domingo, 10 de noviembre de 2019

4. La zanfona y el laúd.

Tahar cortó la gruesa rama, dejó secar la madera y, mucho tiempo después, cuando acababa su trabajo cotidiano, se sentaba junto al fuego y lentamente iba terminando la zanfona cuyo sonido había soñado. Cuando la terminó regresó al bosque, se dirigió al claro donde vivía Taldrín y comenzó a tocar una canción que nunca nadie, ni él mismo, había escuchado. Los primeros compases fueron como un viento más que corría entre las ramas de los árboles; los sigientes, como los vendavales que arrastran las hojas y, los finales, como los susurros que pasan por debajo de las puertas de las habitaciones de los niños. Cuando Taldrín lo oyó lo felicitó, reconoció que nunca había oído zanfona igual y le previno de un peligro del que ahora tomaba conciencia: mágica debía de ser la rama en que se posó el pájaro del Hada de los Ojos de Oro, porque detectó —y en eso nunca se equivocaba— que ese sonido, además de ser bellísimo, tenía una característica que lo hacía peligroso: sería capaz de despertar de su sueño a cualquier dragón, aunque, hacía tanto que había desaparecido el último de aquellas tierras, que no debería darle más importancia. 
De todas formas, añadió casi con un susurro, sería mejor que te la guardara alguien del bosque. En las ciudades a veces suceden accidentes. 
Recordó entonces Tahar que le había contado, en una ocasión, que el Príncipe de los Gnomos era un gran aficionado a tocar este instrumento, pero que una antigua costumbre le prohibía fabricar una y ni siquiera poseer una, así que sus súbditos no podían disfrutar de sus conocimientos y habilidades en las reuniones de las largas noches invernales. 
Y así fue como el luthier le propuso a su amigo el gnomo que fuera su Príncipe el que la guardara. Se cumplía así con la tradición, ya que la zanfona la había construido él y seguía siendo suya, y los gnomos podrían escuchar interpretar a su Príncipe las melodías más antiguas y más hermosas. 
El Príncipe se emocionó, puso como condición que en el momento que la necesitara se la reclamara, y la hizo sonar de una forma tal que Tahar jamás se hubiera atrevido imaginar. Un amanecer, como prueba de agradecimiento, incluso tocó sólo para él entre los árboles del bosque, ya que sus súbditos dormían a esas horas y Tahar era, como cualquier humano, demasiado grande para ser invitado a sus hogares. Y de esta manera ese fue el primero de los inviernos en que aquellos pequeños seres que cuidan del bosque, gracias a Tahar, experimentaron una nueva forma de felicidad. 
Cuando llegó la siguiente primavera el muchacho volvió al bosque muchas tardes claras. Nadie en Doeor lo echaba de menos, porque conocían su afición a buscar maderas extrañas y, como sus relaciones con sus convecinos eran amables, pero estrictamente formales y restringidas, a nadie tenía que dar explicaciones. 
Durante mucho tiempo esperó en la soledad a que apareciera la bella muchacha del cuadro, y mientras esperaba, sin ruidos molestos ni conversaciones alrededor, fue aprendiendo sonidos nuevos, distinguiendo timbres, analizando armonías. 
Una de esas tardes, cuando estaba apunto de marcharse, el cuervo negro y con reflejos azules apareció de nuevo en el cielo y comenzó a girar sobre su cabeza, como invitándolo a seguir esperando; así lo hizo y pronto vio acercarse a su amada, acompañada de su aya y su cochero. Observó cómo se descalzaba, cómo bañaba sus pies en el arroyo, cómo se soltaba el cabello, cómo comenzaba a cantar. 
Supo entonces que era cierto lo que le había contado el pintor, y que ningún sonido salido de ningún instrumento que él construyera podría acercarse a esa belleza. Incapaz de acercarse, de dirigirle la palabra por miedo a asustarla y no poder volver a verla, se limitó a escuchar y a pensar qué sonidos podrían acompañar, aunque fuera pobremente, a esa voz. 
Fue Taldrín, que se había colocado en silencio a su lado, el que, como si hubiera leído su pensamiento, dijo:
— Sólo un laúd extraordinario podría acompañar esas canciones. 
Y una voz, un poco más allá, añadió:
— Yo no sabría construir ese laúd, pero conozco el lugar donde encontrar la madera para hacer su caja, y para su mástil puedes utilizar una rama de mi propia casa. 
El que había hablado era el Príncipe de los Gnomos que, tras acompañarlo hasta un viejo tronco caído, le sugirió: 
— Corta ese trozo de ahí; parece nudoso y duro y quizá demasiado seco, pero es al tiempo tierno y blando, ya que durante años apoyaba en él la cabeza para descansar Zaín, el Príncipe de los Elfos de Cabellos Verdes. 
Tahar lo hizo con cuidado y volvió a Doeor. Allí nadie ya creía en hadas, ni en gnomos, ni en elfos, así que se cuidó mucho de contar a nadie nada de lo que le había sucedido y trabajó, cada noche durante todo el verano, en la construcción del laúd. Cuando refrescaba a la puesta del sol y aparecían la Luna y las estrellas Tahar cerraba su taller, atrancaba los postigos de las ventanas y aseguraba la puerta, subía a su habitación y allí, con un cariño infinito, iba modelando cada pieza, ensamblándolas unas con otras, ajustando las clavijas, tensando las cuerdas, afinando los sonidos. 
Cuando el otoño regresó a acariciar la vida y las hayas y los abedules volvieron a dorarse, Tahar regresó al bosque, llamó a Taldrín y le mostró su nuevo instrumento. Vinieron pronto el Príncipe de los Gnomos y otros amigos, y cuando se puso a tañerlo, se peercató de que de nuevo sonaba una música que él no había escuchado antes, y parecía que, más que tocarlo él, era como si las diferentes maderas del laúd fueran las que cantaran y sonaba como el agua de las cascadas saltando de piedra en piedra, como la lluvia golpeando en las hojas, las abejas de cada verano ronroneándoles a las flores, el trino de diferentes pájaros y las voces de todas las criaturas que se fueron pero no lo hicieron definitivamente.
— Hermosos sonidos, dijo Taldrín, y extraños, porque, por una curiosa coincidencia, este instrumento complementa al otro. Si la zanfona servía para despertar dragones este laúd sirve para dormirlos, así que deberías quedártelo y no venderlo ni deshacerte de él jamás.
— No lo he construido sino para mí, Taldrín. ¿Cómo, si no, agradecer al Príncipe que me señalara la madera apropiada? 
Todos estuvieron de acuerdo en que Tahar era un joven de corazón honesto, al que era agradable ayudar, y lo dejaron solo porque, con la llegada del tiempo fresco después de los rigores del verano, la hija del contramaestre volvía a cantar sus canciones al claro del bosque acompañada, como siempre, de su cochero y su aya. 
De nuevo se repitió el ritual, al menos en parte: se sentó junto al arroyo y se descalzó, pero esta vez se cuidó mucho de mojarse los pies, porque el agua era fría y el viento fresco. Pasaba el tiempo y ella miraba al cielo, escrutaba las nubes, pero no emitía sonido alguno, ni palabras siquiera. El músico estaba intranquilo, esperando las canciones, pero ese día no llegaron. Cuando llegó a casa, su tristeza se tornó descanso: una cuerda estaba a punto de romperse y no se había dado cuenta. 
Unos días después volvió a la espera y esta vez sí, ella cantó. Y cuando Tahar, tras escuchar un rato, sintió que llevaba el ritmo del agua y del viento, comenzó a tañer desde la espesura los acordes que le dictaba su corazón, y de momento todo en el bosque enmudeció, y se oyó sólo aquella canción que hablaba de amor, de esperanza, de la alegría de las pequeñas cosas, de los recuerdos de la infancia, de las ilusiones olvidadas. Hasta Taldrín y los demás gnomos lloraban de felicidad, y cuando terminó, todo el bosque siguió en silencio todavía un rato, sin atreverse a moverse ni una brizna de hierba, ni a comer las ardillas, ni a cantar los pájaros, ni a seguir su curso el agua. 
Tarde tras tarde se repitió el dúo, siempre distinto, siempre igual de maravilloso, hasta que, por fin, el ama y el cochero juraron guardar silencio tras oír cosas tan extraordinarias, la joven se acercó a la espesura, y el luthier la miró a los ojos por primera vez.
       —Mi nombre es Tahar, se presentó él con sencillez.
— Me llamo Lorien, contestó ella. 

Fue todo lo que se dijeron ese primer día. Y no necesitaron más palabras para saber que se habían amado incluso desde antes de conocerse y que siempre se amarían. 

lunes, 4 de noviembre de 2019

3. Las razones del viaje

Vivía antes Tahar en una floreciente ciudad, y había aprendido el oficio con un gran maestro que, al morir sin hijos, le había dejado en herencia el taller, por lo que tenía su porvenir asegurado y solía conseguir casi todo lo que deseaba. 
Fue aquella una época feliz, pero un día llegó un pintor, lo visitó porque necesitaba hacer unos bocetos, se tomaron afecto e incluso una noche, como prueba de su amistad, le regaló una flauta preciosa. Solían cenar juntos y se quedaban hablando muchas noches, a veces hasta el alba. En uno de esos amaneceres, al hilo de una conversación sobre música, el pintor le habló de una maravillosa muchacha que tenía una voz con la que ningún instrumento fabricado por la mano del hombre podría competir. Pero —añadió quedamente— se guardaba mucho de cantar, ya que era muy reservada, y eran contadas las personas que la habían oído, aunque todas estaban de acuerdo en que era lo más hermoso que podía oírse. Su elevada posición social, al ser la heredera del burgomaestre de la ciudad, la hacía aún más inaccesible, pero él había logrado permiso para retratarla y había de reconocer que su rostro era merecedor de una voz como la que poseía. Tahar lo escuchó con atención pero, además de no creérselo del todo, no le dio más importancia que a las demás historias con que solían entretenerse. 
Mas una tarde de invierno el pintor vino a despedirse: había finalizado su encargo y debía partir de aquella ciudad, a la que quizá nunca volvería. Y antes de marcharse quería obsequiarlo también con algo como prueba de agradecimiento y de amistad: así que de una bolsa de cuero sacó un pequeño paquete cubierto con un fino lienzo, lo puso sobre la mesa, trajo cuantas velas encontró, las encendió todas, desdobló la tela y apareció entonces una miniatura pintada sobre madera: era el rostro de una joven que miraba sonriente y, en cuanto la vio, Tahar supo que sería el amor de su vida. 
Ese fue el regalo del pintor, y desde su marcha la vida del luthier no tuvo paz: vivía desasosegado, no dormía bien, apenas probaba bocado, no disfrutaba con sus amigos, andaba siempre intranquilo y sus instrumentos empezaron a tener un timbre que cautivaba a la gente pero que sumía en una profunda tristeza a los que los escuchaban. 
Así que un día cerró su taller, empaquetó sus herramientas, subió a su carro y, tras muchas semanas de viaje, llegó a la ciudad donde ahora estaba, que era el lugar donde ella vivía. Antes de cruzar su puerta, cuando salía del bosque cercano, se percató de la presencia de un gran cuervo y, ahora que lo pensaba, tuvo la vaga sensación de haberlo visto en varias ocasiones a lo largo del viaje; pero no le dio más importancia.
Pasó allí algunos años: sólo en dos ocasiones vio el rostro de la mujer que amaba y nunca la oyó cantar. Sabía que no podía aspirar a ella por pertenecer él a un estamento inferior, pero le bastaba tenerla cerca para ser feliz, de forma que, desde su llegada, sus instrumentos comenzaron a hacerse famosos en todas las fiestas porque tenían ahora un sonido alegre que impregnaba el aire de felicidad y provocaba risas contagiosas. 
Taldrín escuchó atento su historia y, cuando hubo terminado su relato, le dijo:
— Te he dicho que no podía darte nada y no te mentía, porque creía que eras de los que desean riquezas materiales. Pero ahora, tras escucharte, creo tengo dos regalos para ti: Son sólo indicaciones mas, si sabes aprovecharlas, quizá te sean de ayuda. Y le contó que el árbol junto al que vivía tenía una rama donde se había posado el pájaro del Hada de los Ojos Dorados lo que sin duda la convertía en la mejor madera para fabricar cualquier instrumento que deseara, dado que ese pájaro vuela siempre y no se apoya nunca salvo en el hombro de su dueña; después lo acompañó a un claro cercano, le señaló un lugar sombreado al lado del arroyo y le informó de que era el lugar donde venía, algunas tardes claras de primavera y otoño, la hija del burgomaestre, que solía cantar acompañada de pájaros y vientos. 

domingo, 22 de noviembre de 2015

TAHAR, EL LUTHIER. Capítulos 1 y 2

TAHAR, EL LUTHIER.
1. En la ciudad de Doeor.
En la ciudad de Doeor, en el barrio de los artesanos, cerca del puerto del río en el que se agolpaban cada día los mercaderes, tenía su casa Tahar, el luthier. Era un hombre sencillo, dedicado a su oficio, del que no se conocían ni aficiones ni pasado. Joven y fuerte, aunque un poco delgado, tenía los ojos oscuros y el largo cabello lacio y negro.
Había llegado hacía unos años, había pedido permiso para instalarse con su negocio y, como no había ningún fabricante de instrumentos musicales en muchas leguas a la redonda y demostró tener el dinero suficiente para empezar con buen pie, nadie puso objeciones. Pronto al puerto llegaron baúles cargados con extrañas herramientas, algunas parecidas a los de los carpinteros, y con cosas extrañas que los habitantes del barrio nunca habían visto.
El joven había empezado a trabajar pronto y se había convertido en una atracción que desapareció a medida que la gente, sobre todo las mujeres y los niños, pero también otros artesanos que temían cierta competencia, se fueron habituando a su presencia.
En invierno se le veía pulir la madera en su taller a través de los amplios ventanales, y en verano no era infrecuente  que saliera a sentarse a la calle a realizar algunas tareas. 
Se llevaba bien con todo el mundo, pero era reservado; asistía a los oficios religiosos y colaboraba en las celebraciones, pero se retiraba pronto a descansar y no participaba en juegos. 
Los carpinteros y ebanistas, sobre todo los que fabricaban los muebles de lujo para los nobles que habían venido a instalarse a sus palacios urbanos y los ricos comerciantes, lo apreciaban: les compraba a veces maderas caras, les enseñó cómo trabajar para lograr formas extrañas y les mostró herramientas desconocidas para ellos.
Sus mejores maderas, sin embargo, no las conseguía en la ciudad: algunas venían de países lejanos y tenían colores extraños, otras las iba a buscar él directamente a un bosque cercano, que los habitantes de la ciudad solían evitar debido a antiguas leyendas.
Sus instrumentos tampoco los vendía a sus ciudadanos, aunque a veces realizara encargos para contentar a algún músico local; de vez en cuando alguien iba expresamente a su taller, compraba algunos y se marchaba después; otras veces era él el que iba al puerto y enviaba cajas a lugares no menos extraños y lejanos que aquellos de donde provenían ciertas maderas y otros elementos.
Una mañana, Tahar, como era su costumbre, tomó su cesto de herramientas, se puso su sombrero de ala ancha y sus botas de caña alta, se cubrió con su larga capa y marchó al bosque. 

2. De lo que sucedió en el  bosque.
Tahar vagó y vagó. Observaba los árboles; sus ramas, sus hojas, sus raíces. Paraba aquí y allá e iba tomando nota de cada lugar al que debería volver el otoño siguiente o dentro de veinte años. Caminó hasta que el sol estuvo alto y entonces llegó al tronco caído que buscaba, se acuclilló, fue palpando con suavidad la corteza, descubriendo los nudos, tomó una curiosa herramienta y, cuando iba a comenzar a extraer un trozo de madera, oyó un graznido en el aire y un carraspeo a sus espaldas.
Sobre la rama de un frondoso roble vio a un cuervo observarlo y al girarse vio a un gnomo diminuto, vestido de verde y con un gracioso gorro; era delgado, tenía la nariz afilada, la mirada profunda y una preciosa voz apenas audible; así que se agacho y oyó que le decía:
—Me llamo Taldrín, y tengo ahí mi casa. Vivía ya en ese tronco cuando el árbol aún era joven y, aunque no es hermosa, la he ido haciendo cómoda y confortable con los años, y los animales que son amigos míos lo conocen como mi residencia y a ella acuden cuando lo necesitan, de forma que ahora me costaría mucho irme a vivir a otro lugar. No tengo poder para amenazarte, ni nada que ofrecerte a cambio. Pero te pido, por favor, que la respetes. Nadie, salvo tú, había venido aquí, y dudo mucho que nadie vuelva a pisar este claro del bosque en muchos años, así que si tú me haces ese favor podré seguir viviendo feliz. Y el cuervo volvió a graznar desde el roble.
Tahar se quedó mirando el tronco. Había esperado dos años para que estuviera a punto de cortarse y aún debería esperar a que el trozo de madera, una vez cortado, terminara de secar en su taller. Pensaba hacer de él ciertas partes de una zanfona, y era tal la calidad del árbol, que sabía que sería la mejor zanfona que jamás haría y había soñado ya con su sonido.
Pero entendió que un hogar tenía sonidos más ricos para el corazón del que lo habita que cualquier instrumento, y, aún a su pesar, accedió a la petición de Taldrín.
Cuando ya se marchaba, Taldrín le preguntó:
— Dime antes de marcharte, por favor, ¿quién eres y para qué querías un trozo de mi tronco? Soy curioso, hace años que no veo a un hombre y me gustaría saber a quién he de agradecer su buena acción.
— Soy Tahar, que en la lengua del donde vengo significa “el que acaricia al lagarto”, y mi oficio es el de luthier. Construyo los instrumentos que suenan en las mejores cortes y de ahí pensaba sacar las piezas que me faltan para la zanfona con el sonido más dulce y más puro que se ha conocido jamás.
— Has de ser rico entonces, contestó Taldrín. ¿Por qué vives en una ciudad retirada, lejos de los grandes y la riqueza?

Y entonces Tahar le contó las razones de su viaje, y el secreto que había anhelado saber la gente lo supo el gnomo.


jueves, 19 de noviembre de 2015

Cuentos de hace años. 1 El lagarto, el niño, el roble y el cuervo.

Lo tengo anotado. Escribí este cuento los días 5 y 6 de febrero de 1991, con mi esposa embarazada ya de nuestro primer hijo, Guillermo.

Había una vez, en un país y un tiempo demasiado lejanos como para poder llegar a ellos si no es a través de los recuerdos que nunca supimos cómo nos llegaron, ni por qué persisten, ni cuándo nos abandonarán, un paisaje y un cielo de primavera, y bajo la luz de ese cielo, un roble, y bajo su sombra, un niño, y bajo la mirada de ese niño, un lagarto con la piel más hermosa que se haya visto, una piel que contenía todos los colores de todos las pieles de todos los lagartos que han existido y existirán; y en cada color se reflejaba el firmamento. 
El lagarto, de soslayo, observaba al niño. 
Aquel niño —presentía el lagarto—  no era como los demás niños; si no, ¿cómo habría podido sorprenderlo y acercársele tanto que podía sentir su mirada recorriendo su piel? El lagarto respiraba mientras se tensaba y se tensaba, presto para la huida. Pero, ¿por qué no huía? Era robusto, rápido; antes de que el niño hubiera llegado a abrir de nuevo los ojos tras un parpadeo él hubiera podido estar lejos, oculto de su mirada entre la hierba o bajo o una piedra: pero no se movía. 
Y entonces el lagarto, sorprendido, comenzó a descubrir en su interior algo que no sabía que existía, un deseo completamente nuevo, sensaciones para las que no tenía experiencias. Lo que el lagarto deseaba, primero casi con vergüenza y luego con horror, es que el niño lo tomara en su mano. Por eso respiraba y respiraba, y estaba tenso, y se debatía porque una parte de sí —muy profunda — le decía: ¡Huye ..., huye ..., huye ...!, y otra, más profunda aún si cabe —y él nunca había sabido de la existencia de tales profundidades en su interior— le aconsejaba: ¡Quédate ..., quédate ..., quédate ... !.
El niño, fijamente, miraba al lagarto. Nunca lo había visto en aquel campo; recordó cada día, cada carrera, cada rato tumbado en la hierba ... pero —estaba seguro— nunca antes lo había visto. Porque, si lo hubiera visto antes, ¿cómo habría podido olvidarlo? ¿cómo seguir viviendo tranquilo, sin salir cada mañana, cada tarde, en su busca, para contemplarlo de nuevo?
Aquellos colores, tocados a veces por los rayos de sol que filtraban las ramas de aquel roble, reflejaban la vida y la muerte, el cielo y el infierno, el más allá y el más acá, lo primero y lo último. El niño no sabía de todo esto, pero sabía de algo en su interior que iba más lejos, que contenía todo lo anterior mezclado con cosas que ni siquiera  pueden nombrarse.
Así que el niño miraba al lagarto completamente absorto,   hipnotizado, y notaba algo extraño entre su pecho y su estómago: deseo y miedo mezclados en una proporción desconocida, y su vida iba de uno a otro, intermitentemente, como irían los péndulos de los relojes de épocas venideras, como se contraía y expandía el Universo desde el principio de los tiempos,  como su respiración, que ahora se había sincronizado con la del lagarto: buum, bum, buum, buum; deseo, terror; deseo, terror. Deseo. Terror. 
El niño sabía que bastaría un simple movimiento, un sonido apenas perceptible, para que el lagarto corriera a esconderse; pero no se movía ni hacía ruido. Y ¿por qué? Había descubierto dentro de sí el deseo de tomarlo en su mano. Y una parte de sí le decía: ¡ Hazlo ..., hazlo ..., hazlo .... ! y otra le aconsejaba: ¡ No lo hagas ..., no lo hagas ..., no lo hagas ...!.
Claro que todos lo niños sienten esas dos frases una y otra vez a lo largo de su vida, a veces varias veces en un sólo día, como cuando entran a la despensa y ven los tarros de las mermeladas, o bajan al estanque y sienten que su madre no lleva razón al prohibirles que se bañen a esa hora con los patos, o desean tomar los pájaros pequeños de un nido en primavera.  Pero es que ahora esas voces internas tenían otro sonido, no eran las voces conocidas del abuelo, de la madre o de la conciencia: eran dos voces más lejanas, ancestrales, extraordinarias, profundas. Y, como era normal, no sabía a cuál obedecer.
Así que el niño estaba fijo en el lagarto, y la mano en el aire, y la respiración acompasada,  y todo su cuerpo en tensión, como si la existencia dependiera de un instante.
El roble sentía el sol sobre su copa, y la brisa que rozaba sus ramas, y los cientos de insectos que recorrían su tronco o volaban entre sus hojas ronroneando, y la savia que ascendía de sus raíces, y la tierra húmeda al tiempo que los primeros cantos de las cigarras y los pájaros. Pero todo esto, que cualquier otro día hubiera hecho su deleite, hoy apenas le importaba ... tenía centrada su atención en el lagarto y en el niño.
Y estaba al tiempo extasiado, aturdido y asustado. 
(Esto, claro está, no lo pensaban ninguno de los tres. Los lagartos, como todos sabemos, no disponen de palabras, y los árboles, si vamos a ello, ni siquiera tienen la capacidad de emitir sonidos; en cuanto a los niños ... ¿qué decir de los niños? Es cierto que hablan, pero no nos engañemos, sólo como última alternativa cuando entenderse con los mayores es imposible por medios más sutiles y complejos. Así que el roble, el lagarto y el niño, hacían otra cosa que pensar en el sentido en que entendemos los adultos qué es pensar: sentían como sólo los árboles, los lagartos y los niños saben y pueden sentir, y si aquí está en palabras es únicamente para que los mayores, aún perdiendo la parte más emocionante de la acción, podamos entender un poco lo que pasaba).

De pronto el cielo se cubrió de nubes negras. Aquel roble sabía que ese niño no era un niño corriente, aunque fuera hijo de un campesino; llevaba dentro de sí toda la sabiduría de los grandes brujos, todo el poder del bien y del mal; ese niño podía cambiar lo alto en bajo y lo bajo en alto, viajar sin moverse, ver con los ojos cerrados lo que nadie sabía siquiera que existía. 
Sabía que ese lagarto era especial: por ocultas razones en su interior estaban todas las fuerzas de la Naturaleza, las energías más sutiles, abismos a los que nadie —salvo el Niño—  habría podido asomarse sin precipitarse en el vacío, volcanes a punto de entrar en erupción, tornados que dormían, maremotos esperando su hora.
Y sabía, también, que ese era el momento. Ese y no otro; ni antes ni después; ahora o nunca. Si el Niño tomaba al Lagarto, todo se pondría en marcha, lo Latente tomaría Forma, las Potencias Despertarían, lo Oculto saldría a la Luz, las Fuerzas quedarían desatadas.
¡Cómo le pesaba al roble su conocimiento!. ¡Cómo le dolía su indecisión para desear!. Un cuervo negro azulado se posó entonces en una de sus ramas más altas y graznó. Y su graznido pareció durar un tiempo inconmensurable, y tener una potencia fuera de toda medida, a pesar de que el lagarto, el niño y el roble, apenas lo notaron. Sólo apenas: porque algo les llegó y fue como la marca de salida, como el grito de entrada al combate, como la última de las despedidas. Era un pájaro extraño aquel majestuoso cuervo, y su graznar fue al tiempo triste y alegre, y semejaba a la vez una risa feliz y el más triste de los lamentos, y se parecía al tiempo a una oración y a una tormenta, y sonaba como una nana o como un grito. Pero ni el roble, ni el niño ni el lagarto parecieron oírlo. Repito: parecieron no oírlo; quizás era algo demasiado ajeno —recordemos que el cuervo estaba en las ramas más altas— ; quizás demasiado suyo ya, como esos objetos que pueblan las cocinas y que, de tanto verlos, llegamos a olvidarnos de su existencia.
El niño y el lagarto seguían observándose ensimismados uno y otro. El niño cerró los ojos, como si quisiera demostrarse de nuevo que aquel lagarto era verdad, que no era un sueño, y hasta se hubiera pellizcado si no fuera porque su atención no le permitía moverse. Los volvió a abrir, casi deseando que todo hubiera desaparecido, pero el lagarto continuaba allí, más bello y terrible, si cabe, que apenas unos segundos antes. El niño no podía soportar por más tiempo aquella tensión, así que calculó entonces la distancia, abrió su manecita, y fue moviendo lenta, muy lentamente, el brazo en dirección a aquellas piel cuajada de colores y risas.
¿Y el lagarto? El lagarto lo estaba viendo hacer, veía cada movimiento, cada gesto, oía cada suspiro, notaba como todo su lomo temblaba esperando el contacto; los lagartos —eso al menos es lo que creemos— no lloran; pues bien, si lloraran, aquel hubiera sido el rato más amargo del lagarto, en ese instante hubiera derramado tantas lágrimas de incertidumbre que todo hubiera sido distinto porque, ya sabemos, las lágrimas de los lagartos conmueven a los niños y a los árboles especialmente. Pero como tal cosa no sucede nunca, no pudo llorar y no conmovió nada.
De pronto la mano se paró a esa distancia crítica que separa el gesto lento del rápido, el deseo de la acción, y con ella se paró el mundo. Ni el lagarto bajo la mirada del niño, ni el niño bajo la sombra del roble, ni el roble mismo lo notaron, pero el Sol se detuvo y nadie puede saber cuánto porque, de haber existido los relojes, todos se hubieran parado al mismo tiempo. Así que, como no había relojes, el viento dejó de moverse, las cigarras suspendieron el canto, la hierba dejó de crecer, una abeja se quedó justo a un dedo de una flor, y un milano, ingrávido, permaneció en el aire contemplando sin descanso el destello eternamente fugaz del miedo de la mirada de una paloma que llevaba un mensaje de amor y otro de guerra, y a la que habían olvidado atar un silbato para que despistara en su vuelo a las aves de presa..
Luego, todo fue tan rápido que pasó sin sentirse: el niño estiró rápidamente su mano, el lagarto corrió ... volvieron a cantar las cigarras, a correr el viento, a crecerla hierba, a seguir su camino el Sol, la abeja fecundó la flor, el milano arrancó la vida a la paloma que llevaba un mensaje de amor y otro de guerra. Si hubieran existido relojes, el mundo entero habría ensordecido al comenzar a marcar, al unísono, todos su cantinela. 
El niño vio al lagarto un poco más allá, pero había perdido los colores y las estrellas que tenía sobre la piel sólo un instante antes; el lagarto vio al hijo de un campesino que quería cogerlo, el roble olvidó también ese momento y siguió disfrutando de los insectos que corrían arriba y abajo por su tronco y sus ramas, el viento que movía sus hojas, la savia que le llenaba de vida. Ninguno parecía haberse dado cuenta, pero ahora tenían el vago recuerdo de que el cielo se había oscurecido todavía más, de que un relámpago había abatido con su luz la tierra y un trueno había hecho temblar cada flor que asomaba. Debía ser así, porque ahora llovía con esa fuerza y esa ternura que sólo tienen las lluvias de finales de Mayo.
¿Qué fue, entonces, de todos? ¿Qué sucedió con ellos? 
Pues, por lo poco que he llegado a saber, el lagarto murió un par de primaveras más tarde; el niño se hizo un joven, y el joven hombre y el hombre anciano, y una tarde —lluviosa también —el cuenco de leche se le cayó de las manos y quedó mirando fijamente al cielo. El roble duró mucho más: fue viviendo primaveras y otoños, inviernos y veranos, viendo pasar soldados, y novias, y muchachos y días de fiesta, y lutos y soles y tormentas, y niños y lagartos, hasta un día en que, ya viejo y casi seco, cayó bajo el hacha de los leñadores, sin haber llegado a saber nunca que él también era un roble mágico que hubiera despertado a su vida real si aquel niño, aquel día, hubiera logrado retener en su mano —apenas un instante menor que el que tarda en parpadear un cazador astuto— a aquel lagarto. 
El mundo es hoy así, y no de otra manera muy distinta, terrible y mágica, porque pasó lo que pasó aquel día, y no lo que precisamente dejó de pasar.

Pero ¿y el lagarto, y el niño, y el roble ? ¿Acaso fue su única oportunidad y eso fue todo? ¿Todo su poder, todas las fuerzas de la Naturaleza concentradas pudieron perderse en ese momento? 
Pues sí, y no. Ellos no lo sabían antes, pero estaban marcados por el Privilegio; y tampoco parecieron saberlo  después, cuando los marcó la Fortuna. Porque en ese instante preciso en que se paró el Mundo, en esa fracción que en sus recuerdos fue tan pequeña que no pudieron percibirla, los tres entraron juntos en una de las Otras Realidades y se acercaron a  lo que era el Infinito. Y ya se sabe, los que abren esa Puerta una vez —y pueden regresar— pueden ir y venir siempre que lo deseen. ¿Cuánto tiempo estuvieron, en realidad, allí? ¿Qué vieron, qué se contaron, qué designios tramaron, qué aventuras vivieron? 
   No lo sabremos nunca. Como no sabremos si se han vuelto a encontrar después de su marcha de este Mundo, ni entenderemos nunca el por qué desearon, al volver, el niño errar, el lagarto correr, el roble ser inmóvil, y olvidarlo todo. 
A mí todo esto me lo contó el cuervo que ese día graznó en la rama, que todavía vive, y que, ahora que lo pienso, posiblemente sea también mágico y tampoco él lo sepa. En cualquier caso, no debo preocuparme: como aquel niño al lagarto, sé que tampoco volveré a verlo nunca.



martes, 6 de octubre de 2015

Fiesta y cotidianidad

Una vez, hace muchos años, nos reunimos en casa de mis padres ellos, sus hijos —nosotros cuatro— y nuestras familias. Recuerdo la frase de mi padre durante la cena : “esta noche, para mí, es Nochebuena”. Creo recordar que era uno de esos puentes del uno de noviembre, pero para mi padre fue esa noche especial. Una auténtica fiesta. Nunca hemos vuelto a repetirla. Ha pasado el tiempo y jamás hemos logrado cenar todos juntos de nuevo.
Propongo, pues, que entendamos la Fiesta como una suspensión temporal de lo Cotidiano. Como una exclusión de la Normalidad que nos permite introducirnos en lo Extraordinario.
Durante siglos, la Fiesta, así, con mayúscula, fue un atributo de las religiones. Se celebraban la creación del mundo, la firma de un pacto entre Dios y los hombres, la subida a algún cielo o la bajada a algún infierno, la aparición de las estaciones —el mito griego del rapto de Perséfone y los misterios de Eleusis me ha parecido siempre apasionantes— nacimientos —Dionisos, Mitra, Horus, Cristo… que coinciden con el solsticio de invierno— o muertes sagradas. Carnavales, santos patrones, peregrinaciones...
Y tras las celebraciones y la renovación de tradiciones, costumbres y creencias compartidas, tras la vivencia extraordinaria del sentimiento de comunidad, la vuelta a la normalidad, a lo cotidiano, a lo gris, si queremos.
Y era ese equilibrio entre lo extraordinario y lo común lo que daba un sentido a la vida de la comunidad. Porque la fiesta, para serlo, debe tener un principio y un fin. Si lo cotidiano se prolonga se pierde el el principio del mito; si la fiesta no acaba, se corrompe su efecto.
En el ámbito privado, la fiesta, así, con minúscula, repetía los mismos esquemas aunque, obviamente, en una dimensión reducida. Pero con el mismo espíritu.
Reflexiono sobre esto hoy, con calma, porque ayer volvió a marcharse Guillermo a México y sabemos que estaremos tiempo sin tenerlo al lado. Durante unos días estuvimos, de nuevo, todos juntos. Y hasta los actos más anodinos, como ver la televisión, se convirtieron en fiesta. 
Ahora ha regresado, de nuevo, el dominio de la normalidad. Amable en general, si soy sincero; entrañable muchas veces, incluso. Y aquí estoy, sin quejas, pero esperando que, de nuevo, regrese la celebración de la fiesta. 
Y sé que será cada vez más difícil, porque también nuestras hijas irán creciendo y algún día también dejarán eso que hasta hoy ha sido su único hogar. Y me alegraré de que hayan crecido, y me entristecerá, en algún momento, ver sus habitaciones vacías por la noche. Y dejaré encendidas las velas de la entrada sabiendo que ya no tendrán la misma utilidad.

Me asombro al descubrir, así, que también en lo cotidiano hay una fiesta, o que debería haberla. Que deberíamos luchar porque la hubiera. Que la vida común no es menos extraordinaria que la festiva. 
Y que, para ser consciente, sólo hace falta abrir los ojos. Y, una vez con los ojos bien abiertos, ser capaces de olvidarnos de Mirar para comenzar a Ver.


miércoles, 22 de mayo de 2013

Cartas a mis hermanos. 6. Belenes y alrededores (I)


Hubo una época en que los niños y los mayores hacíamos Belenes juntos. Los dos que más recuerdo de mi infancia fueron los de los hermanos Martínez Cólliga y el nuestro. El de los primeros era un primor. Con figuras de piedra, policromadas, de calidad. El montaje solía dirigirlo el hermano mayor, Jesús, que estudiaba Caminos en Madrid y organizaba hasta el día y la noche gracias a la iluminación. Íbamos a verlo con la chacha Carmen y nos quedábamos a jugar con Luis y Santi.
El nuestro era otra cosa: las figuras eran pobres, de barro, mal pintadas o descoloridas; alguna rota; un pastor mutilado de una pierna se disimulaba apoyando el muñón en la imitación de un risco; a más de una oveja se le veía el alambre de un pata, perdida su cubierta de arcilla. 
Pero nada de eso importaba. Era nuestro Belén y montarlo era un ritual anual que no nos hubiéramos perdido por nada del mundo. 
Primero había que abastecerse de materia prima; las montañas, muy logradas, las conseguíamos a base de carbonilla de los trenes, restos del carbón de aquellas viejas máquinas de vapor que nos procuraba Luis, un maquinista amigo de padre que iba siempre arremangado. 
La hierba del valle y los ribazos era el musgo que íbamos a buscar una tarde de domingo. Salíamos padre, Perico, Pablo y yo con unas sardinas, o un trozo de tocino de veta, o un forro de cabeza y una bota de vino. Recalábamos cerca de alguna fuente, hacíamos una fogata y, después del ágape, llenábamos una cesta pequeña de mimbre con el musgo más verde, levantándolo con cuidado para conseguir grandes trozos sin romperlo.
Para hacer el agua del río usábamos el papel de plata que envolvía las tabletas de chocolate que habíamos ido guardando a los largo del año; el efecto de la nieve se lograba con harina. Y así era todo. No había dinero, pero imaginación y alegría jamás faltó.
Luego colocábamos las tablas y comenzábamos el montaje, discutiendo a cada momento, intentando colocar ambos hermanos las figuras más importantes. Sobre el Portal poníamos, al final, el ángel con un letrero; alrededor, algunos pastores. Los Reyes cerca del castillo de Herodes, al otro extremo. 
Otro rito incluía un ligero movimiento acompasado de los tres camellos cada día, calculado para que, al llegar el seis de enero, estuvieran justo ante el Portal. El lapso de tiempo que mediaba entre la colocación de los Reyes a las puertas del castillo y la llegada al pesebre donde adorar al niño y ofrecerle el oro, el incienso y la mirra, era a lo que llamábamos “navidades”.
El Mayor de la Juanita

viernes, 3 de mayo de 2013

Cartas a mis hermanos. 5. La navidad.


¿Os he dicho que no llego a entender cómo cabíamos tanta gente en la puñetera cocina de la abuela? Pues atención, que eso era en un día normal e incluso en un domingo. Lo más increíble llegaba en Navidades.
No sé si recordáis la escena del camarote de Una noche en la ópera, de los Hermanos Marx. Yo sí; y no sólo la tengo presente, sino que recuerdo la sensación que me embargó la primera vez que la vi: pensé que aquello, comparado con la Nochebuena en casa de la abuela, era un juego de niños; y no entendí por qué le hacía tanta gracia al público.
Porque, en un espacio ya de por sí reducido —miserable, si queremos se concisos—, padre y sus dos mocosillos montaban, cada Navidad... , ¡el Belén!
No es que fuera algo portentoso, pero si contamos el portal con los animalejos, el castillo del malvado Herodes, el recorrido que hacían los tres Reyes Magos, las lavanderas en el río, las montañas en que pastaban las ovejillas y demás parafernalia, la cosa tenía su miga.
La Nochebuena cenábamos, acompañados por el citado Belén, todos juntos. Esto quiere decir que, a los habituales siete —de los cuales uno, el tío Perico, necesitaba encima un espacio adicional para la muleta y la garrota— se les unían los cuatro miembros de la familia de Paco, a saber, el susodicho, la María, La Mari y la Dorita. Lo lamento, no tengo explicación racional, ni siquiera cuando analizo la distribución de una lata de sardinas, pero era así. 
Pero ahí no acababa la cosa. Cabían también zambombas, panderetas y otros instrumentos musicales y, después de la cena, solían aparecer amigos y vecinos a felicitar las pascuas, acompañados, obviamente, de más instrumentos caseros no siempre minúsculos. Súmese el calor de la estufa a toda mecha, que esa noche no se estaba para miserias, la tenue luz colgada del techo, el ruido sofocante de voces con un sentido de la entonación que ni los coros del Nabucco. Y allí estábamos, todos junto al Portal. 
Los milagros existen. Recordando aquello siento miedo de seguir mirando dentro, de desbrozar recuerdos. Decían los sicarios que no había más oscuridad que la muchedumbre, y vete tú a saber lo que podría descubrirse si se hiciera la luz. Así que esta noche no quiero recordar más; prefiero quedarme con la dulce sensación de que existen los milagros y de que nosotros hasta llegamos a vivir alguno.
El mayor de la Juanita