miércoles, 3 de noviembre de 2010

ORDESA, 2. RECETARIO: JUDÍAS IRRESPONSABLES


Por fin volvimos a Ordesa en otoño.
Hacía ya casi veinte años que no regresábamos por estas fechas a aquellos paisajes. La última vez fue, lo recuerdo, para Todos los Santos, y la gama de colores que va del amarillo al anaranjado estaba en pleno apogeo. 
Esta vez, con quince días de antelación, el otoño aún no se había enseñoreado del paisaje, pero los valles de Ordesa y de Bujaruelo estaban exultantes. Llovió, pero no nos importó demasiado. Íbamos sin prisa, a pasear, sin metas que conseguir y sin necesidad de competir con nadie, ni siquiera con nosotros mismos. Nos deteníamos a observar la innumerable variedad de setas junto a los caminos o en los troncos, a localizar un pájaro que cantaba entre las ramas, a fotografiar bayas rojas, hojas de roble o una amanita muscaria solitaria. A perdernos por algún pueblo apartado con curiosas chimeneas.

En el fondo de un hayedo, y por sorpresa, nos topamos con unos cuantos níscalos. Y completé una de esas recetas a la que dado en llamar “judías irresponsables”, ya que hace falta pasar un poco de todo para planteárselas, ejecutarlas y echárselas para dentro. Sobre todo para quien padezca uno de esos males tan sociales y populares como el colesterol, la tensión alta o similares.
La receta base
Unas buenas judías requieren, sobre todo, buenas judías. Podría decirse que esto es una perogrullada, pero no todo es tan obvio como parece. Ahora son todas de cocción rápida y ya no hace falta dejarlas al menos doce horas en remojo ni necesitan tres horas de fuego lento para estar a punto; más comodidad, sí, pero echo en falta el sabor y la textura de las de antes. Esta vez lo hice mal, lo reconozco. Las judías no eran las que debieran. Tengo una excusa: hace tiempo que no las encuentro en ningún sitio.
La forma de elaborarlas es de lo más común: se sofríe cebolla al gusto y un par de dientes de ajos, todo muy picado; cuando está a punto se le añade una pizca de pimentón dulce y, una vez que todo ha cogido color, un par de cucharadas de harina para espesar el caldo. Luego se añaden el agua, poco a poco, para diluir la mezcla previa; las judías que han estado ya en remojo; un par o tres de hojas de laurel y una cabeza de ajos cruda y entera, a la que se le ha quitado simplemente la capa exterior.
Cuando echa a hervir, se le añade sal al gusto y si se desea alguna hierba como tomillo, pero que apenas se note.
Entre tanto, aparte, se fríen ligeramente unos chorizos para que suelten un poco la grasa y, en otra olla, se hierve durante un buen rato el forro de cabeza de cerdo para que suelte las impurezas.
Después se añade el cerdo a la cazuela y a esperar que todo se fecunde.
Estas judías están mejor una vez asentadas, así que las guardé para llevárnoslas y comerlas una tarde, a la vuelta de la excursión.
Otra comida que, en principio, era otra comida
Mi mujer, por su parte, había preparado también en casa un conejo en salsa. No sé cómo lo hizo, pero estaba magnífico. Nos lo comimos alegremente pero, moderados como somos, dejamos un plato de salsa sin acabar.
(No, no fuimos a Ordesa a comer, fuimos a pasear por los bosques, pero no sólo de bellos paisajes vive el hombre)
La combinación final, que no fatal
Tenía, de un lado, un plato de judías que había sobrado; de otro, el resto de la salsa del conejo; unos cuantos níscalos de la tarde anterior, y un hambre atroz después de recorrer el valle de Bujaruelo. La cosa estaba cantada. 
Puse a calentar las judías, les añadí la salsa de conejo y, cuando estaban casi a punto, los níscalos fritos. Vuelta y vuelta y... ¡voilá! la receta en su sitio. 
Lo reconozco, fui un poco irresponsable: me puse como el Tenazas. 
Se hacía de noche. Fuera llovía. Pensé: los demás que piensen lo que quieran: la vida es esto.

sábado, 16 de octubre de 2010

ORDESA, 1. DEL MITO DEL BANDIDO GENEROSO


La cebolla es escarcha 
cerrada y pobre. 
Escarcha de tus días 
y de mis noches. 
Hambre y cebolla, 
hielo negro y escarcha 
grande y redonda. 
En la cuna del hambre 
mi niño estaba. 
Con sangre de cebolla 
se amamantaba. 
Pero tu sangre, 
escarchada de azúcar, 
cebolla y hambre. 

Miguel Hernández. Fragmentos de “Nanas de la cebolla”
(dedicado a su segundo hijo, en 1939)
1. Abizanda
Subiendo hacia Ordesa, poco después del pasar el embalse del Grado y antes de llegar a Ainsa, se encuentra Abizanda, un pequeño pueblo que sorprende por la silueta doble de una torre defensiva al lado de la de la iglesia. La torre, cuentan las crónicas, la construyeron maestros lombardos en el siglo XI, para formar parte de un sistema defensivo desarrollado por Sancho el Mayor de Navarra.
El pueblo es pequeño y cuidado. Unos campesinos, a pesar de la fiesta, trabajan en una máquina que pela almendras. Unos niños los miran. De fuera no somos más de ocho personas. Mientras subimos hacia la torre, encuentro un cartel que anuncia un artesano del cuero llamado Pernales. Y ese simple nombre hace que me invadan viejos recuerdos olvidados. Está cerrado, así que me quedo sin saber si tiene algo que ver con mi pasado. 

2. Del resentimiento de los pobres
Los pobres de antes eran realmente pobres. Sobre todo los jornaleros, los campesinos sin tierra a los que cantó Miguel Hernández. En Aragón, las Castillas o Andalucía sufrían hambrunas periódicas, privaciones, calor y frío extremos, y miserias constantes. Oprimidos por los señoritos, ninguneados por los que eran sólo un poco menos pobres que ellos, despreciados por muchos, olvidados por una Iglesia que sólo predicaba la sumisión, y perseguidos cuando intentaban reclamar derechos o exigir justicia, su vida era una simple lucha por la supervivencia y el sentimiento más arraigado en ellos debió de ser, en muchas ocasiones, el resentimiento.
No el odio, sino el resentimiento. 
El odio es un sentimiento noble, casi de igual a igual, tantas veces cercano al amor. El resentimiento no: es la respuesta sentimental frente a la humillación y el desprecio, disimulados a veces con amables palabras. El odio puede llegar a estar, aunque no siempre lo esté, cerca de la grandeza; el resentimiento es pariente cercano de la mezquindad. 
Por lo que puedo recordar de algunas historias de vida oídas, hubo mucho resentimiento entre aquellos jornaleros que generó, en contadas ocasiones, poemas maravillosos y, más a menudo, deseos de venganza y revanchismo según unos, o de simple justicia según otros. 
Escuchando cómo vivían y morían no es difícil entender las revueltas anarquistas de principios del siglo XX o los desmanes de los primeros tiempos de la Guerra Civil. Absurdos e irracionales muchos de ellos, injustificados y contraproducentes otros tantos; pero necesarios a veces para vivir algo que pudiera confundirse, siquiera de lejos, con la equidad o con la dignidad.
3. El mito del bandido generoso
En ese contexto florecen los últimos ejemplos heroicos del mito del bandido generoso. El que quita a los ricos para dar a los pobres. El hombre que, cansado de aguantar, se libera de sus cadenas y decide imponer su propia ley; una ley terrible y con frecuencia asesina, pero más cercana a su idea de justicia y, sobre todo, representativa del deseo de venganza de sus viejos iguales, de esos que continúan sufriendo vejaciones, incapaces de levantarse, como él o con él, contra cualquier tipo de yugo.
No importa que sea un desalmado o un asesino, si colma los deseos de revancha de los oprimidos; no cuenta cuánto robe, siempre que sea a un rico y que reparta algo; se justifican los crímenes que cometa, siempre que los ejecutados sean “los otros”: los caciques que violan leyes y mujeres de los demás sin miedo a una justicia que controlan; los burgueses que explotan, y sus esposas preocupadas por la moda y los protocolos e incapaces de entender las necesidades de esas otras mujeres que sufren la miseria de sus hijos; esos curas cebados con diezmos y primicias arrancados de unos jornales que no llegan para malvivir. No importan si algunos de esos “otros” son buenos e incluso mejores que ellos. El resentimiento no suele hacer concesiones, ni admite salvedades, ni tiene miramientos.
Al bandolero se le protege, se le oculta, se le atiende cuando está herido, se le alimenta aún a costa de privaciones cuando lo necesita. O, simplemente, se le teme. 
Y cuando el bandido reparte algo, eso sabe a gloria. Cuando los pudientes, aterrorizados, lo maldicen, ellos lo ensalzan;  si la Guardia Civil o los militares fracasan en sus intentos de apresarlo, lo celebran. Los unos lo detestan; los otros componen canciones, tejen relatos, organizan mitos, construyen leyendas populares.
Yo, en casa de mi tío, en medio de caudalosos ríos de resentimiento, navegué más de una vez en esas balsas toscas y eficientes trenzadas de historias de bandidos generosos. Junto a anécdotas de una infancia maldita, una guerra terrible y una postguerra en cárceles franquistas, oí también fragmentos de las hazañas de Diego Corrientes o José María el Tempranillo. Y de otro, al parecer, más cercano; tanto que en alguna ocasión presentí que ese tío mío había viajado al pasado y lo había conocido personalmente: el Pernales.

5. Una anécdota sobre el Pernales
Las leyendas, las auténticas, no nacen de grandes gestas: se fraguan a partir de pequeños detalles. De las muchas historias que corrían sobre el Pernales a mí me contó mi tío sólo una, eso sí, una y otra vez. La transcribo:
Junto a una fuente hay un hombre sentado, comiendo. Tiene en la mano izquierda el pan y un trozo de chorizo; en la derecha, la navaja albaceteña con que corta parsimoniosamente trozos de uno y otro para ponerlos, ayudado por la hoja brillante, en su boca. Al lado descansa la bota de vino, más allá la chaqueta, la manta y, oculto bajo ellas, un bulto alargado.
De la espesura sale un embozado. Le apunta con una escopeta. Lo amenaza con quitarle la vida si no le da todo lo que lleva encima. Y, como para dar más peso a su exigencia, se identifica como el Pernales. 
El hombre de la fuente deja de comer, se levanta, se acerca a su chaqueta, toma una bolsa de dinero y se la entrega. Luego le mira a los ojos y le dice con mucha seriedad: toma lo que llevo y no me mates, pero no vuelvas a tomar nunca ese nombre. Y, ante la mirada sorprendida e inquisidora del asaltante le dice: Es el mío, y su uso sin mi permiso no se lo consiento ni a mi padre. 
El embozado tiene la escopeta en la mano, por llevar su cadáver sabe que obtendría una buena recompensa y la fama, pero es tal el respeto y el miedo que causa el Pernales entre los campesinos que se quita el embozo, arroja el arma, se arrodilla y le pide perdón y clemencia.
Le explica que es un pobre hombre, que su familia tiene hambre, que uno de sus hijos está enfermo y que tirarse al monte haciéndose pasar por él es la única solución que se le ha ocurrido para salir, aunque sólo sea momentáneamente, de su miseria.
El Pernales comparte con él la comida que lleva, le da su dinero y le desea suerte y que sane su hijo: sólo le exige que no vuelva a usar su nombre. Luego se levanta, recoge su chaqueta, su manta, y la carabina que tenía debajo y que hubiera podido utilizar cuando ha tomado la bolsa con las monedas, monta en su caballo y sigue su camino.
Así me lo contó mi tío en más de una ocasión. Con admiración y el espíritu en paz, como si se borraran en ese momento todas las injusticias padecidas. Y eso que nunca llegó a leer a Miguel Hernández, ni a conocer la verdadera historia de Francisco Ríos González, que así se llamó el salteador.
Así fue que me invadieron esos recuerdos el otro día, simplemente tras leer ese nombre en un letrero, en Abizanda. 

viernes, 1 de octubre de 2010

PÁGINAS RECUPERADAS. 2. DEMETRIO Y EL LOBO



Recuperado también el 26 de febrero de 1992
Si mi tío Perico era la memoria de la Mancha, Demetrio era la de la Serranía. El tío Demetrio, el marido de la señora Patricia, que lo sobrevivió años y años, a pesar de que parecía que era ella la que no gastaba salud y que él era fuerte como uno de los pinos que cortaba en su juventud, entre tragos de carrasca y hazañas de noches de San Juan.
De alguna forma, todos los recuerdos se ha ido diluyendo para sumarse en una sola noche, repetida interminables veces, donde él contaba el día en que se encaró a un lobo. 
Imagino que contaba más cosas, que su vida había sido más rica, pero yo sólo recuerdo con nitidez aquella noche y aquel relato. Posiblemente la culpa del desrecuerdo —que no olvido— no sea sólo mía: a lo largo de su vida al tío Demetrio le pasaron cosas, pero ninguna tan importante, así que, con el paso del tiempo, supongo que aquel suceso se iría magnificando en su memoria y aprovecharía cualquier ocasión para ponerlo de nuevo en escena. 
Una vez —hace también ya mucho— leí un relato de Borges en el que describía a un hombre que ya no recordaba lo sucedido, sino sólo las palabras con que lo había contado a lo largo de los años: recordé, de inmediato, al tío Demetrio. Y he aquí lo curioso: De aquella noche de recuerdos no guardo yo uno, sino dos. 
En el uno, más factible, se defendía del lobo con un hacha; en el otro, con una escopeta. El primero me parece más verosímil por las circunstancias (había ido a buscar leña al monte); el segundo, sólo por la limpieza con que suena la frase con que recuerdo que lo describía: “Y yo que me tiro la escopeta a la cara”. 
Tirarse la escopeta a la cara. Es una alocución tan tremendista, tan perfecta, tan redonda, tan exacta, tan descriptiva, que sólo por ella el segundo recuerdo adquiere el rango de verosimilitud. 
Tuvo que contarlo tantas veces, a tantas horas, bajo tantas condiciones climáticas, que mi memoria ha ido seleccionando un poquito de allí, otro de allá, hasta construir el escenario en que —sin grandes contradicciones— encajaran todas. Era noche de verano tardío; esa tarde, las uvas de la parra junto a su casa, casi maduras y aún agrias, habían atraído a multitud de avispas que habían ronroneado nuestra siesta de niños.
Era noche de estar ya cenados; velada de charla, demasiado temprano para ir a dormir y demasiado tarde para hacer otra cosa que no fuera sacar los asientos al fresco y escuchar los unos lo que decían los otros y luego cambiar de papeles. Nosotros —mi hermano, nuestro vecino Nicolás, yo mismo...— íbamos de un árbol a otro, nos subíamos al muro, corríamos a la fuente, mirábamos la parra, que nacía a la orilla de la casa, que subía la pequeña pared, que se enredaba en los alambres tendidos de un lado a otro de la calle, si es que aquello era exactamente una calle. 
El tío Demetrio comenzó la función en un un momento dado y contó, como otras tantas veces, la vez aquella en que se enfrentó a un lobo. Y los demás escuchaban como escuchaban siempre: como si fuera la primera vez que oían contar la historia. 
Permítaseme un inciso: Pasaron muchos años, pero no tantos como hasta hoy. Mi hermano volvió a vivir en una casa de aquella misma calle; su hija era pequeña y, cuando yo regresaba y subía a verlos, ella solía pedirme que, antes de dormir, yo le contara un cuento, y siempre le preguntaba yo qué cuento, y ella me respondía, cada vez: El del Pájaro Grifo. Y yo: que ese ya se lo había contado; y ella: que era igual. Yo no entendía, pero ella ponía cada vez la misma atención, o incluso más; un día me salté no sé qué parte y ella me corrigió enseguida: Tío, tío, que te dejas ...
No recuperaremos nunca esa magia con que de niños oímos los relatos: una vez, y otra vez, siempre nuevos, siempre regenerados, llenos de vida como nosotros mismos.
Los mayores de entonces eran así: escuchaban siempre de nuevo, sobre todo si el relatante les parecía ameno —como los niños, también sabían ser crueles, profundamente crueles, en caso contrario— y así era la noche en que Demetrio contaba la conocida historia del lobo.
Él, que era bajito y enjuto, se ponía en situación: se estiraba hacia abajo de las solapas de su eterna chaqueta de pana que en algún tiempo fue marrón, se ajustaba la faja negra sobre los pantalones negros también de pana, colocaba bien su boina, miraba a su mujer, a la señora Patricia, que le devolvía una mirada cansada como diciéndole: ¡pero otra vez, Demetrio!, y comenzaba la creación de ese mundo particular que sucedió una vez, o nunca, pero al que las palabras habían dotado de vida y existencia propias.
A mí toda la historia —si es que alguna vez la presté atención— se me ha olvidado; recuerdo sólo esa parte concreta en que decía: “Y el lobo que se me acerca; y yo que me separo del árbol, y el lobo que me mira, y yo que me tiro la escopeta a la cara”. 
La repetición de la partícula “me” me parecía fantástica: estaba allí y en otro sitio de tal manera que pasado y futuro quedaban confundidos no sólo en aquel presente, sino posiblemente también en cualquier otro tiempo. El tío Demetrio parecía haber logrado acceder a mi sueño: volver y verse desde fuera, animarse diciéndose: no te preocupes, que saldrás para contarlo. Quizás superó el trago sólo para cumplir con la promesa que había hecho de contarlo después y, a lo mejor, por eso lo repetía tanto; es posible que fuera ese sentido el que hizo que sus palabras se grabaran con más fuerza que tantas otras cosas en mi recuerdo. 
Por cierto: el final de la historia no he podido recordarlo jamás. Desconozco si mató o no al lobo, o si huyó, o si alguien —del que nunca supimos— vino en su ayuda. Tampoco importa.
Un día le preguntaré a mi hermano, que también andaba por allí, escuchando, a ver si él lo recuerda.

viernes, 24 de septiembre de 2010

ANIMALARIO. 7. DE MONOS, PLÁTANOS, TABÚES Y EUREKAS


               Los hombres han inventado los más extraños tótemes y tabúes a los    
               cuales luego se aferran más tenazmente que a la razón o al la vida.
                                          Ludwig von Bertalanfy. Robots, hombres y mentes. 

Circulan diferentes versiones por la red. Desconozco si es un experimento real, pero, como suele decirse, se non è vero è ben trovato.
Cinco monos están encerrados en una habitación donde hay una escalera. Al final de la misma, en un momento dado, los experimentadores colocan un plátano. Uno de los monos sube por la escalera y consigue el premio. 
Mientras, allá en lo alto, ese mono degusta el manjar, abajo, los otros cuatro son regados con chorros agua helada por los investigadores de la conducta. El de arriba los oye chillar, pero tampoco se preocupa mucho: él, a su bola.
Día a día se reproduce el experimento, hasta que los de abajo descubren que hay una relación entre el plátano y los chorros de agua fría: el premio de uno es el castigo de los demás.
Así que al día siguiente, cuando aparece la fruta y uno de ellos se dispone a subir por la escalera, los otros cuatro, al unísono, se enzarzan en una pelea con él y le dejan claro aquello de que la unión hace la fuerza. 
Esperan expectantes.
No reciben el chorro de agua fría. 
¡Eureka!
Durante días, aunque todos han entendido la relación de causa-efecto, alguno, poco solidario, intenta subir, pero la insistencia violenta de sus congéneres le hacen olvidar el plátano. Finalmente, ninguno tiene la tentación de coger el preciado manjar. Aquí acaba la primera fase del experimento.
Entonces, los taimados científicos de la conducta realizan una ligera modificación: sacan a un mono de la habitación de la escalera e introducen uno nuevo. Aparece el plátano en el techo. El recién llegado mira asombrado a sus congéneres y se pregunta por qué nadie sube a cogerlo, así que imagina que no les gusta la fruta, y se decide a aprovechar esa coyuntura. Sin embargo, una vez que pone su primera pata en el primer peldaño, cuatro tipos hasta hace un momento amigables se tornan energúmenos violentos y le cae encima una somanta de palos. Al otro día vuelve a intentarlo, y al otro con más prudencia, hasta que entiende que el plátano tiene un precio que él no está dispuesto a pagar. 
Cuando ya ha asumido el comportamiento adecuado, los experimentadores sacan a otro mono de los primeros e introducen otro nuevo. Y vuelve a repetirse el mismo patrón.
Eso lo hacen una y otra vez. Hasta que, al final, ninguno de los cinco monos que hay dentro ha recibido jamás un chorro de agua fría cuando otro ha subido a por el plátano, pero nadie se atreve a pisar siquiera el primer peldaño de la escalera. Ninguno sabe por qué, pero se ha instaurado lo que en sociología o antropología se denomina un tabú.
Nosotros, al menos así me lo han contado, no somos monos, ni nadie experimenta con nosotros —esto es una afirmación muy discutible, pero vamos a dejarla así de momento—, ni en el techo de nuestro comedor hay un plátano sobre una escalera. O sí, quién sabe.
No sé qué hago aquí, ni hasta qué punto mi libre albedrío es libre y albedrío. Pienso que soy, de un lado, lo que los demás me han ido diciendo que soy a lo largo de mi vida, repitiéndomelo tanto que he llegado a creérmelo; de otro, lo que yo mismo he ido descubriendo  —con más de una mentira de por medio— cayendo y levantándome para volver a caer. Siento que soy, también, lo que podría ser y todavía no he sido. Y que no siempre soy lo que parezco ni parezco lo que soy. Y entre unos y otros “ser” hay lagunas enormes y contradicciones constantes con las que me voy acostumbrando a coexistir. 
Esta noche me pregunto si, además de todas esas cosas y algunas más que no merece la pena citar ni resumir, no seré también un poco pez, hormiga, mariposa, pavo o mono. Porque me siento, de un modo u otro, como todos y cada uno de ellos. Y, encima, sin razón ni motivo para gritar ¡eureka!

viernes, 17 de septiembre de 2010

TODOS LOS DÍAS, HAZ ALGO A LO QUE TEMAS.


Un largo camino comienza con un pequeño paso
A veces, uno tiene la tentación de seguir un buen consejo; y hasta lo sigue.  No tan a menudo como sería de desear, pero sí a veces.
“Todos los días haz algo a lo que temas” me pareció, cuando lo leí en los subtítulos de un videoclip, algo deseable y cercano. Más que una admonición lo sentí como la expresión de un deseo íntimo con el que a menudo lucho, sin conseguir relegarlo a ese olvido que me permitiría vegetar más tranquilo.
Lo de siempre. La letanía no por repetida menos cierta: es mejor hacer mal que no hacer nada; el peor error es no arriesgarse a cometer errores... etc. etc. 
Y, como solución definitiva, el recuerdo constante de la máxima de los estoicos para enfrentarse a la vida cada día: Nec metu, nec spe: Ni miedo, ni esperanza. Despojarse de esos dos lastres que nos atenazan y, sobre todo, nos inmovilizan.
Hasta aquí, la teoría.
El ayuno
He finalizado un ayuno. Mi primer ayuno. Mira que hace años que amigos vegetarianos, seguidores de filosofías new-age y hasta mi mujer me recomendaban hacer uno. Yo meditaba sobre sus beneficios depurativos, analizaba su repetición como práctica en los más diversos credos religiosos y como método de conocimiento místico... pero sólo intentarlo ya me superaba. 
Hasta el domingo pasado. Cené poco y suave y, a la mañana siguiente, empecé tomando sólo un preparado a base de agua, zumo de limón y jarabe de savia de arce. Beber, mucho; comer, nada. Hasta hoy, viernes, en que he vuelto a hacer una comida suave, a base de fruta.
No he logrado la iluminación, y tampoco sé si me he depurado demasiado. Pero me he sorprendido. Y sorprenderme a mí mismo positivamente es un ejercicio que siempre me ha hecho feliz y que últimamente no practicaba demasiado. En contra de lo que esperaba, apenas he sentido hambre; he tenido a menudo, eso sí, unas enormes ganas de comer, que no es lo mismo. 
He estado tranquilo y relajado —esperaba subirme por las paredes después de un par de días sin probar bocado— e incluso más alegre de lo habitual. He visto comer a los demás sin deseo ni envidia. Sabía que podía dejarlo en cualquier momento, que no competía ni siquiera conmigo mismo, y si he llegado hasta hoy es porque he sentido que era el momento y era mejor no abusar, no porque no pudiera continuarlo.
He reflexionado de otra manera. No digo que mejor, sólo de otra manera. Me he centrado en mí. No he tomado ninguna gran decisión, pero sí mi he planteado intentar algunos pequeños cambios. Con calma.
Tan cerca del otoño
Dentro de un días será el equinoccio de otoño. Como suelo decir, tiendo más a celebrar el Anno de Gratia que el Domine; a comenzar el año en primavera, como los astrólogos, que en invierno, como los antiguos romanos; a entender el principio de la vida como el resurgir de la naturaleza y no en el hecho de que la luz comience a triunfar sobre la oscuridad y los días empiecen a ser más largos. Y el equinoccio otoñal es al de primavera como la noche de San Juan a Nochebuena.
Dentro de unos días llegará el otoño. Quería celebrar el equinoccio de forma diferente, vivirlo de otra manera. También por eso he ayunado.
Siento que he dado un pequeño paso, aunque quizás no sea el primero de un largo camino. Una de las conclusiones: independientemente de la longitud del camino, he de conseguir comer mejor, mucho mejor. Signifique esto lo que quiera que signifique.
Otra: no debo olvidar hacer, de vez en cuando, algo que tema.

domingo, 12 de septiembre de 2010

ANIMALARIO. 6. EL PAVO DE ACCIÓN DE GRACIAS, EL SENTIDO DE LA VIDA Y LA SERENDIPIDAD.

Mediocristán es donde tenemos que soportar la tiranía de lo colectivo, la rutina, lo obvio y lo predicho; Extremistán es donde estamos sometidos a la tiranía de lo singular, lo accidental, lo imprevisto y lo no predicho. Por mucho que lo intentemos, nunca perderemos mucho peso en un solo día; necesitamos el esfuerzo colectivo de muchos días, semanas, incluso meses. (...) Sin embargo, si estamos sometidos a la especulación de base extremistana, podemos ganar o perder nuestra fortuna en un solo minuto.
Nassim Nicholas Taleb. El Cisne Negro. El impacto de lo altamente improbable.
El pavo
Conocí la anécdota en un texto de Taleb dedicado a la serendipidad, aunque la idea original parece ser que la desarrolló Bertrand Rusell. Trata sobre un pavo de esos que se consumen en familia, cocinados al horno, el Día de Acción de Gracias.
El citado pavo vive cómodamente en su corral, y observa que, cada día, una amable persona viene a echarle comida; así que, tras repetir la experiencia una mañana tras otra, el inocente animal concluye que la raza humana está compuesta por seres cariñosos dedicados a mantener felices a los de su especie, razonamiento incomprensible pero absolutamente lógico e incontestable apoyado por su experiencia cotidiana. 
El pavo tiene toda la información: la hora aproximada a la que llegará el humano en cuestión, el tipo de grano, la organización diaria de su vida en el corral... hasta es posible que haya encontrado una explicación mítica para una actividad tan generosa y desprendida. 
La única información que NO tiene es que existe, entre esos humanos tan aparentemente amables, una tradición curiosa en un no menos curioso Día de Acción de Gracias. Sólo se dará cuenta de su error —si es que llega a darse cuenta— cuando sea demasiado tarde.
Hay varias moralejas posibles. Una de ella es que la vida sólo cobra su sentido real cuando se acaba. Pero es demasiado dura, así que la soslayaré y me iré por las ramas, que no tengo humor para invitar a cenar esta noche a la señora Depresión.
El Sentido de la Vida
Los humanos tenemos una tendencia innata a buscar explicaciones a todo lo que nos pasa, lo que nos ha pasado y hasta lo que pensamos que nos puede pasar. Generalmente recurrimos a nuestra experiencia —un factor siempre sobrevalorado, como en el caso del ave de corral— y, cuando estamos más desatados, a mitos, creencias diversas, religiosidad popular, supersticiones varias y a los sentimientos más absurdos que nos llegan a dominar. Y, como el que busca encuentra, pues las encontramos. Son mentiras, pero no importa, porque lo importante es que las tengamos.
Cuando perdemos esas explicaciones, o no las encontramos, o no nos las creemos —que es aún peor— caemos en la neurastenia y nos sofocamos mucho porque hemos perdido el hilo conductor de nuestro sino: eso que los filósofos más profundos han dado en llamar, pomposamente, “el Sentido de la Vida”. Y cuando la vida carece del tal sentido, la cosa comienza a ir de mal en peor.
El primer problema, por lo que he podido deducir, es el de gestión de inputs. Cada día vemos, oímos, olfateamos, gustamos y tocamos, multitud de cosas. Sufrimos de un exceso de información. Y nuestro cerebro la almacena y la procesa como buenamente puede. Pero, dado que nuestra consciencia es muy  limitada, hemos de priorizar a qué prestamos atención y a qué no. Y ahí es donde, al parecer, la cagamos bastante a menudo. En vista de cómo funciona el mundo es fácil inferir que solemos estar excesivamente atentos a cosas que carecen de importancia y nos pasan desapercibidos datos básicos para nuestra supervivencia. 
El segundo es que cada cual tiene una especie de conciencia personal —incluso los que tienen el ego por los suelos— que le indica que él es el centro del Universo y que sólo pasa aquello que le afecta. 
La combinación de ambos problemas, algo harto frecuente, suele ser letal.
Un joven está enamorado. Locamente enamorado. Su cerebro, por tanto, ha dejado de actuar con un mínimo de coherencia y sólo ve, oye y siente la información que pasa por el tamiz de su amor. Ella lo mira y él entiende que su vida anterior sólo ha sido un prólogo; que cada paso dado, aunque él no lo supiera, estaba destinado a llegar a ella en el momento preciso y en el lugar adecuado. Repasan juntos su vida y llegan a la misma conclusión: era imposible que no se hubieran encontrado. Su amor es, por primera y única vez en la historia, fruto no del Azar, sino del Destino. 
Hasta un día, que llega antes a casa, se la encuentra en la cama con uno de sus amigos, o con dos, si lo queremos poner peor.
Y entonces recorre de nuevo la información a la que no había prestado atención previamente. Aquel día en que ella lo mandó dos veces seguidas a la cocina a por alguna cosa para quedarse a solas con el “otro”; una mirada que sorprendió una tarde entre ambos, o las palabras que le insinuó otro amigo —con el que él se puso hecho una furia, por cierto— y que le sugerían que pusiera cierta atención a lo que pasaba a su alrededor.
Y la vida cobra de nuevo sentido. Otro sentido, claro, pero no menos sentido que el anterior. El amigo insinuante es ahora un buen amigo, ella es una mala pécora, y él sabía, sí, lo sabía aunque se negaba a reconocerlo, que aquello iba a pasar. Y reescribe la historia, su historia, y los datos primordiales se convierten en secundarios y aquellos despreciados se elevan a la categoría de fundamentales. 
Después, es posible que se vuelva a enamorar, o que descubra un credo político, o que se haga vegetariano, o que se convierta al budismo, o que invierta en bolsa. 
No importa lo que haga. Volverá a las andadas. Es ley de vida. Si sale mal será culpa del otro, de los demás e incluso del mundo; si sale bien es porque es un genio con una visión diáfana. Hay gente que cree que los políticos actúan como actúan así porque sí; pero no, es que son como todos los demás mortales.
La serendipidad
En castellano no existe el concepto en el diccionario; los de la RAE a veces parecen cenutrios. Serendipidad es la castellanización del inglés serendipity. Su introducción en occidente data de 1754, cuando Horace Walpole lo divulgó en esa lengua a partir del cuento árabe Los tres príncipes de Serendip —la actual Sri Lanka—, unos tíos que resolvían problemas y enigmas en base a una gestión inteligente de lo que otros llamarían casualidades.
Pero la casualidad es un tema muy delicado; hay, incluso, quien defiende que ni existe. Decía el científico Louis Pasteur que el azar sólo favorece a las mentes preparadas, que tendemos a ver aquello para lo que estamos preparados: a lo largo de la historia, muchos hombres han visto caer manzanas, pero sólo uno, Isaac Newton, fue capaz de fijarse en ello, reflexionar, y poner, con su ley de la gravitación universal, los cimientos de la física moderna.
El azar está ahí, pero no solemos prestarle atención. Y no lo hacemos, cuentan, porque nuestro relato interno, nuestro sentido de la vida, hace que pasen desapercibidas informaciones importantes, sólo porque no coinciden con aquello que esperamos encontrar. Somos víctimas de nuestras previsiones.
El azar está ahí, y encima nos zarandea de vez en cuando. Pero no aprendemos y seguimos sin prestarle la debida atención. 
Cuenta Taleb que el mundo está dividido en dos regiones entre las que transitamos: Mediocristán y Extremistrán. En la primera, la predicibilidad es relativamente posible, no existen los sobresaltos, y los científicos sociales —por no hablar de economistas, políticos y tertulianos diversos— se dedican a suministrarnos nuestra dosis de tranquilidad cotidiana, interpretando los sucesos pasados como si hubieran sido el resultado de procesos coherentes y lógicos. 
En Mediocristán todo, desde una crisis económica a una guerra, desde encontrar el amor de nuestra vida a que nuestro equipo gane la liga, suele explicarse a posteriori en un ejercicio de narratividad en que cada detalle cuadra y nos muestra que era lo que tenía que pasar dadas las condiciones iniciales y el desarrollo del tema. Curiosamente, siguen habiendo crisis, guerras, desilusiones y partidos perdidos inexplicablemente, porque habíamos jugado mejor. Y nadie prevé las catástrofes futuras, aunque a toro pasado todos expliquen todo.
En Extremistán nada es predecible, la historia, como la evolución, va dando saltos y tumbos —aconsejo un regreso a la teoría del caos tal como la presenta el “efecto mariposa”— y no hay forma de entender nada realmente, dada la proliferación de sucesos infinitesimales.
Otro problema es que estamos firmemente convencidos de que vivimos, de forma exclusiva, en Mediocristán, aunque a veces seamos como el pavo de Acción de Gracias, articulando cada día nuestro discurso lógico y constatable sin saber que, realmente, vivimos también en Extremistán.
Nuestra orientación mental, mal que nos pese, nos hace interpretar la Realidad de una forma limitada, para que lo que nos rodea nos resulte no sólo comprensible, sino tranquilizador. Necesitamos una coherencia en nuestro discurso sobre el Sentido de la Vida. 
Pero no nos iría peor si, sin caer en ninguna paranoia, de vez en cuando nos planteáramos visiones un poco más creativas, rompedoras, y nuevas. La vida en Extremistán puede ser peligrosa, sobre todo si uno no está preparado para lo imprevisto. Porque, aunque la experiencia nos indique que todo sigue igual y que la vida es bella, nunca se sabe qué día será el miércoles previo a Acción de Gracias. Y a lo mejor es mañana.

sábado, 4 de septiembre de 2010

ANIMALARIO. 5. ERRORES Y RECTIFICACIONES: LA BISTON BETULARIA

Música para escuchar y prestar mucha, pero que mucha atención a la letra de los subtítulos. Son más de siete minutos, pero merece la pena si no se tiene prisa.


Melanismo industrial
“Melanismo industrial” es un concepto raro, pero interesante. Define un fenómeno que se da en algunos lepidópteros —mariposas— que consiste en un cambio de color en las alas en un porcentaje elevado de la población. Un ejemplo, de entre las más de doscientas especies en las que se ha observado este cambio de pigmentación, me ayudará a explicarlo: el de las mariposas de la especie biston betularia.
La mariposa del abedul, que es su nombre común, vuela de noche y descansa de día. Se posa, para hacerlo, en los troncos del abedul o de árboles cubiertos de líquenes grisáceos. Es una forma de camuflaje eficaz, ya que sus alas, de un gris claro, pasan desapercibidas, y así evita convertirse en el alimento de algunos pájaros.
Durante siglos fue así en toda Europa. Pero, al llegar la revolución industrial, pasó algo curioso: el hollín que se posaba en los árboles cercanos a las fábricas, produjo un aumento brutal de la variante de alas más oscuras, que los entomólogos calificaron como “carbonarias”. En los alrededores de Manchester, en 1898, ya eran casi negras el 99% de estas mariposas. ¿Qué había pasado?
Errores que ayudan a sobrevir
Los insectos, en general, tienen una capacidad de supervivencia a nivel de especies brutal. Y eso es porque cada vez que se reproducen , al hacerlo tan masivamente, se generan diversos “errores” genéticos en alguno de sus descendientes. 
Una mosca, por ejemplo, puede poner novecientos huevos de una tacada. La mayor parte de ellos serán réplicas casi perfectas de los genes previos  —fenotipo dominante— pero, entre tantos descendientes, algunos habrán salido con “taras” o “errores” en la transmisión genética —fenotipo recesivo—.
En circunstancias normales, esas larvas “erróneas” tendrán menos posibilidades de adaptación y morirán pronto, con lo cual no transmitirán ese “error” suyo a futuras generaciones. Ahora bien, si hay un cambio en el medio, lo que en principio era un defecto puede convertirse en una virtud, y serán las que acaben sobreviviendo e imponiéndose a las demás. Por ejemplo, mientras no hubo insecticidas, los insectos “normales” sobrevivían y los “erróneos” fenecían. Cuando aparecieron estos productos, algunas variantes genéticas tenían  cierta resistencia a ellos: fueron los poseedores de este gen mutado los que sobrevivieron y se reprodujeron masivamente, lo que obligó, en unos años, a cambiar de insecticida, porque el anterior carecía de efecto al atacar a una población genéticamente inmune.
El cambio en el paisaje ambiental fue lo que originó el cambio en la biston betularia. Siempre habían nacido mariposas de la variedad oscura, pero, como se destacaban mucho en los troncos de los abedules, los pájaros eran a las primeras que veían y a las que antes se comían. Ahora bien, cuando el hollín de las chimeneas de las fábricas comenzó a cambiar la apariencia del paisaje y los troncos se oscurecieron con la suciedad, fueron las “normales”, las portadoras del gen que las hace blancuzcas las que se destacaron y pasaron a ser la merienda de cantoras avecillas.
¿Necesitamos mimetizarnos? y de ser “sí” la respuesta ¿cómo?
No somos mariposas. Ni siquiera insectos. Así que no necesitamos de la genética para mutar nuestra apariencia y nuestras opciones de vida, aunque sea de forma limitada. Los soldados se camuflan gracias a sus uniformes de combate; cualquier persona se mimetiza con un nuevo ambiente o situación social gracias a la capacidad de adaptación y, en ocasiones, a ciertas dosis de hipocresía o disimulo bien administradas. Todos podemos cambiar y, de hecho, cambiamos con las circunstancias. Pero solemos hacerlo muy lentamente, como el envejecer.
Hay ocasiones, sin embargo, en que no sólo podemos cambiar: DEBEMOS cambiar. Y hacerlo rápidamente, muy rápidamente
Cuando el contexto, el ambiente o como queramos llamar a lo que resulta de los cambios sociales, varía bruscamente, las posibilidades de supervivencia lo hacen también y al mismo ritmo. Y aquellas actitudes y actividades que antes nos permitían sobrevivir más o menos plácidamente ahora pueden, como el color blancuzco de las alas de la biston betularia, resultarnos letales. Y al contrario, aquellas opciones que antes resultaban marginadas o negativas, ahora pueden ayudarnos a situarnos mejor.
Estoy hablando, por supuesto, de las crisis. Del concepto de “crisis” en general y de  cualquier crisis que podamos padecer, a nivel social y a nivel particular. Dicen, y es cierto, que donde unos ven un problema otros ven una oportunidad. Que lo que perjudica a unos beneficia a otros. Que depende si eres de los que te camuflas y formas parte del paisaje o de los que destacas.
Así que una crisis puede interpretarse, además de como un cambio brusco en el contexto, como una especie de melanismo social, un cambio de coloración del mundo laboral, social, económico, político,  emocional o cualquier otro, que hace que ciertos individuos se destaquen ahora más que los demás —a veces la mayor parte de la población— y acaben sirviendo de cena a los depredadores.
La naturaleza es dura. La vida social, a pesar de la amortiguación del estado de bienestar y de la fortaleza de la familia, puede serlo también, y mucho. 
Cada crisis genera víctimas, o al menos "daños colaterales"; no caen los peores, ni mucho menos. No pringan los culpables; ni siquiera los que la han provocado. Los caídos forman parte del ejército de los nuevos inadaptados, y todos podemos ser clase de tropa, de una manera u otra. No es justo, pero es real. El mundo siempre está cambiando, pero, a veces, el cambio es demasiado rápido y profundo, y no todos tienen la visión,  la facilidad o el empuje para cambiar y mimetizarse a tiempo, o para cambiar de bando.


"Todos los días haz algo a lo que temas. Canta"
Me hago mayor, y eso significa que pierdo reflejos, visión, capacidad de transformación. Estoy atento a los cambios, pero muchos de ellos son, como el fin de la burbuja inmobiliaria y financiera que nos afecta, impredecibles e inimaginables sólo un poco antes incluso para los “entendidos”. 
Me gustaría ser capaz de rectificar cuando haga falta, de reaccionar a tiempo frente a la adversidad. En cambio, me veo anquilosado, adorando supuestas virtudes que quizás hayan dejado de serlo en este nuevo mundo, luchando por costumbre contra supuestos errores que quizás ahora podrían salvarme. Hecho un lío, vaya. Sé que debo cambiar, pero no se qué, y muchos menos cómo.
Posiblemente no se trate ya tanto de buscar como de encontrar, de recordar como de descubrir. De reinventarme como buenamente pueda.
Ahora recuerdo fragmentos de la letra del vídeo que recomendaba ver al principio: “No te preocupes por el futuro, o preocúpate sabiendo que preocuparse es tan efectivo como tratar de resolver una ecuación de álgebra masticando chicle” (...) “Todos los días haz algo a lo que temas. Canta”. Son buenos consejos, para empezar, aunque los consejos también salen malparados en la canción.
Observo de nuevo las imágenes de la biston betularia. Hoy no he hecho nada a lo que temiera; y tampoco he cantado. Vamos mal. Me parece que pronto me iré a dormir.