viernes, 19 de abril de 2013

Cartas a mis hermanos. 2. Lecturas de poesía


Yo aprendí en el hogar en qué se funda
la dicha más perfecta,
y para hacerla mía
quise yo ser como mi padre era
y busqué una mujer como mi madre
entre las hijas de mi hidalga tierra.
José Mª Gabriel y Galán. El ama
No querría dar falsas impresiones. A pesar de la sobriedad expresiva de sus cartas —que alguno tildaría de sequedad—, incluida aquella en que me comunicaba la muerte de la abuela, padre siempre ha tenido alma de auténtico poeta. 
En algún sitio de casa casa debe existir, todavía, un cuaderno manuscrito en el que se tomó la molestia de copiar poemas que le gustaban, a lo largo de años. De niños, a veces nos recitaba algunos, ayudado de ese cuaderno, aunque casi nunca le fallaba la memoria. 
Tal y como yo lo recuerdo, dos eran los que más frecuentaba: uno, El ama, de Gabriel y Galán donde se describe una de las muertes —ficticia— que más le emocionaba, la de la esposa y ama de la casa. El último verso era precisamente ese al que hacía referencia cuando hablaba de mi educación: «¡Dios lo ha querido así! ¡Bendito sea!».
El otro, también del mismo autor, se titulaba La pedrada y describía la historia de un niño que, viendo en uno de los pasos de la Semana Santa cómo un malvado azota al Cristo camino del Calvario, no puede contenerse, toma una piedra y le tumba con ella la cabeza. 
Padre, en su papel de rapsoda, era realmente genial recitándolo; al principio, sereno, descriptivo: 
Cuando pasa el Nazareno
de la túnica morada,
con la frente ensangrentada,
la mirada del Dios bueno
y la soga al cuello echada,

el pecado me tortura,
las entrañas se me anegan
en torrentes de amargura,
y las lágrimas me ciegan,
y me hiere la ternura...
Luego iba subiendo el sentimiento y el tono en un crescendo imparable hasta el momento álgido, en el que ponía toda su pasión acompañada por miradas de ira y gestos airados disparando, él también, una piedra imaginaria:
se sublimó de repente,
se separó de la gente,
cogió un guijarro redondo,
miróle al sayón la frente
con ojos de odio muy hondo,

paróse ante la escultura,
apretó la dentadura,
aseguróse en los pies,
midió con tino la altura,
tendió el brazo de través,

zumbó el proyectil terrible,
sonó un golpe indefinible,
y del infame sayón
cayó botando la horrible
cabezota de cartón.

Los fieles, alborotados
por el terrible suceso,
cercaron al niño airados,
preguntándole admirados:
-¿Por qué, por qué has hecho eso?...

Y él contestaba, agresivo,
con voz de aquellas que llegan
de un alma justa a lo vivo:
-«¡Porque sí; porque le pegan
sin hacer ningún motivo!»
Nunca se lo dije a nadie, pero a veces eché de menos, en la Semana Santa, un paso en el que, al lado de un Cristo en una de sus caídas con la cruz a cuestas, hubiera un niño con el brazo extendido y una piedra en la mano mirando al esbirro que lo sigue con el látigo a punto de golpearlo. Y me hubiera gustado ir cada año a ver esa procesión, todos juntos, mientras recordábamos el poema de Gabriel y Galán.

domingo, 14 de abril de 2013

Cartas a mis hermanos. 1. La muerte.


La abuela Visita murió estando yo cumpliendo el servicio militar. Lo supe por una carta escueta de padre que me llegó algunos días más tarde. Sin ese sello rojo con la marca de “urgente” en el sobre. Dentro, únicamente la noticia ni siquiera fatídica, simplemente esperada. 
Luego, de vuelta a casa en un permiso, pocas aclaraciones más: era ya muy mayor, y había pasado mucho — hambre, guerra, miseria—. Que aguantó firme, siendo ella —lo cual no tenía por qué ser muy halagüeño— hasta casi el final. Así me dijeron que murió. 
Creo recordar que intenté recordar la última vez que la vi, pero no pude. La verdad, no me afectó demasiado. No pensé en cosas como: “debería haberle dicho...”, “si ahora pudiera volver a verla...” o sensiblerías similares. Ella no era así, y en mi relación con ella, yo tampoco. No había más vueltas que darle.
Su muerte formaba parte de una visión de la vida. De la de ambos.
En nuestra infancia —hablo ahora de la de Pablo y mía, por cuestiones de edad— la muerte era algo mucho más cotidiano. Me refiero a la Muerte real, no a las ahora tan prodigadas en películas catastrofistas y videojuegos. No frecuente, pero sí cotidiana. dejadme que recuerde algunas.
La primera fue la del abuelo Zacarías. Lo vi morir poco a poco, pero sin tener conciencia de que se me moría. Estaba allí, cansado, y luego se lo llevaron al hospital y ya no lo volví a ver. Sabía de él porque escuchaba atento a los mayores que pensaban que yo hacía otras cosas y estaba al tanto de los dolores, de los tajos siempre mal dados por médicos inútiles que intentaban no hacer demasiado daño y que lo acabaron matando. Murió de cangrena y de estupidez, y no sé qué pesó más. 
La historia que recuerdo es la siguiente: el buen hombre tenía costumbres comunes pero que hoy nos parecerían curiosas, como la de cortarse las uñas de los pies  con un cuchillo corto. Tenía su lógica: las uñas se habían endurecido y los elementos de manicura eran desconocidos en nuestro barrio. El cuchillo no debía de ser un ejemplo de limpieza, los pies tampoco, y un día se cortó. Debió infectarse, algo pasó, y después de curas y milagros hechas a saber cómo, el pie acabó cangrenándose.
Lo sé, suena absurdo, parece inventado, pero os doy mi palabra que es lo que recuerdo. Todo se complicó hasta que lo ingresaron en cualquier hospital y decidieron amputar. Y aquí el absurdo se complica porque, para salvar lo más posible, cortaron corto. La cangrena siguió extendiéndose. Volvieron a cortar intentando salvar la pierna. Y de nuevo se quedaron a medias. Finalmente, la podredumbre llegó a la ingle y ya no hubo más que esperar a que llegara el momento. Yo no supe del dolor entonces, porque no entendía lo que pasaba. Sentí que no lo volvería a ver, pero era un niño para el que cada día, a pesar de la pobreza que me rodeaba, la vida era un milagro nuevo y maravilloso con el que asombrarme. Y lo olvidé pronto, o al menos, no recuerdo haberlo recordado demasiado.
Otra muerte cercana fue la hija pequeña de una familia que vivía en el callejón de al lado de la casa de la abuela. Él era un hombre enorme y su mujer muy pequeñita y delgada; él un bonachón, ella una viborilla; por esto y otras cosas siempre me hacía gracia verlos juntos. Tenían dos hijas, una que jugaba con nosotros en la calle y otra más pequeña. Algo pasó, cualquier cosa, quizás nada importante, y la pequeña nos dejó. En aquella época, sin apenas acceso a la medicina, cualquier tontería con la salud podía sacarte del recuento diario. 
Cierro los ojos y aún escucho los lloros de todos, los pésames silenciosos de los hombres al hombre, los consuelos desgarrados de las mujeres a la mujer, la sensación general de injusticia divina, la tristeza. Y veo aún ahora el ataúd sencillo, pequeño y blanco, brillando a la luz del sol tras abandonar la oscuridad de la casa y del estrecho y miserable callejón. Y, a poco que me fije, puedo reconocerme, desde fuera, de pie, impávido, observando asombrado pasar la comitiva desde la puerta de la casa de la abuela.
La otra muerte cercana —lejanas hubo varias, pero no las recuerdo bien porque eran cosas del barrio de los adultos y yo vivía en el de los niños— fue la de Jesús, un oficial del taller de padre. Ya vivíamos en el 18 de Julio; creo que Ricardo ni siquiera había nacido. 
Era un muchacho joven y guapo, amable con la gente, cariñoso con nosotros. Padecía del corazón, decían. Conocíamos a toda su familia, eran vecinos de los Tiradores, amigos. Una tarde cálida yo estaba en el taller, haciendo algo mientras disfrutaba de la sombra, el aire que entraba por el balcón, el ruido mecánico de la Singer y el ronroneo de las conversaciones, y allí estaban también padre, madre y las Pilis. Y alguien bajó y entró directamente, porque la puerta de casa estaba siempre abierta, y dijo algo en voz baja, y todo se volvió patas arriba. Luego, por fin, lo supe: era Jesús, que se había echado la siesta y ya no se había despertado. Lo descubrió su madre, cuando fue a avisarle de que se le hacía tarde. 
Subí a su casa, en la parte alta del barrio, más arriba de la fuente de arriba. Estaba llena de gente calurosa y de fresca oscuridad. Me dijeron que era mejor que no entrara a verlo. Yo no sentía curiosidad, ni tristeza, ni angustia. Sólo quería verlo, sin preguntarme más, pero me hurtaron la experiencia. Quizás fuera una suerte: siempre he sido miedoso.
El tiempo fue pasando, y la muerte era la otra cara de la moneda. Y un día, estando en el CIR número 2 de Alcalá de Henares, después de la comida, el cabo furriel iba leyendo los destinatarios de las cartas recién llegadas y citó mi nombre. Era esa carta de padre en la que me comunicaba, como de pasada, que la abuela Visita había muerto.  Seguí mi vida. 
Así había sido educado: “Dios lo ha querido así, bendito sea”.

sábado, 13 de abril de 2013

Cartas a mis hermanos. Introducción


Recibí vuestra petición y le prometí a Pablo que le enviaría un resumen de mis recuerdos sobre los abuelos para que, unidos a los suyos, pudieran ser útiles para recuperar o conocer algo más de nuestra historia común. Pero las cosas se han complicado un poco. De un lado, Pablo está construyendo un árbol genealógico lo más completo posible; de otro, cuando he intentado empezar a escribir me he dado cuenta de que, si sacaba a los personajes de su contexto, las historias no sólo eran irrelevantes, sino que falseaban la realidad. 
Después de escribir cuatro anécdotas y volverlas a leer con otros ojos no las reconocía. Faltaban las calles, los árboles, el sol de justicia, la nieve, las maledicencias de los corros de vecinas, las miradas confusas, la flexibilidad de la suela de la zapatilla de madre, los celos, el amor... los detalles. Así que he cerrado página para abrir otra. Quiero contaros lo que quiero contarme, recordar lo que necesito recordar. Tardaré más, me haré quizás más pesado. Me importa un rábano; quiero perderme en los detalles.
Pablo nos cuenta, en su último email, que no lleva prisa; yo tampoco. 
Anoche, en medio de un sueño, me desperté y recordé este blog privado, casi sólo para nosotros, que tuvo en su momento su función y en el que después, cuando hubo cumplido su cometido, dejé de escribir. Y pensé que era de nuevo otro momento. 
Porque, si en un principio me había costado cierto esfuerzo recuperar unos cuantos recuerdos, anoche, casi de madrugada —quizás por ese poder que aún tiene sobre mí la oscuridad— se me agolparon las imágenes de mi infancia, y todas iban encajando como piezas de un rompecabezas que, cada una por sí sola no significa nada pero que, vistas en conjunto una vez ordenadas, forman un paisaje con un castillo, una caballo que corre, un barco en medio de una tormenta o la reproducción de un cuadro de Brueghel.
Paradójicamente ahora, que es de día, las ideas no son tan diáfanas como en plena oscuridad, en ese intervalo entre dos sueños en que la fantasía nos engaña mientras luchamos por liberarnos de la tozuda realidad de una pesadilla.
Intentaré escribir lo que recuerdo, sabiendo que a veces nos mentimos a nosotros mismos. Lo haré como he aprendido a hacerlo: como terapia.



domingo, 17 de febrero de 2013

Frank, in memoriam


Hace ya meses que dejé de escribir en este blog. En mi papel del Mayor de la Juanita dejé de tener cosas que decirme y que deciros. Hasta hoy. Anoche me llamó mi hermano para decirme que había muerto su amigo Frank. Amigo mío, también, pero sobre todo amigo suyo. De los de toda la vida. Murió en la flor de la vida, rozando la sesentena, con dos hijos y cinco nietos, el último en camino. No voy a decir cómo era; si lo conociste no hace falta, y si no es así, qué más da.

Las stavkirke
Una de las iglesias que me gustaría visitar algún día es la stavkirke de Borgund. 
Pero dejadme que os explique primero que es una stavkirke. Es una iglesia típica medieval de los países escandinavos —de las algo más de treinta que quedan, veintiocho están en Noruega— construida enteramente de madera, desde la estructura de las naves a las tejuelas con que cubren sus techos. La mayor parte fueron construidas entre los siglos XII y XIV. La madera original que aún queda en la de Borgund, una de las más interesantes, se ha datado como cortada entre 1180 y 1181.
Hoy son visitas obligadas y los turistas suelen admirarse de que hayan perdurado durante tantos siglos. No sé si los informan de que la ley del Gulating, del siglo XI, obligaba a reponer la madera podrida o deteriorada. Y ahí está el detalle que a mí me enamoró desde que supe de ellas: son siempre las mismas siendo siempre diferentes. Cuando una tejuela, una viga, un larguero o cualquier otra pieza, grande o pequeña, importante o superflua, se deteriora, se sustituye por otra; luego otra, unos años después unas cuantas más, y así da la sensación de eternidad. Los antiguos cristianos que acudían a rezar, o los modernos turistas, sólo perciben la belleza del conjunto, la majestuosidad de lo general, pero sólo unos pocos notaban que había una pieza nueva o echaban de menos la vieja que ya no estaba. 
Hoy siento la ciudad donde nací como una gran stavkirke. Y siento que así ha sido siempre, aunque yo no me hubiera dado cuenta.
Esta noche, para mí, la ciudad de mi infancia ha comenzado a ser una de esas iglesias de madera que ha perdido una pieza. Imperceptible para casi todos, a costa de ser pequeña; pero importante para los que la colocaron allí, para los que la cuidaron, para los que sintieron su cuidado o sencillamente, como yo, su presencia. Pienso en mi hermano, pero sobre todo en sus padres y su hermana, en su esposa, en sus hijos.
Para mucha gente pasó desapercibido y su ausencia no tendrá importancia. Muy pocos notarán el hueco que ha dejado, pequeño en el conjunto, inmenso en la capilla íntima en que era una pieza clave. Sólo unos cuantos sentirán durante años el vacío en la mesa del comedor, en el sofá, en la cama, en los cumpleaños, en las reuniones familiares. Algunos vivirán en algún momento su ausencia como un cambio profundo y radical en la ciudad, y notarán un hueco en algunas calles en las que nunca volverán a encontrarlo por azar. Y habrá vidas que nunca volverán a ser las mismas, aunque parezcan iguales.
La empresa para la que trabajaba contratará a otro obrero; y si esta Semana Santa que se acerca al galope nos fijamos en las filas de nazarenos, nos frustraremos intentando encontrar el hueco que ha dejado en su cofradía, o su presencia con la túnica morada y el capuz granate entre el gentío cuando se detienen, a descansar, frente a la catedral. Nadie notará nada: la stavkirke parecerá completa y nueva, como siempre. Y feligreses y recién llegados se regocijarán con su belleza. Pero algunos sabremos que no es así, que una sencilla pieza ha desaparecido. Y era una pieza nuestra.
Para todos, un abrazo. Era una gran persona, estoy seguro de que descansa en paz.
El Mayor de la Juanita, 16 de febrero de 2013
P.S. El original de la fotografía de la Stavkirke de Borgund puede encontrarse en http-//commons.wikimedia.org/wiki/File-Borgund_stavkirke.JPG
La fotografía de Frank la tomé en la Semana Santa de 2008.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Siéntate (vive Slow)


Para C., que está convaleciente.

I. Moverse como forma de rebeldía
Siéntate. 
El sabor de la palabra tiene un comienzo amargo; no va entre signos de admiración, pero nos lo parece. Nos enseñaron a odiarla desde niños. Siéntate, aun pronunciada sin acritud, venía a significar: estáte quieto, no molestes; que nosotros entendíamos a veces como un “sobras, estás de más”.
Siéntate, además, no era una sugerencia, sino una orden y era sentida, por ello, como opresión y sojuzgamiento.  Estarse quieto iba contra nuestra naturaleza. Y es que los estados naturales de la mayor parte de los niños han sido estar, o moviéndose, o durmiendo. Pero nunca sentados, al menos en el sentido que le daban los mayores. 
Podíamos estar sobre un silla, es cierto; o en el suelo, mientras jugábamos o montábamos algo; pero no quietos: nos girábamos, cambiábamos de posición, nos poníamos de rodillas, nos agachábamos... cualquier cosa menos estarnos quietos. 
Hasta que, rendidos, e independientemente de la posición que adoptáramos, nos dormíamos y dejábamos dormir. Sin sentarnos.

II. Sentarse como síntoma de madurez
Cada escuela de psicología o sociología tiene su criterio peculiar sobre el significado de la madurez; el mío es claro: madurar significa saber estar sentado.
Habrá quien diga que por fin estamos domados, que hemos sucumbido a las presiones y hemos aceptado la imposición o el pacto, que no hemos podido por menos que rendirnos. 
Afirmo que eso es mentira; yo defiendo que hemos crecido y hemos asumido que los mayores —aunque sólo sea a veces, y no tantas como ellos creen— también llevan razón. Que sentarse es hermoso, que puede disfrutarse de estar sentado, que es una posición tan natural como cualquier otra, en sus diferentes acepciones según la cultura. Que el sentarse es como el beber cerveza: de niños su sabor amargo nos desagrada; luego nuestro paladar cambia y hay un momento en que una buena trapense, correctamente servida y a la temperatura adecuada, llega a acercarnos a Dios, o al menos a una aproximada idea que podamos tener de Él.
Recuerdo imágenes de personas sentadas: son gente madura, no sólo adulta. El Moisés de Michelangelo, con las Tablas de la Ley; cientos de Vírgenes sentadas con el Niño en sus brazos. Y luego, de mi infancia, la imagen de cada noche de verano cuando, mientras los niños seguíamos corriendo incansablemente por el barrio, nuestros mayores sacaban los asientos a la calle y, aprovechando el fresco, charlaban. O del invierno, sentada la familia —inquietos mi hermano y yo, serenos nuestros padres y tíos— oyendo y contando historias alrededor de la estufa de leña.
Un día uno madura y, casi sin darse cuenta, se descubre sentado y tranquilo. En paz consigo mismo y con el mundo. Como debe ser.

III. Viendo pasar la vida
Siéntate. Tómate la vida con calma. Habitúate al sosiego y así el sosiego se habituará también a ti. Vive mientras tu cuerpo descansa; no te permitas ir, de vez en cuando, ni siquiera despacio. Siéntate. 
También podrías tumbarte, es cierto, pero no se trata de eso. Se trata de una quietud activa, de un vivir al tiempo moderado e intenso. Rara vez Quietud y Atención encuentran un maridaje tan perfecto como en el acto de sentarnos.
A veces andamos. O corremos. Vamos de un lado a otro presurosos, hacemos y deshacemos; trabajamos. Pero es cuando nos sentamos cuando nos damos la paz, recuperamos fuerzas y nos demostramos ese afecto que, equivocadamente, a veces buscamos en los demás.
De pie, en la cocina, hacemos con amor la comida; pero es sentados cuando la disfrutamos en compañía de nuestros seres queridos.
Hacemos deporte y sentimos el corazón latir con fuerza, y sentimos que llegamos al fin de nuestras fuerzas, y nos sentimos satisfechos y orgullosos. Pero es sentados cuando recuperamos lo que somos y nos congratulamos y hacemos planes para mañana llegar más lejos.
Nadamos en el mar o tomamos el sol tumbados, pero es sentados, bajo la sombrilla, como vigilamos y gozamos al tiempo de los juegos en la arena la playa de nuestros hijos.
De pie, apoyados en la barra, o en una de esas modernas y horrorosas mesas altas de algunas bares tomamos unas copas; pero el sagrado aperitivo del domingo, frente al mar, se ha de tomar sentado.
Sentados leemos las cartas y los libros que nos llenan; sentados convalecemos un poco menos ya, fuera de la cárcel de la cama; disfrutamos de una película, tomamos la mano de quien amamos, vemos la televisión en casa —no importa lo que sea, porque estamos, al tiempo, en casa y sentados—; sentados les contamos los cuentos a los niños y, con ellos, sentados —a su manera— también en el regazo, se mira mejor cualquier ilustración y tenemos sus ojos más cerca de los nuestros cuando inquieren una explicación con la mirada.
Sentados vemos pasar la vida junto a la ventana una tarde lluviosa, disfrutamos del fuego de la chimenea recién encendida, endulzamos nuestra boca con ese licor traído de lejos o ese poco chocolate del que sabemos que no podemos abusar.
Sentados, aunque no lo creamos, envejecemos menos. Nos permitimos vivir con quienes amamos. A veces, incluso con nosotros mismos.

IV. Recuperando lo auténtico
Hay personas que no saben sentarse: posiblemente es porque nadie les ha enseñado a vivir y ellas han sido incapaces, con las prisas, de enseñarse a sí mismas. 
Así que vive, corre tras las cosas, juega con tus hijos, pasea con tu marido. Pero no olvides, de vez en cuando, aún cuando creas que no lo necesites, tomarte un tiempo para meditar, para cerrar los ojos, para ocuparte de ti. 
Entonces, no te preocupes por lo que sólo es accesorio, abandona el ser rebelde sin dejar de ser niña, date un tiempo para descubrir lo que deseas y, para hacerlo casi perfecto, cierra los ojos, olvida lo olvidable, disponte a disfrutar de ese momento preciso... y siéntate.


La palabra completa caligrafiada puede verse en mi otro blog: 


lunes, 30 de julio de 2012

Cariños ignorantes


(copia literal —obviando el nombre— de un e-mail enviado esta misma mañana a una vieja amiga, pero que podría haber enviado, tal cual, a más de una persona de esas que siento realmente cercanas)

Introducción. 
Feliz cumpleaños, ........

1. Las cosas suele saberse cuándo y cómo comienzan, pero no cuándo ni cómo acaban.
Hay quien necesita imágenes para entender las cosas; yo necesito palabras. 
Esta noche pasada, de madrugada y tras volver del lavabo, he tenido un ataque de lucidez momentánea: he podido ponerle nombre a una sensación que me corroe, de tanto en tanto, cuando pienso en algunas personas a las que quiero. El concepto que ahora acuño es el de “cariños ignorantes”.
Y me ha arrebatado mientras pensaba en que hoy, cuando tuviera un rato, tenía que felicitarte por tu cumpleaños. Has sido el detonante, aunque la carga comenzara a fraguarse en otro cumpleaños de hace mucho tiempo, con otra amiga respecto a la que me hice preguntas similares.
En tu caso, la pregunta que me ha sorprendido es ¿cómo debo llamarte?
2. ¿Cómo te llamaba tu padre? o ¿Cómo te llamaba yo cuando nos conocimos?
Todos tenemos un nombre. O dos. O más. En mi familia, sin ir más lejos, un día me encontré con una sorpresa: tuve que acompañar a hacer una gestión a una tía materna un poco mayor y, cuando la llamaron por su nombre oficial yo les dije que se equivocaban. Mi tía me rectificó y me explicó que ese era su verdadero nombre y que por el que yo la conocía y toda la familia la llamaba era “el otro”.
Cuando se lo conté a mi madre —su hermana— me contestó, sin darle más importancia: ¡Ah, sí, es que realmente se llama así! Y me explicó la historia. 
La bautizaron con un nombre y la denominaron así durante años, pero, cuando fue un poco mayor, pidió a su familia que la llamaran de otro modo, como a ella le gustaba ser llamada. Curiosamente se hizo así y poco a poco, primero la familia más cercana, luego los vecinos, por último los simples conocidos, asumieron que ese era su nombre y cuando yo nací, del nombre original no quedaba más rastro que el del Registro Civil, el DNI y el recuerdo de su madre y sus hermanos. 
Aquí he vivido situaciones similares pero con una carga política. Nombres en castellano y en catalán. Mi amigo Jaume sólo fue Jaime cuando nos conocimos; luego recobró su nombre original, independientemente de lo que pusiera en su DNI e incluso en el cuartel en que hacíamos la mili juntos aún en tiempos de Franco. 
Anoche, de madrugada, me asaltó la duda de cómo llamarte. Posiblemente a ti te sea igual, pero en ese momento esa duda me resultó incómoda. Y a partir de esa pregunta empecé a hacerme otras, y otras y acabé preguntándome, como otras veces con otras personas, quién eras realmente tú. 
Y por sorpresa me asaltó un sentimiento de ignorancia feroz. Y me entristeció momentáneamente pensar que el sentimiento que nos une posiblemente no fuera amistad, sino un simple cariño ignorante.
3. ¡Cómo cambian las cosas!
En un mundo ya lejano —posiblemente anteayer— las personas se iban conociendo con el tiempo. Un día sabías una cosa, el siguiente te enterabas de otra. Ese conocimiento no era lineal: de algunos de los sucesos definitivos de su infancia te enterabas después de conocer los desamores de su matrimonio. Y entendías lo que le pasó antes viendo lo que aconteció después, y viceversa.
Ahora no. Hoy la entidad bancaria en la que tienes domiciliada la nómina y por ende las tarjetas de crédito sabe más de ti de lo que sabré yo nunca: cómo gastas tu dinero, qué te gusta comprar, cómo te administras para llegar a fin de mes. Y no digamos Google: qué páginas visitas, cuánto tiempo pasas en cada una, con qué frecuencia, qué te descargas.... 
Y aquí estoy yo, sin ni siquiera saber si tienes Facebook (yo no tengo... de momento) ni de seguirte en Twitter. ¿Cómo extrañarse entonces de las preguntas que me planteo?
4. Y sin embargo... te quiero.
Feliz cumpleaños .......... De corazón. 
Sé que hoy estoy siendo parcial. Algo me dice que mi planteamiento, a pesar de su lógica, tiene un punto débil —o dos, o diecisiete— que se me escapan. Seguiré meditando, porque he de llegar a entender, con palabras, lo que me está pasando, lo que siento. En el fondo, lo que necesito saber, es quién soy yo ahora; no quien fui, no a quién conociste hará un porrón de años. Si de paso, si en el camino, entiendo también quién eres tú, quizás me ayude. 
Un abrazo y adiós, que estoy de vacaciones pero eso no quiere decir que no tenga trabajo. Y hay temas que es mejor dejar planteados y darles su tiempo de maduración.
Con cariño, no por ignorante menor
El Mayor de la Juanita

domingo, 15 de julio de 2012

El sentido oculto de las cosas. I. Peer Gynt.


                                 Música para escuchar: cualquier versión de  
                                                         “La canción de Solveig”, preferiblemente cantada.
El 24 de febrero de 1876, se representaba en Christiania (hoy Oslo) la obra de Ibsen Peer Gynt, con música de Edvard Grieg.
Hace un rato, mi hijo me ha preguntado si teníamos en casa el disco.  Le he contestado que sí, y que no recordaba desde cuándo estaba con nosotros, que posiblemente desde antes de nacer él. Y como me he quedado mirándolo, como preguntándole a qué venía la pregunta, me ha explicado la razón: 
Anoche lo invitaron a un concierto en Barcelona; una amiga toca en la JONC —la Jove Orquesta Nacional de Catalunya— y una de las piezas del repertorio, que le entusiasmó, fue precisamente ésta. Me ha contado que iba reconociendo fragmento tras fragmento, pero que nunca hubiera dicho que eran del Peer Gynt. Y me ha asegurado que desde ahora lo oirá de vez en cuando.
Me han dominado dos grupos de recuerdos. El primero eran esas noches en que, antes de ponerlos a dormir, escuchábamos música mientras leíamos o jugaban. Solía elegir músicas alegres, sencillas, cómodas. Oíamos baladas, folklore irlandés o castellano, arias de ópera, romanzas de zarzuela y composiciones pegadizas como alguna danza húngara de Brahms, la barcarola de los cuentos de Hoffman, Para Elisa, la Marcha Turca de Mozart.... y el Peer Gynt de Grieg.
Luego crecieron, cambiamos las costumbres, pero hoy me alegra saber que algo quedó.

El segundo grupo de recuerdos es anterior, muy anterior. Mis dos hermanos pequeños ni siquiera habían nacido; mi padre, que trabajaba hasta la extenuación para sacar adelante la familia, siempre tuvo tiempo para la música y una de sus actividades era tocar la bandurria en la rondalla de Educación y Descanso de nuestra pequeña ciudad de provincias.
Alguna tarde daban un concierto para familias, amigos y conocidos. Mi madre nos arreglaba a mi hermano Pablo y a mí, nos cogía fuertemente de la mano —como si temiera que nos escapáramos, aunque nosotros íbamos tan contentos— y, en medio de la apacible primavera o del frío invernal, bajábamos a oír el concierto que daba aquella rondalla en la que tocaba mi padre. Alguna de las obras que solían repetir eran fragmentos del Peer Gynt
Grieg, interpretado por un grupo de hombres más bien con poca o nula cultura musical, con más ilusión que conocimientos, y encima en un grupo de los llamados de “pulso y púa” no parece muy entusiasmante; pero para aquellos hombres y sus familias lo era.
Un día observé algo que me dejó sorprendido: en un momento concreto, uno de los compañeros de mi padre se puso a llorar en silencio. Si no te fijabas, ni te dabas cuenta; era simplemente que, mientras tocaba —la bandurria, el laúd, la guitarra, no recuerdo bien qué— algunas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
Cuando acabó el concierto le pregunté a mi padre qué le pasaba. Y nos contó la historia: aquel hombre no tenía mucha facilidad para la música y había estado a punto de dejarlo en más de una ocasión, pero el anterior maestro de la rondalla, ya viejo, lo animó a seguir. Le ayudaba, le corregía sin acritud los errores, lo felicitaba cuando por fin conseguía tocar algo pasable. Se empeñaron, los dos, en que al menos una partitura le saliera realmente bien, y lo consiguieron: era “La canción de Solveig”, del Peer Gynt de Edvard Grieg. 
El maestro murió. Pero aún años después, cada vez que la rondalla tocaba esta partitura, aquel hombre lo recordaba y la añoranza le partía el corazón.
Así que, cada vez que bajaba a oír uno de aquellos conciertos, esperaba esa música y, si la tocaban, estaba atento y me emocionaba yo también, recordando la historia que nos contó mi padre.
Luego volví a escuchar la composición en mil versiones, e incluso me maravillé cuando descubrí que la original era cantada y disfruté con el sonido de una voz femenina que la endulzaba aún más. Pero siempre he tenido en el corazón aquella sencilla versión de una rondalla de pulso y púa donde un hombre maduro, cuando llegaba este momento, no podía contener las lágrimas.
Esta noche, mi hijo me ha preguntado si teníamos en casa el disco del Peer Gynt. Y me he dejado arrastrar por los recuerdos. Y he vuelto a oír, una y otra vez, en diversas versiones, “La canción de Solveig”.