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domingo, 31 de julio de 2011

VOLVER (A SANT MAURICI)


                                                                                               Volver
                                                                                               con la frente marchita
                                                                                               las nieves del tiempo
                                                                                               platearon mi sien.
                                                                                               Sentir
                                                                                               que es un soplo la vida
                                                                                               que veinte años no es nada
                                                                                               que febril la mirada
                                                                                               errante en las sombras
                                                                                               te busca y te nombra.
                                                                                               Vivir
                                                                                               con el alma aferrada
                                                                                               a un dulce recuerdo
                                                                                               que lloro otra vez.
                                                                                     Carlos Gardel: tango “Volver”
Nos disponíamos a subir de nuevo, después de tanto tiempo, al lago de Sant Maurici; luego seguiríamos, para comer, aún más arriba, al de la Ratera. La última vez que pisamos estos parajes fue en mayo del año pasado, e íbamos con nuestra hijas y una amiga de la familia.
Aparcamos a la entrada del parque y, mientras hacíamos las últimas maniobras, un viejo se acercó a la ventanilla del coche con la mano extendida, sonriendo, con el gesto de pedir una limosna. Entendí que era una broma y le sonreí, mientras su mujer le decía no sé qué, posiblemente que no hiciera el tonto de esa manera. Para cuando bajamos y emprendimos la marcha, la pareja de ancianos había ya desaparecido.
Íbamos despacio, entreteniéndonos con cualquier excusa, quedándonos el tiempo necesario para fotografiar una flor o intentar acercarnos a un pájaro de una especie desconocida. 
Un rato después alcanzábamos a los vejetes. Yo, que era un poco como él, no pude evitar empezar la gresca: 
—Qué, ¿ha recogido ya suficiente para el almuerzo? —le dije cuando nuestras miradas se encontraron en el estrecho camino.
— ¿Otra vez empujando? —respondió él ¿es que no podéis ir sin prisa, los jóvenes?
Y así empezamos una conversación pertrechada en el camino sinuoso y empinado, entre la sombra de pinos negros, tejos y abedules, y con el sonido del agua de fondo.
Supimos que él tenía 82 años —y ella 80—, que había tenido un susto grande con su corazón hacía tiempo y que llevaba ya tres bypass; y que encima tenía operada la rodilla. Que habían amado siempre la montaña y que no se resignaban a dejar de viajar y caminar. Que habían ido siempre con los hijos, pero que ahora ya les tocaba hacerlo en solitario. Que sabían que cada ascensión podría ser la última y por eso la disfrutaban en lo que valía. Entre anécdotas él seguía con su humor: “yo podría ir más deprisa, pero ya ves, lo hago por ella”; y ella escuchaba y movía la cabeza como diciendo: “¡si eres cenutrio!”.
Un poco más arriba nos despedimos.
—Va, déjales que sigan, que ellos son más jóvenes y llevan otro ritmo —le dijo la esposa.
Seguimos a nuestro paso, disfrutando del paisaje. Y en un recodo estrecho mi mi mujer la que me dijo, susurrando: deja pasar. Le cedíamos el paso a una pareja de jóvenes; él llevaba, sujeto en un arnés colgado sobre el pecho, a un niño pequeño. Iban a paso ligero, como si llevaran prisa en llegar a algún sitio. 
Y de pronto me vi desde fuera, en mis recuerdos de hace un montón de años: llevando en mis brazos a nuestro hijo de marcha por la naturaleza, por primera vez, en el Señorío de Bertiz. Y años después con él ya de la mano, la mayor de mis hijas sobre los hombros y la tercera en brazos de su madre subiendo a la Cola de Caballo, en Ordesa. Y cómo fueron creciendo, y las vivencias que compartimos en medio de los bosques y las montañas.
Ahora estábamos subiendo a Sant Maurici, solos ella y yo. Y me sentí, en el sentido real y en el figurado, en medio del camino: entre los padres jóvenes que pasaban raudos entre los claroscuros de los árboles con su hijo en brazos, deseosos de alcanzar la cima, y la pareja de ancianos que habíamos dejado atrás, sin más ambición que llegar donde pudieran, respirar aquel aire y refrescarse en cualquier fuente.
Me dije: no debe ser tan duro envejecer. No si tienes el coraje, la ilusión y el humor de esa pareja que has dejado atrás. Y espero que así sea mientras queden bosques por recorrer, ríos que cruzar y fuentes donde llenar la cantimplora. 
Aunque, tal y como han ido las cosas, habrá que hacer las caminatas cada vez con más prudencia, protegidos del sol y de las inclemencias del tiempo, sin abusar de nada y sin ansiedad por llegar a ningún sitio. Como debería ser en la vida cotidiana, vaya. Que veinte años, como decía Gardel, no es nada.

jueves, 28 de abril de 2011

LLUVIAS DE VIERNES SANTO


“No os inquietéis, pues, por el mañana; porque el día de mañana ya tendrá sus propias inquietudes; bástele a cada día su afán.”     
                                                                    Mateo, 6:34
1. Por qué soy un imbécil. Razón número 3.785.
A menudo no hacemos caso de nuestro sentido común; es lamentable, pero al menos en mi caso, es así. Vivimos inquietos o, en una palabra que Pessoa elevó al rango de literatura en sí misma, desasosegados. Somos tan imbéciles que no sólo seguimos ciertas modas en ropa o gadgets electrónicos, sino en tendencias estúpidas como la de abandonarnos al estrés. 
No sabemos vivir relajados; yo al menos, la verdad, no sé. Puedo relajarme, pero a veces me cuesta mi esfuerzo, lo cual es ya una contradicción.
Nos montamos una película respecto al futuro —cercano o lejano— y procuramos que todo concuerde y cuadre como si el mundo girara alrededor de nuestro ombligo y el número de variables que interfieren fuera algo controlable. Y cuando es que no, cuando se tuercen la cosas y no suceden como esperábamos, nos enfadamos con la Realidad, nos encabronamos con nosotros mismos, y de paso solemos joder a los que tenemos más cerca. A mí al menos me pasa de vez en cuando. Me cuesta trabajo aceptar al mundo como es cuando no coincide con lo que yo creo que debería de ser. Es una de mis formas predilectas de perder la vida y de paso el sentido del humor, y no parece que ser consciente de vez en cuando del tema vaya a solucionar mi situación.
Pero a veces —debe de ser la edad— me distraigo de mis estupideces, me dejo llevar por el tiempo y hago caso, sin pensarlo, a mi sentido común, que, también a veces, suele coincidir con alguna cita de un texto sagrado.
2. De cómo la lluvia minó mi fe de niño.
Jueves Santo, por la tarde. Los pasos bajan en procesión hacia el puente de la Trinidad. Un poco más rápidos de lo habitual, porque el cielo parece que va a caerse; el verde de los árboles contrasta con el negro de las nubes. Estoy preocupado por mañana.
— Me parece que mañana va a llover, comento en voz alta, como quien no quiere la cosa.
— ¿Pero tú estás tonto o qué?, me contesta mi amigo José Pedro. Y afirma, rotundo: nunca llueve en Viernes Santo.
Mi experiencia es corta, un poco más que mi vida, incluso. Intento rememorar y no, no encuentro entre mis recuerdos ningún Viernes Santo con lluvia.
— Dios no permitiría que lloviera en la celebración de su muerte, continúa mi amigo de entonces. Y se queda tan ancho.
Yo soy un pobre muchacho lleno de creencias, lejos todavía de planteamientos científicos, pero algo me huele mal. Creo en Dios, pero algo no me cuadra, sería una prueba excesivamente evidente de su existencia y entonces, ¿cómo explicar la necesidad de la fe?
Pero no digo nada. Luego, tras un silencio a tenso, roto por los golpes rítmicos y acompasados que hacen las horquillas al chocar contra el pavimento y el viento que amenaza con apagar la velas dentro de las tulipas, insisto levemente:
— Pues mira que como mañana llueva....
Y, tras la mirada de superioridad y desprecio de mi amigo, opto por el silencio. Recuerdo que la banda empezó a tocar algo que bien pudo ser “Nuestro padre Jesús”.
Viernes Santo. La procesión de las seis ha transcurrido con relativa tranquilidad, aunque también con prisas; las primeras luces de la madrugada son poco luminosas y retumba algún trueno. Me visto de penitente, con mi túnica morada y mi capuz negro. Mi madre me pregunta: ¿quieres decir que no te vas a mojar? Y yo la miro, desde abajo pero desde arriba, desde mi corta estatura al tiempo que desde mi superioridad moral: pobre mujer, que con tanta experiencia todavía no se ha percatado de que en Viernes Santo nunca llueve.
Salimos a las once, acompañando a la Virgen de las Angustias. El cielo se pone cada vez más oscuro. Yo tengo ganas de decir algo, pero no me atrevo; cuando estoy a punto, cuando para la fila y puedo volverme a mirar a los ojos a mi amigo —es lo único que podemos vernos, enfundados los rostros en nuestros capuces— su fría mirada me recuerda que la fe está para eso: para creer en el milagro.
En un momento determinado algo se rompe en mi cabeza. Han parado el paso, los banceros sujetan firmemente las andas, dos hermanos se encaraman a la plataforma y comienzan a cubrir con un plástico al Cristo yacente y a su santa Madre. Debe de ser que los infelices tampoco están al caso del milagro anual.
Y entonces me doy cuenta de que mi madre y aquellos descreídos son más inteligentes que yo, porque empieza a caer un aguacero de mil pares de huevos. No nos da tiempo ni a sorprendernos y ya estamos como una esponja. La procesión se desbarata. Todos huimos perdidos entre las calles estrechas y las cuestas. Bueno, casi todos, porque los hermanos mayores y los banceros han de aguantar el tipo al lado de las sagradas imágenes, y algunos nazaremos, creyentes sin necesidad de milagros y casi enamorados de esas imágenes, se quedan quietos. Mi amigo también escapa, el muy cobarde. No tengo ni siquiera tiempo para reproches, pero a partir de ese momento lo consideraré un perfecto imbécil y, además, un soberbio. Y a mí un cretino impenitente, dicho sea de paso.
Y en cuanto a Dios, coño, podía haber hecho un milagro, aunque no fuera más que para evitar la mirada de sarcasmo de mi madre cuando llegué a casa. Bueno, de sarcasmo y de cabreo: “claro, cómo se ve que no sois vosotros los que tenéis que lavar y planchar”, me abronca, porque los bajos de la túnica vienen hechos unos zorros.
3. Aceptación de la lluvia.
Este año ha vuelto a llover en Viernes Santo. Yo ya no me visto de penitente, pero he vuelto a salir con mi hermano a deambular por las calles, a comprar churros para nuestros padres y nuestras hijas cuando todavía no ha roto el alba; a ver esas imágenes que son como parte de mí, de tan conocidas; a subir hasta la ciudad vieja empapándome del verde de una primavera maravillosa oscurecida y aclarada por retazos de tormenta y salidas de sol. 
Encontramos gente lamentándose por el mal tiempo; otros, y no sólo nosotros, disfrutando de una Semana Santa diferente y no menos entrañable. Hermanos mayores de San Juan a paso ligero, con sus capas granates al vuelo y sus capuces de terciopelo verde perlados de un chirimiri que parece rocío; nazarenos esperanzados o desesperanzados atentos a las velas de sus tulipas; un paso detenido en una cuesta arriba, cerca de los Oblatos, con una pareja subidos a la peana colocando un plástico para salvar las imágenes de Cristo y la Verónica; la Soledad esquivando las estrecheces de la calle del Peso y la curva de San Andrés, atajando para llegar y ponerse a salvo en la iglesia del Salvador.

Imágenes inauditas, distintas, preciosas. El mundo era como era y no como debería ser. Hermoso e impenetrable, y yo andaba mojándome los pies, intentando enfocar la cámara bajo el paraguas y aceptándolo. Hoy era el mañana de un ayer al que amanecí sin otras inquietudes que disfrutar de lo que me ofreciera la vida. Hacía meses que no veía a mi hermano, las hoces estaban magníficas, y hasta la lluvia me parecía un milagro, a fuerza de no esperar ninguna otra cosa. Y ese era todo el afán que bastaba para ese día. 
Luego, a la tarde, no vi la Virgen de las Angustias. Quizás no llegó ni a salir por la amenaza de lluvia.

viernes, 6 de agosto de 2010

PÁGINAS RECUPERADAS. 1


Música de fondo: el tango Volver, cantado por Carlos Gardel
                                     Volver. Con la frente marchita,
                                     las nubes del tiempo platearon mi sien.
                                     Sentir que es un soplo la vida; 
                                     que veinte años son nada.
                                     (...)
                                     Pero el viajero que huye
                                     tarde o temprano detiene su andar.
                                                                      Fragmentos del tango Volver
He vuelto de vacaciones. Un poco alterado, buscando ese centro de gravedad que a veces se pierde. En este contexto, estoy dedicando algo de mi   tiempo a recordarme. 
Empecé a escribir cosas sueltas con mi primer Amstrad, un ordenador que no tenía ni disco duro y que funcionaba con dos discos flexibles de 5 pulgadas y media. Luego descubrí la maravilla y me pasé a Mac. Después, por aquello de los niños, volví a un PC. Ahora ando de nuevo con un Apple. Ese trasiego de disqueteras, sistemas operativos y cambios de domicilio —además de unos cuantos formateos necesarios del disco duro— me ha hecho perder muchas cosas. Pero unas pocas, pasando de un formato a otro, han persistido. 
Transcribiré algunas.
REGRESOS
Recuperado con fecha 26 de febrero de 1992
1
Hay unas cuantas imágenes de mi infancia que tienen una nitidez asombrosa. Una es un atardecer, luminoso tras la tormenta. Estoy solo, me he hecho un barquito con media cáscara de nuez y unos palillos. Lo coloco en cada uno de los regueros de agua que bajan por las calles de mi viejo barrio y él navega durante unos segundos y se atranca, y lo vuelvo a poner en la corriente y avanza otro poco. Yo lo sigo. El sol calienta un poco y enrojece los jirones de nubes negras que todavía quedan como restos de un naufragio.

2.
Qué dura es la tarea de regresar. El regreso querido es imposible. Los regresos posibles siempre nos desesperan; los probables nos incitan a seguir regresando una y otra vez desde cada esperanza, hasta que aprendemos la lección: aquello que creemos recordar, o se perdió por siempre o no existió jamás.
Ahora sé lo que he estado queriendo: volver de adulto a cuando yo era niño. Ver lo mismo pero con otros ojos: vivir, con la experiencia de lo vivido después, lo que viví entonces. Y en vano he regresado a los paisajes a buscar las respuestas. 
Me hubiera gustado verme desde fuera: Yo de pequeño allí, bajo aquel sol o aquella lluvia, dentro de la casa de la abuela, mirando volar las golondrinas en verano, tirando piedras que saltaban dos, tres, hasta cuatro veces, en la superficie del agua del río. Quisiera haberme visto pisando la nieve, jugando, pensando, mientras veía trabajar a mi padre, tras la lectura de un párrafo de un libro. Quisiera haberme mirado y haberme podido decir, como a través de un espejo, que hay futuro.

3.
Todo se desmenuza, se reordena en medio de una caotización constante. Un día volví y encontré, junto a la casa de mis padres, un solar vacío y una pared desangelada: había, dibujados sobre ella, restos de habitaciones, líneas que demarcaban los distintos pisos, perfiles de cosas que existieron; miré hacia arriba: allí, en la buhardilla con el techo inclinado —qué nítida, la diferencia entre el dentro y el fuera— habían vivido mis tíos y había vivido yo. Allí había estado sano y enfermo, cenado con toda la familia bajo la ventana, acariciado a gatos que se llamaron Pepito, Rosita o Manolo, éste último de un negro brillante; allí jugué y me peleé incontables veces con mi hermano, allí nos asustamos juntos con los cuentos de miedo que contaba mi tío junto a la estufa... y ahora ya no quedaba sino la silueta de una tosca cocina sobre la pared de la casa de al lado, que era la de mis padres. 
Volví otra vez: había una casa nueva, más alta, poblada de otras gentes que ya no conocía. Aquel tío mío —que se había marchado a vivir a otro sitio, casi enfrente— moriría poco después.
Nos dejó también la señora Patricia, y su marcha permitió a no sé qué sobrinas tirar también su casa abajo para hacer otra nueva, más alta; de todas formas hacía ya años que habían cortado los dos olmos y más que había desaparecido la parra. Los paisajes de mi infancia se iban desdibujando, la silueta urbana iba recomponiéndose, y hasta los nombres de las calles empezaron a ser distintos cuando llegó la democracia.
Las sabinas de la plaza de la iglesia de San Nicolás todavía existían la última vez que fui. No sé por cuánto tiempo guardarán ese olor que sentí tantas veces sin acercarme a saber su nombre.
A veces pienso que no vuelvo ya tanto para recordar sino para llevar a cabo la ingrata tarea de cerciorarme, de constatar qué sigue aún y qué ya no. De llevar esa extraña contabilidad de los paisajes, objetos y personas que me permiten seguir creyendo que, realmente, alguna vez fui niño o incluso adolescente.
Los niños ya no son los mismos, ni los mayores, ni el color del cielo, ni el ruido de las calles, ni la sombra del árbol, ni el vuelo de los pájaros. Ya no me queda nada. Nada salvo el regreso, y la búsqueda de algo que no conozco, y el sueño de que tal vez, algún día, jugando en algún sitio, vuelva a encontrarme.