía ver la televisión. 
Habíamos comprado el primer televisor, de aquellos en blanco y negro, y mi abuela vino algunas noches a verla a casa. Hacía pocos comentarios. Las pocas cosas que decía eran intrascendentes: “pues mira que guapa va esa muchacha”; “pues sí que tiene que estar eso lejos”, y cosas así. 
Hasta una noche en que nos sorprendió. Hacían un ciclo dedicado a una actriz, probablemente Rita Hayworth o Ava Gadner, no lo recuerdo bien. En la segunda de las películas, y pasado un rato, mi abuela empezó a murmurar: “pues vaya zorra”, “no le dará vergüenza”, “no, si ya verás”, y vuelta otra vez a lo de la zorra. Al principio nadie le dio importancia y todos hicimos como que no la oíamos; pero, al continuar ella con la letanía, alguien se atrevió a preguntarle por sus razones. Y ella contestó: “Vaya, no me digáis que no una zorra. La otra noche se casa con uno y ahora está dándose besos con otro”. 
Entonces supimos que no es que no entendiera la película: es que ni sabía qué era un ciclo de cine ni se enteraba de en qué mundo vivía.
Intentamos explicárselo, pero al final desistimos. Mi madre por respeto a su madre; mi padre por cansancio; los nietos porque con la algarabía que montábamos entre todos era difícil que entendiera algo. 
Hoy creo que intuí, aunque lejanamente, que explicarle el asunto no sólo era inútil, sino herético: contaminar aquella mente, y a aquella edad, era un atentado contra yo qué sé qué, independientemente de qué fuera ese no sé qué. Nosotros, a cambio de su sencillez, sólo éramos capaces de ofrecerle un pensamiento racional, el sueño del cual, como bien expresa el grabado de Goya, produce monstruos.
Mi madre, otra visión de la realidad
Paul Watlawick escribió un ensayo titulado ¿Es real la realidad? Me lo pasé muy bien mientras lo leía; me sonaban muchas cosas.
Mi madre tampoco sé en qué mundo vive. No lo he sabido nunca y no me atrevo ni a intentar entenderlo. Y menos a intentar cambiarlo. 
Siendo joven, en uno de mis regresos, dejé sobre la mesita del comedor el libro que estaba leyendo: era nada menos que Yo mismo y cómo hacer versos, del futurista ruso Vladimir Maiakowsky. El libro de marras, de lo más in, orientaba sobre dos circunstancias de mi vida de entonces: a) el grado de cretinez que yo padecía, y b) lo poco que tocaba teta. Pero leía lo que tocaba, eso sí.
Pues bien, cuando volví de la cocina, encontré a mi madre leyéndolo, me senté a su lado y no dije nada. Al rato me dijo: “no te lo lleves muy lejos”, y al otro día siguió con su lectura. Pasados unos días, cuando lo hubo acabado, me comentó: “A ver si traes más libros como éste, que me ha gustado”. Mi madre es una persona tirando a iletrada, de aquella generación en que las mujeres de clase baja o no iban a la escuela o salían con lo básico siendo todavía niñas, y no la había visto leer un libro en su puñetera vida. Cuando lo acabé, a mí no me pareció tan bueno, y eso que yo era mucho más estúpido y el sólo nombre de Maiakosvsky me alteraba. Quizás es que yo no lo entendí.
En otra ocasión me sorprendió ver en la mesita un fajo de fotonovelas. En aquella época las de amor causaban furor entre la población femenina. Pero una cosa es saber que algunas jóvenes las leían y otra muy distinta ver a mi madre enfrascada en ese quehacer. Pero en fin, no intenté entenderlo: simplemente lo asumí y ya está. 
Por la noche ella se sentó en el sofá y, mientras los demás seguíamos alguna memez en la tele, empezó a leer uno de aquellos bodrios. A mí ya me extrañaba tanta normalidad, pero me duró poco: observé que no leía de adelante para atrás sino al revés, empezando por el final y yendo hacia el principio, como si fuera un manga japonés en versión serrana. Le pregunté el porqué y me respondió: “Porque no tengo ganas de estar sufriendo para saber cómo acaba”. 
Años más tarde, en Borges, encontré una idea similar: defendía la tesis de lo interesante que sería escribir una novela al revés, esto es, en vez de exponer unos sucesos de partida e ir desarrollando la trama, empezar por el final, e ir construyendo las posibles causas que habían llevado hasta ese desenlace. Pero mi madre no había leído a Borges... al menos que yo supiera.
Ahora hay diálogos extraños con ella como protagonista algunas tardes. Mi madre se sienta a ver el culebrón televisivo que toque y mi padre, por hacerle compañía —y por dormir un rato— se aposenta a su lado. Mi madre comenta, sin dirigirse a nadie: “Pero mira que llega a ser mala esta mujer. Es que es para matarla ¿eh?”. Mi padre  —la voz de la razón— contesta: “Pero mujer, no es ni buena ni mala: es simplemente que le han dado ese papel”. Y mi madre, como si no lo hubiera oído, aunque sí que lo ha oído: “Lo que tú digas, pero ¿tú sabes lo que le hizo a la pobre Francisca Lupita? y mira ahora, a ver, dime si no es que es mala, pero mala de verdad; vaya, yo es que me la encuentro...”. Y mi padre, que cuando se trata de mi madre es menos racional de lo que parece, entra al trapo y sigue insistiendo en lo del papel e intentando explicarle la mecánica del guión. Y mi madre, a su bola: “Y si no cómo trataba a su pobre marido, que en paz descanse”. 
Yo los oigo y me río. Soy más como mi padre, pero secretamente le doy la razón a mi madre. Voy aprendiendo a aceptar los diferentes caos. Yo vivo a veces en uno, ella en otro. De vez en cuando se rozan.
Un día le enseñaré el grabado de Goya y le preguntaré que qué le parece. Pero esperaré un tiempo, que aún he de madurar. Hay respuestas que aún no estoy preparado para asumir; quiero seguir durmiendo, y no puedo olvidar que el sueño de la razón produce monstruos.
P.S. 
Mientras repasaba lo escrito me llega un e-mail de un amigo. Científico él, trabaja de médico. El texto es el siguiente: 
¿Quién ganará la Copa del Mundo 2010?
Brasil ganó la Copa del Mundo en 1994. Antes de eso, su última conquista del título fue en 1970. Si se suman, 1970 + 1994 = 3964.
Argentina ganó la Copa del Mundo en 1986, antes, en 1978. Sumamos,
1978 + 1986 = 3964.
Alemania ganó la Copa en 1990, antes de eso, fue en 1974. O sea,
1990 + 1974 = 3964.
Brasil ganó la Copa del Mundo 2002 y también la ganó en 1962. Comprobamos: 1962 + 2002 = 3964.
Siguiendo esta lógica, el ganador de la Copa del Mundo de 2010 será el mismo que en...
1954. Añadimos: 1954 + 2010 = 3964.
Y la Copa del Mundo en 1954 fue ganada por Alemania ...

He comprobado los datos; son correctos. A mí el fútbol ni me va ni me viene, pero esta vez voy a estar atento. Y como gane Alemania no voy a saber ya qué pensar. Racionalmente, se entiende.