miércoles, 20 de noviembre de 2019

7 . Los prohombres incumplen su palabra

A la mañana siguiente Tahar se dirigió al Concejo. Encontró allí a los dirigentes de Doeor agradecidos, pero no emocionados. Ellos, igual que el pueblo llano, habían esperado una lucha fiera, un final sangriento, una mano vengadora o, en su defecto, una muerte digna, aunque no por ello menos estúpida. Pero no un hombre que vencía a la bestia interpretando sabe Dios qué canción con sabe quién qué instrumento. 
Cuando reclamó su premio, los prohombres sometieron a votación la decisión final, y todos estuvieron de acuerdo en que el premio estipulado había sido excesivo, fruto de un miedo irracional que les había hecho perder la cabeza momentáneamente. Le dijeron que debería conformarse con una décima parte, lo que, de todas formas, no dejaba de ser más de lo que él podría ganar honradamente durante toda una vida fabricando instrumentos, y por lo que, visto lo acontecido, no había tenido que esforzarse gran cosa. 
Tahar argumentó que una promesa no ha de someterse a votación y mucho menos dejar de cumplirse, pero cuando vio los rostros de sus conciudadanos y oyó el coro de voces de protesta, se conformó. Reclamó entonces lo que más le importaba: la mano de Lorien. Pero esta vez fue su padre, el burgomaestre, el que se negó de plano a concedérsela. Es cierto que ahora era un hombre rico —reconoció—, pero tenía otros planes para el futuro de su hija y de su propia casa. Un momento del locura, reiteró también.


Y así acabaron, al tiempo, el terror de la ciudad y las ilusiones de los dos enamorados. 
Lorien lo miró, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero nada dijo. 
Quien sí habló fue él:
—Es cierto, a veces los hombres pierden momentáneamente la razón y dicen y hacen cosas de las que luego se arrepienten. Soy comprensivo y, si algo no deseo, es disgustarme con ninguno de vosotros; y, mirando al burgomaestre, añadió: y aún menos con quien algún día me unirá el parentesco. Así que me resigno por el momento, hago un esfuerzo para entender vuestra insensatez actual y os doy, para que meditéis sobre vuestra nueva opinión, todo un año. Entonces volveré para reclamar lo que es legítimamente mío. 
Todos pensaron que estaba loco, pero tenían ganas de volver a sus hogares y a sus negocios, así que nadie discutió con él ni argumentó en su contra. 
Tahar recibió el dinero y siguió habitando la misma casa y trabajando en el mismo taller. Las barcazas volvieron a traer y llevar del puerto multitud de bienes, enseres y personas; los carros con mercancías llenaron de nuevo los caminos y la populosa ciudad recobró su ritmo. 

Ese invierno fue frío, y dado que, por culpa del maldito dragón —ojalá estuviera muerto, se repetían todos a cada instante— se habían perdido ganado, cosechas y propiedades, todos se afanaron en sus quehaceres,  intentando mediante el trabajo y el comercio olvidar el incidente y rehacer sus economías, cuando no sus hogares, ya que aquella bestia también había acabado con la vida de parientes y amigos. 

domingo, 17 de noviembre de 2019

6. El luthier desea probar fortuna.

Fue entonces cuando, un frío día de noviembre, ante el desesperado Pleno del Concejo de Doeor que se celebraba en la plaza, se presentó Tahar. 
A muchos les resultaba conocido, pero pocos lo recordaban con detalle. Era una época difícil y nadie tenía tiempo para preocuparse de las andanzas de un luthier que gastaba su vida buscando maderas en el bosque y ganaba su dinero fabricando instrumentos —por bien que sonaran—. 
Todos oyeron su ofrecimiento de salir a combatir al dragón y, aunque muchos sonrieron con condescendencia y nadie le concedió el más mínimo crédito, le aseguraron que, de lograrlo, el premio sería suyo. 

Suponiendo que no había nada que perder, a la mañana siguiente abrieron los portones de la ciudad y lo dejaron ir mirándolo como se observa un barco navegando a la deriva: sin armadura, sin espada ni lanza, sin un hacha o un simple cuchillo; únicamente con un laúd colgado a la espalda.
Cuando atravesó el puente levadizo la multitud ya estaba apiñada en las almenas: en medio de las miserias que los afligían no era de desdeñar el terrible espectáculo de ver morir a un loco a manos de un dragón. 
Tahar se dirigió al monstruo con tranquilidad, se sentó sobre una gran piedra que había junto al camino, observó cómo aquel cuervo negro que tanto lo frecuentaba picoteaba un campo contiguo sin miedo a interrupciones, terminó de afinar el instrumento y esperó a que el monstruo se acercara a la distancia adecuada. Cuando el dragón, hambriento, se aproximó solícito para comérselo, él comenzó a tocar y éste, poco a poco, se fue quedando dormido: cesaron así las llamas que arrojaba su boca, callaron sus terroríficos rugidos y, casi con solemnidad, se tumbó en el suelo a descansar apaciblemente. Y se durmió con un sueño tan profundo como no había hecho nunca.
Desde las murallas nadie entendía nada. Estaban al tiempo alborozados —el dragón ya no parecía peligroso—, decepcionados —esperaban ver la sangre de aquel imbécil— y preocupados —había mucho dinero en juego… y la hermosa muchacha.
A esa distancia el sonido del laúd no se escuchaba y lo que vieron los dejó atónitos. Si hubieran podido oír algo, si el viento hubiera llevado sólo uno o dos acordes hasta ellos, les hubiera resultado fácil saber qué pasaba, pero, así, todos pensaron que había sido una simple casualidad. 
Todos menos Lorien, cuyo corazón latía en silencio esperando su vuelta. Todos, incluso su padre, que ya se lamentaba de la promesa y el ofrecimiento que había mantenido hasta entonces. 
Esa tarde, los pocos guerreros que quedaban en la ciudad, al principio temerosos por si despertaba sobresaltado, luego envalentonados al ver que dormía tan profundamente, se afanaron inútilmente en matar al prodigioso animal: sus escamas formaban una cota de malla que ningún arma podía atravesar. Tras casi todo un día de vanos intentos, después de reunirse el Concejo y con ayuda de todos los artesanos disponibles, optaron por montar unos andamios con grúas, construyeron una plataforma con ruedas, lo subieron, lo ataron a ella y lo transportaron, entre clamores y vítores, a una de las enormes mazmorras de Doeor. Allí lo cubrieron de cadenas y encerraron tras unas enormes puertas de hierro repletas de candados que todos los herreros de la ciudad se habían afanado en fabricar para que todos pudieran descansar tranquilos.

Esa noche, la ciudad, tras mucho tiempo, durmió. Aunque no todos lo hicieron tranquilos.

sábado, 16 de noviembre de 2019

5 . La llegada del dragón

En la ciudad nadie creía, tampoco, en dragones. Los artesanos y los comerciantes tenían otros quehaceres más importantes que ocuparse de viejas supersticiones y leyendas, así que cuando llegaron las noticias de boca de algunos caminantes nadie les prestó crédito. 
Cuando, unas semanas más tarde, las barcazas dejaron de llegar a los muelles del río y por los caminos ya no aparecía nadie, cundió la alarma y la ciudad comenzó a tomarse la noticia en serio. Se enviaron emisarios y exploradores, pero ninguno volvió, de forma que pronto Doeor estaba totalmente preocupada y su desconsuelo creció cuando una noche sin luna, en medio de la oscuridad, vieron el resplandor de las llamas que salían de su boca y oyeron sus terribles rugidos. 
Unos días más tarde los campesinos de los alrededores ya se habían refugiado tras las murallas de la ciudad, el dragón había acabado con el ganado y el grano que había quedado fuera, y los habitantes decidieron poner fin al acoso. 
Sobre las murallas colocaron bombardas y ligeros cañones y artilleros y arcabuceros se pusieron a trabajar cargando y disparando sus armas hasta que la pólvora empezó a escasear. Pero pocos disparos acertaban, y los que alcanzaban el cuerpo del monstruo apenas desprendían alguna escama o le hacían unos rasguños en su piel. 
Pronto los más aguerridos salieron, armados, a combatirlo. 
Desde las murallas, sus conciudadanos vieron cómo el dragón los destrozaba casi sin darles importancia. Así que pronto nadie osó ya salir a enfrentársele, y nobles y burgueses tuvieron que reunirse y decidirse a ofrecer una importante suma a quien acabara con él. Dado que el que lo consiguiera sería el hombre más rico de Doeor, los más ambiciosos se arriesgaron: primero de uno en uno; luego, más conscientes del peligro, unidos en grupo con la promesa de repartir el premio entre los que sobrevivieran. 
Todo fue en vano. 
El otoño era inusualmente frío, la ciudad estaba sitiada y aislada, la comida comenzaba a escasear y el dragón se acercaba cada vez más a las puertas, que amenazaban con no resistir a sus embates. 
La última oferta fue la gran suma doblada y la mano de la hija del burgomaestre, una muchacha hermosa a quien casi nadie le había visto el rostro, generalmente oculto tras un velo, y de quien se decía que cantaba maravillosamente. 

Pero los pocos guerreros que quedaban estaban orientados a sobrevivir como fuera y no tenían ningunas ganas de arriesgarse ni por un dinero que posiblemente no podrían disfrutar ni por la belleza y los encantos musicales de una dama que los tenía sin cuidado. 

domingo, 10 de noviembre de 2019

4. La zanfona y el laúd.

Tahar cortó la gruesa rama, dejó secar la madera y, mucho tiempo después, cuando acababa su trabajo cotidiano, se sentaba junto al fuego y lentamente iba terminando la zanfona cuyo sonido había soñado. Cuando la terminó regresó al bosque, se dirigió al claro donde vivía Taldrín y comenzó a tocar una canción que nunca nadie, ni él mismo, había escuchado. Los primeros compases fueron como un viento más que corría entre las ramas de los árboles; los sigientes, como los vendavales que arrastran las hojas y, los finales, como los susurros que pasan por debajo de las puertas de las habitaciones de los niños. Cuando Taldrín lo oyó lo felicitó, reconoció que nunca había oído zanfona igual y le previno de un peligro del que ahora tomaba conciencia: mágica debía de ser la rama en que se posó el pájaro del Hada de los Ojos de Oro, porque detectó —y en eso nunca se equivocaba— que ese sonido, además de ser bellísimo, tenía una característica que lo hacía peligroso: sería capaz de despertar de su sueño a cualquier dragón, aunque, hacía tanto que había desaparecido el último de aquellas tierras, que no debería darle más importancia. 
De todas formas, añadió casi con un susurro, sería mejor que te la guardara alguien del bosque. En las ciudades a veces suceden accidentes. 
Recordó entonces Tahar que le había contado, en una ocasión, que el Príncipe de los Gnomos era un gran aficionado a tocar este instrumento, pero que una antigua costumbre le prohibía fabricar una y ni siquiera poseer una, así que sus súbditos no podían disfrutar de sus conocimientos y habilidades en las reuniones de las largas noches invernales. 
Y así fue como el luthier le propuso a su amigo el gnomo que fuera su Príncipe el que la guardara. Se cumplía así con la tradición, ya que la zanfona la había construido él y seguía siendo suya, y los gnomos podrían escuchar interpretar a su Príncipe las melodías más antiguas y más hermosas. 
El Príncipe se emocionó, puso como condición que en el momento que la necesitara se la reclamara, y la hizo sonar de una forma tal que Tahar jamás se hubiera atrevido imaginar. Un amanecer, como prueba de agradecimiento, incluso tocó sólo para él entre los árboles del bosque, ya que sus súbditos dormían a esas horas y Tahar era, como cualquier humano, demasiado grande para ser invitado a sus hogares. Y de esta manera ese fue el primero de los inviernos en que aquellos pequeños seres que cuidan del bosque, gracias a Tahar, experimentaron una nueva forma de felicidad. 
Cuando llegó la siguiente primavera el muchacho volvió al bosque muchas tardes claras. Nadie en Doeor lo echaba de menos, porque conocían su afición a buscar maderas extrañas y, como sus relaciones con sus convecinos eran amables, pero estrictamente formales y restringidas, a nadie tenía que dar explicaciones. 
Durante mucho tiempo esperó en la soledad a que apareciera la bella muchacha del cuadro, y mientras esperaba, sin ruidos molestos ni conversaciones alrededor, fue aprendiendo sonidos nuevos, distinguiendo timbres, analizando armonías. 
Una de esas tardes, cuando estaba apunto de marcharse, el cuervo negro y con reflejos azules apareció de nuevo en el cielo y comenzó a girar sobre su cabeza, como invitándolo a seguir esperando; así lo hizo y pronto vio acercarse a su amada, acompañada de su aya y su cochero. Observó cómo se descalzaba, cómo bañaba sus pies en el arroyo, cómo se soltaba el cabello, cómo comenzaba a cantar. 
Supo entonces que era cierto lo que le había contado el pintor, y que ningún sonido salido de ningún instrumento que él construyera podría acercarse a esa belleza. Incapaz de acercarse, de dirigirle la palabra por miedo a asustarla y no poder volver a verla, se limitó a escuchar y a pensar qué sonidos podrían acompañar, aunque fuera pobremente, a esa voz. 
Fue Taldrín, que se había colocado en silencio a su lado, el que, como si hubiera leído su pensamiento, dijo:
— Sólo un laúd extraordinario podría acompañar esas canciones. 
Y una voz, un poco más allá, añadió:
— Yo no sabría construir ese laúd, pero conozco el lugar donde encontrar la madera para hacer su caja, y para su mástil puedes utilizar una rama de mi propia casa. 
El que había hablado era el Príncipe de los Gnomos que, tras acompañarlo hasta un viejo tronco caído, le sugirió: 
— Corta ese trozo de ahí; parece nudoso y duro y quizá demasiado seco, pero es al tiempo tierno y blando, ya que durante años apoyaba en él la cabeza para descansar Zaín, el Príncipe de los Elfos de Cabellos Verdes. 
Tahar lo hizo con cuidado y volvió a Doeor. Allí nadie ya creía en hadas, ni en gnomos, ni en elfos, así que se cuidó mucho de contar a nadie nada de lo que le había sucedido y trabajó, cada noche durante todo el verano, en la construcción del laúd. Cuando refrescaba a la puesta del sol y aparecían la Luna y las estrellas Tahar cerraba su taller, atrancaba los postigos de las ventanas y aseguraba la puerta, subía a su habitación y allí, con un cariño infinito, iba modelando cada pieza, ensamblándolas unas con otras, ajustando las clavijas, tensando las cuerdas, afinando los sonidos. 
Cuando el otoño regresó a acariciar la vida y las hayas y los abedules volvieron a dorarse, Tahar regresó al bosque, llamó a Taldrín y le mostró su nuevo instrumento. Vinieron pronto el Príncipe de los Gnomos y otros amigos, y cuando se puso a tañerlo, se peercató de que de nuevo sonaba una música que él no había escuchado antes, y parecía que, más que tocarlo él, era como si las diferentes maderas del laúd fueran las que cantaran y sonaba como el agua de las cascadas saltando de piedra en piedra, como la lluvia golpeando en las hojas, las abejas de cada verano ronroneándoles a las flores, el trino de diferentes pájaros y las voces de todas las criaturas que se fueron pero no lo hicieron definitivamente.
— Hermosos sonidos, dijo Taldrín, y extraños, porque, por una curiosa coincidencia, este instrumento complementa al otro. Si la zanfona servía para despertar dragones este laúd sirve para dormirlos, así que deberías quedártelo y no venderlo ni deshacerte de él jamás.
— No lo he construido sino para mí, Taldrín. ¿Cómo, si no, agradecer al Príncipe que me señalara la madera apropiada? 
Todos estuvieron de acuerdo en que Tahar era un joven de corazón honesto, al que era agradable ayudar, y lo dejaron solo porque, con la llegada del tiempo fresco después de los rigores del verano, la hija del contramaestre volvía a cantar sus canciones al claro del bosque acompañada, como siempre, de su cochero y su aya. 
De nuevo se repitió el ritual, al menos en parte: se sentó junto al arroyo y se descalzó, pero esta vez se cuidó mucho de mojarse los pies, porque el agua era fría y el viento fresco. Pasaba el tiempo y ella miraba al cielo, escrutaba las nubes, pero no emitía sonido alguno, ni palabras siquiera. El músico estaba intranquilo, esperando las canciones, pero ese día no llegaron. Cuando llegó a casa, su tristeza se tornó descanso: una cuerda estaba a punto de romperse y no se había dado cuenta. 
Unos días después volvió a la espera y esta vez sí, ella cantó. Y cuando Tahar, tras escuchar un rato, sintió que llevaba el ritmo del agua y del viento, comenzó a tañer desde la espesura los acordes que le dictaba su corazón, y de momento todo en el bosque enmudeció, y se oyó sólo aquella canción que hablaba de amor, de esperanza, de la alegría de las pequeñas cosas, de los recuerdos de la infancia, de las ilusiones olvidadas. Hasta Taldrín y los demás gnomos lloraban de felicidad, y cuando terminó, todo el bosque siguió en silencio todavía un rato, sin atreverse a moverse ni una brizna de hierba, ni a comer las ardillas, ni a cantar los pájaros, ni a seguir su curso el agua. 
Tarde tras tarde se repitió el dúo, siempre distinto, siempre igual de maravilloso, hasta que, por fin, el ama y el cochero juraron guardar silencio tras oír cosas tan extraordinarias, la joven se acercó a la espesura, y el luthier la miró a los ojos por primera vez.
       —Mi nombre es Tahar, se presentó él con sencillez.
— Me llamo Lorien, contestó ella. 

Fue todo lo que se dijeron ese primer día. Y no necesitaron más palabras para saber que se habían amado incluso desde antes de conocerse y que siempre se amarían. 

lunes, 4 de noviembre de 2019

3. Las razones del viaje

Vivía antes Tahar en una floreciente ciudad, y había aprendido el oficio con un gran maestro que, al morir sin hijos, le había dejado en herencia el taller, por lo que tenía su porvenir asegurado y solía conseguir casi todo lo que deseaba. 
Fue aquella una época feliz, pero un día llegó un pintor, lo visitó porque necesitaba hacer unos bocetos, se tomaron afecto e incluso una noche, como prueba de su amistad, le regaló una flauta preciosa. Solían cenar juntos y se quedaban hablando muchas noches, a veces hasta el alba. En uno de esos amaneceres, al hilo de una conversación sobre música, el pintor le habló de una maravillosa muchacha que tenía una voz con la que ningún instrumento fabricado por la mano del hombre podría competir. Pero —añadió quedamente— se guardaba mucho de cantar, ya que era muy reservada, y eran contadas las personas que la habían oído, aunque todas estaban de acuerdo en que era lo más hermoso que podía oírse. Su elevada posición social, al ser la heredera del burgomaestre de la ciudad, la hacía aún más inaccesible, pero él había logrado permiso para retratarla y había de reconocer que su rostro era merecedor de una voz como la que poseía. Tahar lo escuchó con atención pero, además de no creérselo del todo, no le dio más importancia que a las demás historias con que solían entretenerse. 
Mas una tarde de invierno el pintor vino a despedirse: había finalizado su encargo y debía partir de aquella ciudad, a la que quizá nunca volvería. Y antes de marcharse quería obsequiarlo también con algo como prueba de agradecimiento y de amistad: así que de una bolsa de cuero sacó un pequeño paquete cubierto con un fino lienzo, lo puso sobre la mesa, trajo cuantas velas encontró, las encendió todas, desdobló la tela y apareció entonces una miniatura pintada sobre madera: era el rostro de una joven que miraba sonriente y, en cuanto la vio, Tahar supo que sería el amor de su vida. 
Ese fue el regalo del pintor, y desde su marcha la vida del luthier no tuvo paz: vivía desasosegado, no dormía bien, apenas probaba bocado, no disfrutaba con sus amigos, andaba siempre intranquilo y sus instrumentos empezaron a tener un timbre que cautivaba a la gente pero que sumía en una profunda tristeza a los que los escuchaban. 
Así que un día cerró su taller, empaquetó sus herramientas, subió a su carro y, tras muchas semanas de viaje, llegó a la ciudad donde ahora estaba, que era el lugar donde ella vivía. Antes de cruzar su puerta, cuando salía del bosque cercano, se percató de la presencia de un gran cuervo y, ahora que lo pensaba, tuvo la vaga sensación de haberlo visto en varias ocasiones a lo largo del viaje; pero no le dio más importancia.
Pasó allí algunos años: sólo en dos ocasiones vio el rostro de la mujer que amaba y nunca la oyó cantar. Sabía que no podía aspirar a ella por pertenecer él a un estamento inferior, pero le bastaba tenerla cerca para ser feliz, de forma que, desde su llegada, sus instrumentos comenzaron a hacerse famosos en todas las fiestas porque tenían ahora un sonido alegre que impregnaba el aire de felicidad y provocaba risas contagiosas. 
Taldrín escuchó atento su historia y, cuando hubo terminado su relato, le dijo:
— Te he dicho que no podía darte nada y no te mentía, porque creía que eras de los que desean riquezas materiales. Pero ahora, tras escucharte, creo tengo dos regalos para ti: Son sólo indicaciones mas, si sabes aprovecharlas, quizá te sean de ayuda. Y le contó que el árbol junto al que vivía tenía una rama donde se había posado el pájaro del Hada de los Ojos Dorados lo que sin duda la convertía en la mejor madera para fabricar cualquier instrumento que deseara, dado que ese pájaro vuela siempre y no se apoya nunca salvo en el hombro de su dueña; después lo acompañó a un claro cercano, le señaló un lugar sombreado al lado del arroyo y le informó de que era el lugar donde venía, algunas tardes claras de primavera y otoño, la hija del burgomaestre, que solía cantar acompañada de pájaros y vientos. 

domingo, 22 de noviembre de 2015

TAHAR, EL LUTHIER. Capítulos 1 y 2

TAHAR, EL LUTHIER.
1. En la ciudad de Doeor.
En la ciudad de Doeor, en el barrio de los artesanos, cerca del puerto del río en el que se agolpaban cada día los mercaderes, tenía su casa Tahar, el luthier. Era un hombre sencillo, dedicado a su oficio, del que no se conocían ni aficiones ni pasado. Joven y fuerte, aunque un poco delgado, tenía los ojos oscuros y el largo cabello lacio y negro.
Había llegado hacía unos años, había pedido permiso para instalarse con su negocio y, como no había ningún fabricante de instrumentos musicales en muchas leguas a la redonda y demostró tener el dinero suficiente para empezar con buen pie, nadie puso objeciones. Pronto al puerto llegaron baúles cargados con extrañas herramientas, algunas parecidas a los de los carpinteros, y con cosas extrañas que los habitantes del barrio nunca habían visto.
El joven había empezado a trabajar pronto y se había convertido en una atracción que desapareció a medida que la gente, sobre todo las mujeres y los niños, pero también otros artesanos que temían cierta competencia, se fueron habituando a su presencia.
En invierno se le veía pulir la madera en su taller a través de los amplios ventanales, y en verano no era infrecuente  que saliera a sentarse a la calle a realizar algunas tareas. 
Se llevaba bien con todo el mundo, pero era reservado; asistía a los oficios religiosos y colaboraba en las celebraciones, pero se retiraba pronto a descansar y no participaba en juegos. 
Los carpinteros y ebanistas, sobre todo los que fabricaban los muebles de lujo para los nobles que habían venido a instalarse a sus palacios urbanos y los ricos comerciantes, lo apreciaban: les compraba a veces maderas caras, les enseñó cómo trabajar para lograr formas extrañas y les mostró herramientas desconocidas para ellos.
Sus mejores maderas, sin embargo, no las conseguía en la ciudad: algunas venían de países lejanos y tenían colores extraños, otras las iba a buscar él directamente a un bosque cercano, que los habitantes de la ciudad solían evitar debido a antiguas leyendas.
Sus instrumentos tampoco los vendía a sus ciudadanos, aunque a veces realizara encargos para contentar a algún músico local; de vez en cuando alguien iba expresamente a su taller, compraba algunos y se marchaba después; otras veces era él el que iba al puerto y enviaba cajas a lugares no menos extraños y lejanos que aquellos de donde provenían ciertas maderas y otros elementos.
Una mañana, Tahar, como era su costumbre, tomó su cesto de herramientas, se puso su sombrero de ala ancha y sus botas de caña alta, se cubrió con su larga capa y marchó al bosque. 

2. De lo que sucedió en el  bosque.
Tahar vagó y vagó. Observaba los árboles; sus ramas, sus hojas, sus raíces. Paraba aquí y allá e iba tomando nota de cada lugar al que debería volver el otoño siguiente o dentro de veinte años. Caminó hasta que el sol estuvo alto y entonces llegó al tronco caído que buscaba, se acuclilló, fue palpando con suavidad la corteza, descubriendo los nudos, tomó una curiosa herramienta y, cuando iba a comenzar a extraer un trozo de madera, oyó un graznido en el aire y un carraspeo a sus espaldas.
Sobre la rama de un frondoso roble vio a un cuervo observarlo y al girarse vio a un gnomo diminuto, vestido de verde y con un gracioso gorro; era delgado, tenía la nariz afilada, la mirada profunda y una preciosa voz apenas audible; así que se agacho y oyó que le decía:
—Me llamo Taldrín, y tengo ahí mi casa. Vivía ya en ese tronco cuando el árbol aún era joven y, aunque no es hermosa, la he ido haciendo cómoda y confortable con los años, y los animales que son amigos míos lo conocen como mi residencia y a ella acuden cuando lo necesitan, de forma que ahora me costaría mucho irme a vivir a otro lugar. No tengo poder para amenazarte, ni nada que ofrecerte a cambio. Pero te pido, por favor, que la respetes. Nadie, salvo tú, había venido aquí, y dudo mucho que nadie vuelva a pisar este claro del bosque en muchos años, así que si tú me haces ese favor podré seguir viviendo feliz. Y el cuervo volvió a graznar desde el roble.
Tahar se quedó mirando el tronco. Había esperado dos años para que estuviera a punto de cortarse y aún debería esperar a que el trozo de madera, una vez cortado, terminara de secar en su taller. Pensaba hacer de él ciertas partes de una zanfona, y era tal la calidad del árbol, que sabía que sería la mejor zanfona que jamás haría y había soñado ya con su sonido.
Pero entendió que un hogar tenía sonidos más ricos para el corazón del que lo habita que cualquier instrumento, y, aún a su pesar, accedió a la petición de Taldrín.
Cuando ya se marchaba, Taldrín le preguntó:
— Dime antes de marcharte, por favor, ¿quién eres y para qué querías un trozo de mi tronco? Soy curioso, hace años que no veo a un hombre y me gustaría saber a quién he de agradecer su buena acción.
— Soy Tahar, que en la lengua del donde vengo significa “el que acaricia al lagarto”, y mi oficio es el de luthier. Construyo los instrumentos que suenan en las mejores cortes y de ahí pensaba sacar las piezas que me faltan para la zanfona con el sonido más dulce y más puro que se ha conocido jamás.
— Has de ser rico entonces, contestó Taldrín. ¿Por qué vives en una ciudad retirada, lejos de los grandes y la riqueza?

Y entonces Tahar le contó las razones de su viaje, y el secreto que había anhelado saber la gente lo supo el gnomo.


jueves, 19 de noviembre de 2015

Cuentos de hace años. 1 El lagarto, el niño, el roble y el cuervo.

Lo tengo anotado. Escribí este cuento los días 5 y 6 de febrero de 1991, con mi esposa embarazada ya de nuestro primer hijo, Guillermo.

Había una vez, en un país y un tiempo demasiado lejanos como para poder llegar a ellos si no es a través de los recuerdos que nunca supimos cómo nos llegaron, ni por qué persisten, ni cuándo nos abandonarán, un paisaje y un cielo de primavera, y bajo la luz de ese cielo, un roble, y bajo su sombra, un niño, y bajo la mirada de ese niño, un lagarto con la piel más hermosa que se haya visto, una piel que contenía todos los colores de todos las pieles de todos los lagartos que han existido y existirán; y en cada color se reflejaba el firmamento. 
El lagarto, de soslayo, observaba al niño. 
Aquel niño —presentía el lagarto—  no era como los demás niños; si no, ¿cómo habría podido sorprenderlo y acercársele tanto que podía sentir su mirada recorriendo su piel? El lagarto respiraba mientras se tensaba y se tensaba, presto para la huida. Pero, ¿por qué no huía? Era robusto, rápido; antes de que el niño hubiera llegado a abrir de nuevo los ojos tras un parpadeo él hubiera podido estar lejos, oculto de su mirada entre la hierba o bajo o una piedra: pero no se movía. 
Y entonces el lagarto, sorprendido, comenzó a descubrir en su interior algo que no sabía que existía, un deseo completamente nuevo, sensaciones para las que no tenía experiencias. Lo que el lagarto deseaba, primero casi con vergüenza y luego con horror, es que el niño lo tomara en su mano. Por eso respiraba y respiraba, y estaba tenso, y se debatía porque una parte de sí —muy profunda — le decía: ¡Huye ..., huye ..., huye ...!, y otra, más profunda aún si cabe —y él nunca había sabido de la existencia de tales profundidades en su interior— le aconsejaba: ¡Quédate ..., quédate ..., quédate ... !.
El niño, fijamente, miraba al lagarto. Nunca lo había visto en aquel campo; recordó cada día, cada carrera, cada rato tumbado en la hierba ... pero —estaba seguro— nunca antes lo había visto. Porque, si lo hubiera visto antes, ¿cómo habría podido olvidarlo? ¿cómo seguir viviendo tranquilo, sin salir cada mañana, cada tarde, en su busca, para contemplarlo de nuevo?
Aquellos colores, tocados a veces por los rayos de sol que filtraban las ramas de aquel roble, reflejaban la vida y la muerte, el cielo y el infierno, el más allá y el más acá, lo primero y lo último. El niño no sabía de todo esto, pero sabía de algo en su interior que iba más lejos, que contenía todo lo anterior mezclado con cosas que ni siquiera  pueden nombrarse.
Así que el niño miraba al lagarto completamente absorto,   hipnotizado, y notaba algo extraño entre su pecho y su estómago: deseo y miedo mezclados en una proporción desconocida, y su vida iba de uno a otro, intermitentemente, como irían los péndulos de los relojes de épocas venideras, como se contraía y expandía el Universo desde el principio de los tiempos,  como su respiración, que ahora se había sincronizado con la del lagarto: buum, bum, buum, buum; deseo, terror; deseo, terror. Deseo. Terror. 
El niño sabía que bastaría un simple movimiento, un sonido apenas perceptible, para que el lagarto corriera a esconderse; pero no se movía ni hacía ruido. Y ¿por qué? Había descubierto dentro de sí el deseo de tomarlo en su mano. Y una parte de sí le decía: ¡ Hazlo ..., hazlo ..., hazlo .... ! y otra le aconsejaba: ¡ No lo hagas ..., no lo hagas ..., no lo hagas ...!.
Claro que todos lo niños sienten esas dos frases una y otra vez a lo largo de su vida, a veces varias veces en un sólo día, como cuando entran a la despensa y ven los tarros de las mermeladas, o bajan al estanque y sienten que su madre no lleva razón al prohibirles que se bañen a esa hora con los patos, o desean tomar los pájaros pequeños de un nido en primavera.  Pero es que ahora esas voces internas tenían otro sonido, no eran las voces conocidas del abuelo, de la madre o de la conciencia: eran dos voces más lejanas, ancestrales, extraordinarias, profundas. Y, como era normal, no sabía a cuál obedecer.
Así que el niño estaba fijo en el lagarto, y la mano en el aire, y la respiración acompasada,  y todo su cuerpo en tensión, como si la existencia dependiera de un instante.
El roble sentía el sol sobre su copa, y la brisa que rozaba sus ramas, y los cientos de insectos que recorrían su tronco o volaban entre sus hojas ronroneando, y la savia que ascendía de sus raíces, y la tierra húmeda al tiempo que los primeros cantos de las cigarras y los pájaros. Pero todo esto, que cualquier otro día hubiera hecho su deleite, hoy apenas le importaba ... tenía centrada su atención en el lagarto y en el niño.
Y estaba al tiempo extasiado, aturdido y asustado. 
(Esto, claro está, no lo pensaban ninguno de los tres. Los lagartos, como todos sabemos, no disponen de palabras, y los árboles, si vamos a ello, ni siquiera tienen la capacidad de emitir sonidos; en cuanto a los niños ... ¿qué decir de los niños? Es cierto que hablan, pero no nos engañemos, sólo como última alternativa cuando entenderse con los mayores es imposible por medios más sutiles y complejos. Así que el roble, el lagarto y el niño, hacían otra cosa que pensar en el sentido en que entendemos los adultos qué es pensar: sentían como sólo los árboles, los lagartos y los niños saben y pueden sentir, y si aquí está en palabras es únicamente para que los mayores, aún perdiendo la parte más emocionante de la acción, podamos entender un poco lo que pasaba).

De pronto el cielo se cubrió de nubes negras. Aquel roble sabía que ese niño no era un niño corriente, aunque fuera hijo de un campesino; llevaba dentro de sí toda la sabiduría de los grandes brujos, todo el poder del bien y del mal; ese niño podía cambiar lo alto en bajo y lo bajo en alto, viajar sin moverse, ver con los ojos cerrados lo que nadie sabía siquiera que existía. 
Sabía que ese lagarto era especial: por ocultas razones en su interior estaban todas las fuerzas de la Naturaleza, las energías más sutiles, abismos a los que nadie —salvo el Niño—  habría podido asomarse sin precipitarse en el vacío, volcanes a punto de entrar en erupción, tornados que dormían, maremotos esperando su hora.
Y sabía, también, que ese era el momento. Ese y no otro; ni antes ni después; ahora o nunca. Si el Niño tomaba al Lagarto, todo se pondría en marcha, lo Latente tomaría Forma, las Potencias Despertarían, lo Oculto saldría a la Luz, las Fuerzas quedarían desatadas.
¡Cómo le pesaba al roble su conocimiento!. ¡Cómo le dolía su indecisión para desear!. Un cuervo negro azulado se posó entonces en una de sus ramas más altas y graznó. Y su graznido pareció durar un tiempo inconmensurable, y tener una potencia fuera de toda medida, a pesar de que el lagarto, el niño y el roble, apenas lo notaron. Sólo apenas: porque algo les llegó y fue como la marca de salida, como el grito de entrada al combate, como la última de las despedidas. Era un pájaro extraño aquel majestuoso cuervo, y su graznar fue al tiempo triste y alegre, y semejaba a la vez una risa feliz y el más triste de los lamentos, y se parecía al tiempo a una oración y a una tormenta, y sonaba como una nana o como un grito. Pero ni el roble, ni el niño ni el lagarto parecieron oírlo. Repito: parecieron no oírlo; quizás era algo demasiado ajeno —recordemos que el cuervo estaba en las ramas más altas— ; quizás demasiado suyo ya, como esos objetos que pueblan las cocinas y que, de tanto verlos, llegamos a olvidarnos de su existencia.
El niño y el lagarto seguían observándose ensimismados uno y otro. El niño cerró los ojos, como si quisiera demostrarse de nuevo que aquel lagarto era verdad, que no era un sueño, y hasta se hubiera pellizcado si no fuera porque su atención no le permitía moverse. Los volvió a abrir, casi deseando que todo hubiera desaparecido, pero el lagarto continuaba allí, más bello y terrible, si cabe, que apenas unos segundos antes. El niño no podía soportar por más tiempo aquella tensión, así que calculó entonces la distancia, abrió su manecita, y fue moviendo lenta, muy lentamente, el brazo en dirección a aquellas piel cuajada de colores y risas.
¿Y el lagarto? El lagarto lo estaba viendo hacer, veía cada movimiento, cada gesto, oía cada suspiro, notaba como todo su lomo temblaba esperando el contacto; los lagartos —eso al menos es lo que creemos— no lloran; pues bien, si lloraran, aquel hubiera sido el rato más amargo del lagarto, en ese instante hubiera derramado tantas lágrimas de incertidumbre que todo hubiera sido distinto porque, ya sabemos, las lágrimas de los lagartos conmueven a los niños y a los árboles especialmente. Pero como tal cosa no sucede nunca, no pudo llorar y no conmovió nada.
De pronto la mano se paró a esa distancia crítica que separa el gesto lento del rápido, el deseo de la acción, y con ella se paró el mundo. Ni el lagarto bajo la mirada del niño, ni el niño bajo la sombra del roble, ni el roble mismo lo notaron, pero el Sol se detuvo y nadie puede saber cuánto porque, de haber existido los relojes, todos se hubieran parado al mismo tiempo. Así que, como no había relojes, el viento dejó de moverse, las cigarras suspendieron el canto, la hierba dejó de crecer, una abeja se quedó justo a un dedo de una flor, y un milano, ingrávido, permaneció en el aire contemplando sin descanso el destello eternamente fugaz del miedo de la mirada de una paloma que llevaba un mensaje de amor y otro de guerra, y a la que habían olvidado atar un silbato para que despistara en su vuelo a las aves de presa..
Luego, todo fue tan rápido que pasó sin sentirse: el niño estiró rápidamente su mano, el lagarto corrió ... volvieron a cantar las cigarras, a correr el viento, a crecerla hierba, a seguir su camino el Sol, la abeja fecundó la flor, el milano arrancó la vida a la paloma que llevaba un mensaje de amor y otro de guerra. Si hubieran existido relojes, el mundo entero habría ensordecido al comenzar a marcar, al unísono, todos su cantinela. 
El niño vio al lagarto un poco más allá, pero había perdido los colores y las estrellas que tenía sobre la piel sólo un instante antes; el lagarto vio al hijo de un campesino que quería cogerlo, el roble olvidó también ese momento y siguió disfrutando de los insectos que corrían arriba y abajo por su tronco y sus ramas, el viento que movía sus hojas, la savia que le llenaba de vida. Ninguno parecía haberse dado cuenta, pero ahora tenían el vago recuerdo de que el cielo se había oscurecido todavía más, de que un relámpago había abatido con su luz la tierra y un trueno había hecho temblar cada flor que asomaba. Debía ser así, porque ahora llovía con esa fuerza y esa ternura que sólo tienen las lluvias de finales de Mayo.
¿Qué fue, entonces, de todos? ¿Qué sucedió con ellos? 
Pues, por lo poco que he llegado a saber, el lagarto murió un par de primaveras más tarde; el niño se hizo un joven, y el joven hombre y el hombre anciano, y una tarde —lluviosa también —el cuenco de leche se le cayó de las manos y quedó mirando fijamente al cielo. El roble duró mucho más: fue viviendo primaveras y otoños, inviernos y veranos, viendo pasar soldados, y novias, y muchachos y días de fiesta, y lutos y soles y tormentas, y niños y lagartos, hasta un día en que, ya viejo y casi seco, cayó bajo el hacha de los leñadores, sin haber llegado a saber nunca que él también era un roble mágico que hubiera despertado a su vida real si aquel niño, aquel día, hubiera logrado retener en su mano —apenas un instante menor que el que tarda en parpadear un cazador astuto— a aquel lagarto. 
El mundo es hoy así, y no de otra manera muy distinta, terrible y mágica, porque pasó lo que pasó aquel día, y no lo que precisamente dejó de pasar.

Pero ¿y el lagarto, y el niño, y el roble ? ¿Acaso fue su única oportunidad y eso fue todo? ¿Todo su poder, todas las fuerzas de la Naturaleza concentradas pudieron perderse en ese momento? 
Pues sí, y no. Ellos no lo sabían antes, pero estaban marcados por el Privilegio; y tampoco parecieron saberlo  después, cuando los marcó la Fortuna. Porque en ese instante preciso en que se paró el Mundo, en esa fracción que en sus recuerdos fue tan pequeña que no pudieron percibirla, los tres entraron juntos en una de las Otras Realidades y se acercaron a  lo que era el Infinito. Y ya se sabe, los que abren esa Puerta una vez —y pueden regresar— pueden ir y venir siempre que lo deseen. ¿Cuánto tiempo estuvieron, en realidad, allí? ¿Qué vieron, qué se contaron, qué designios tramaron, qué aventuras vivieron? 
   No lo sabremos nunca. Como no sabremos si se han vuelto a encontrar después de su marcha de este Mundo, ni entenderemos nunca el por qué desearon, al volver, el niño errar, el lagarto correr, el roble ser inmóvil, y olvidarlo todo. 
A mí todo esto me lo contó el cuervo que ese día graznó en la rama, que todavía vive, y que, ahora que lo pienso, posiblemente sea también mágico y tampoco él lo sepa. En cualquier caso, no debo preocuparme: como aquel niño al lagarto, sé que tampoco volveré a verlo nunca.