sábado, 17 de abril de 2010

MENTIRAS PIADOSAS, BENDITAS MENTIRAS. 2 de 4



2. LA FALSIFICACIÓN, O LA PROFESIONALIDAD
Nota previa: Por lo que veo, releyendo la entrada, he sido incapaz de imprimir a mis palabras el tono jocoso que deseaba darles mientras las iba escribiendo. Pido disculpas por mi  incapacidad y recomiendo, pues, leerlas sin ninguna seriedad. No la tienen.
                                     Las mejores mentiras se dicen cara a cara, con un toque de arrogancia
John Le Carré. El infiltrado
El hombre que falsificaba billetes
Pocas cosas hay tan sofisticadas y apasionantes como las mentiras bien urdidas. Cuando era pequeño, mi padre me contó una historia que hizo mis delicias: trataba sobre un tipo que era un auténtico manitas en eso del dibujo; tanto, que se dedicó con éxito a falsificar billetes prácticamente de forma artesanal, con unos materiales básicos a los que con su genialidad supo extraer todo su jugo. Finalmente, lo detuvo la policía. Pero no lo encerraron: le propusieron trabajar en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Era un final feliz, y yo un niño crédulo. 
Luego, de adolescente, recordando la historia, me dio por pensar que mi padre era un mentiroso o un romántico estúpido —ya se sabe cómo se las gasta uno en la adolescencia—; años después me llegó otra noticia que me recordó el tema, posiblemente otro bulo, o quizás no: algunas compañías prestigiosas de informática, por no citar ciertas agencias gubernamentales norteamericanas, se dedicaban a localizar crakers, no para meterlos en la cárcel, sino sólo para amenazarlos con el problema que sería que se les cayera el jabón mientras se duchaban. Y luego, en un alarde de generosidad, no sólo les proponían solucionar ese problemilla, sino que les ofrecían, al tiempo, un jugoso empleo y una pasta gansa por trabajar para ellos en vez de ser tan independientes. Pero posiblemente no sea más que una de tantas teorías de la conspiración.
Pero, si eso lo sabía Todo el Mundo
¿Teorías de la conspiración? Seguro que sí. Pero basta con una ojeada alrededor para saber que los falsificadores abundan. Un día sí y otro también aparecen noticias sobre las ramificaciones de la estafa piramidal de Madoff, las jugadas de ciertos bancos con las hipotecas subprime y un montón de fraudes por el estilo. El artesano de los billetes, en los tiempos que corren, no se merecería en la prensa ni el hueco de un anuncio por palabras. Y lo que es más grave: al parecer, todo eso, como la corrupción política, el pelotazo inmobiliario o la explosión de cualquier otra burbuja, era algo que “ya sabía Todo el Mundo”. 
Haciendo cálculos, sospecho que un servidor, acompañado de  aproximadamente unos siete mil millones de personas, no estamos incluidos en esa magnífica casta que conforma el Todo el Mundo, esos que ya lo sabían todo antes de que estallase la burbuja. Tomemos ahora la propuesta del refranero popular de "mal de muchos es consuelo de tontos";  según mis números, teniendo en cuenta la magnitud del número de habitantes del planeta que no formamos parte de Todo el Mundo, el nivel de tontez acumulado tiene tintes de ser sublime. Ese el contexto de cualquier burbuja.
Voy a atreverme a aventurar una hipótesis: se guarda la porquería en un globo —lo de la “burbuja” me suena demasiado a pompa de jabón, a algo limpio y brillante con aire dentro—; esa porquería produce pingües beneficios a Todo el Mundo que pagamos, evidentemente, el resto de personas de diversas maneras. Como Todo el Mundo es sumamente ambicioso, cada vez el globo se llena más y más, hasta que explota. Y entonces, y sólo entonces, cuando el hedor es insoportable y las paredes de la habitación están enjalbegadas de mierda, es cuando los periódicos destapan la noticia, y así nos enteramos de algo... que ya sabía Todo el Mundo.
Yo, de adolescente, me decía: si lo que me contaba mi padre del falsificador hubiera sido cierto, hubiera sido una bomba periodística; seguro que ya nos habríamos enterado. Hoy sería más prudente a la hora de criticar a mi progenitor.
El Club de los Mal Engañados
Las novelas de Le Carré, y algunas noticias recogidas en los foros más diversos al vuelo, me han enseñado algo: es un signo de sensatez, y hasta de higiene mental, ver los telediarios como quien mira con sus hijos La Sirenita, pero sin la molestia de tener que preparar palomitas para acompañar.
Ahora intento vivir despreocupado. Pero espero con cierta curiosidad y, por qué no reconocerlo, regocijo, la próxima explosión del próximo globo. Mientras rezo, eso sí, para  que la mierda no me manche demasiado la camisa. El mundo está lleno de ellos; y pocos —que no sean Todo el Mundo, por supuesto— pueden imaginar la cantidad de porquería que hay encerrada y haciendo presión tras esas frágiles paredes. 
Otro problema es que, viendo lo que veo, me percato de que hemos perdido las formas: ahora ya no hay que ser un manitas para falsificar billetes, y si no, obsérvense, por ejemplo, las relaciones entre el mundo político y el empresarial. Si tuviera que montar un club sé como lo llamaría: Los Mal Engañados.
A los amantes, dicen, siempre les quedará París. A nosotros, a los mal engañados, la evasión con películas de ladrones geniales o de espías inteligentes. Y, vamos a reconocerlo, la inútil esperanza de volver a cruzarnos con una de esas infrecuentes historias de falsificadores con auténtica clase, sobre todo cuando su obra se ha descubierto después de que hayan muerto felices y de viejos. ¡Cuánto echo de menos las historias de mi padre!

miércoles, 14 de abril de 2010

MENTIRAS PIADOSAS, BENDITAS MENTIRAS. 1 de 4

1. ANIMAL MENDAX
                                                                 Todos los cretenses son mentirosos
                                                                       Epítomes de Creta
                         Mira, si a mí no me molesta que me engañen; pero coño, ¡que me engañen bien!
                                                                                 Mi amigo Manuel, allá por 1980
Imágenes del hombre, propuestas ideales
No siempre somos conscientes, pero nuestro ideal de persona define nuestra forma de ver al mundo y de juzgar lo que vemos. Con todo lo que eso acarrea.
Desde los griegos ha persistido la imagen del hombre como animal racional. La razón era la característica que ponía al hombre por encima de cualquier otra criatura creada. 
Fuera el espíritu lógico, el alma o el desarrollo del lóbulo frontal del neocórtex, tratándose del homo sapiens, todo parecía apuntar a lo mismo: era nuestra capacidad de comernos el tarro lo que marcaba la diferencia y establecía nuestra superioridad jerárquica (y justificaba nuestra rapacidad para con nuestros semejantes o la Naturaleza, de paso). 
Que esa cacareada capacidad de razonar se haya utilizado con extrema cicatería —y ahí está la proliferación de amores, odios, celos, guerras, envidias, destrucción, desesperación, opresión... que es fácil encontrar a lo largo de cualquier historia, individual o colectiva— no pareció ser óbice para mantener alegremente la afirmación. Según esta hipótesis, a lo mejor que podemos aspirar es a pensar racionalmente.
Gracias a Dios, también hubo heterodoxos. 
Durante el siglo XVI, gentes con más luces, y más divertidas,  retomaron otras ideas griegas y medievales casi perdidas —recuérdese la trama de El nombre de la rosa— y redescubrieron la consideración aristotélica del hombre como animal ridens, como el único animal con capacidad para reír, para crear y entender el humor. En términos modernos, el ideal humano no se parecería a Sartre, sino a Seinfeld; el modelo no sería el pensador profundamente coñazo, sino el humorista sutilmente burlón. Lo que nos hacía superiores a los demás seres de la creación, más próximos a Dios, era la risa. 
La propuesta era revolucionaria: para desarrollarse como humano, había que reír; pasárselo bien; disfrutar a lo grande. Como era de esperar, fue un respiro que duró poco; primero la Iglesia, luego la Reforma y más tarde la Ilustración se encargarían de volver a las ovejas descarriadas al redil. 
Reír no estaba bien visto, al parecer, entre los sesudos varones que se arrogaron la ingrata pero necesaria tarea de salvar las almas o mejorar la sociedad de sus congéneres. Se podía discutir la irracionalidad de la religión, pero no que este mundo había de ser un valle de lágrimas.
La puntilla a esta idea llegó con la Revolución industrial, donde se enfatizó al homo faber, a la persona que construye y utiliza herramientas y máquinas cada vez más sofisticadas, haciendo un paralelismo entre la evolución técnica y la cultural. La raza blanca,  en sus variantes germanas y anglosajonas, sobre todo, ocupaba la cúspide evolutiva. Los latinos éramos poco menos que seres abyectos, los eslavos aún estaban peor, y los diversos indígenas que poblaban el mundo descubierto y conquistado no estaban mucho más arriba que el resto de los animales de carga. Y, en consecuencia, eran tratados como ellos por casi todos, excepto por aquellos misioneros entretenidos en salvar sus almas mediante la evangelización. El ideal era ser científico, ingeniero... y blanco, con todas sus consecuencias, de nuevo. O un buen trabajador o técnico, en el peor de los casos.
El animal mendax
Hay más teorías, pero hoy quiero defender la que, en mi opinión, es la más auténtica: el hombre como animal que miente, como animal mendax (según la traducción de un compañero que sabe latín). Una conclusión a la que llegué un día yo solito, aunque no sea, evidentemente, ni el único ni el primero que ha llegado a ella. 
En la serie House, por poner un ejemplo, el médico de marras lo repite varias veces en cada capítulo —con gran éxito de público—; y sesudos profesores, como Julian Keenan, de la Montclair State University, han explicado tras arduas investigaciones que la mentira es uno de los productos más sofisticados de la evolución. El ideal humano, aquí, es el mentiroso, aunque no cualquiera: sólo aquel que engaña bien. ¿Cuántos profesionales están tan bien pagados como un buen publicista, un autor de éxito o un director de cine, y encima se lo pasan pipa con lo que hacen? Pues eso.
Entre los que ocupan el Olimpo de la pasta, existió incluso un subgrupo al que llamaban "expertos en marketing" que ha sido substituido por los "Storytellers" (traducido: Cuentacuentos). Y no es una broma, sobre todo si consideramos que gran parte de la economía de mercado depende de su buen quehacer.

La mentira como goce
Mentimos como si nos fuera la vida en ello. Incluso ciertas verdades no son más que mentiras tergiversadas o mentiras sobre mentiras. 
Mentimos porque nos encanta mentir, porque forma parte de un juego entrañable, porque nos divierte y porque engañar a los demás es la prueba de que razonamos mejor que ellos, jugamos más y encima podemos ser más divertidos. Y todos, desde la profesionalidad o desde el amateurismo, participamos en tan magno deporte.
A tanto llega el amor que profesamos a la mentira que, a falta de otro destinatario mejor, también solemos engañarnos a nosotros mismos. Y no sólo con frecuencia, sino a veces con un ritmo frenético, con una profundidad espléndida y con una variedad de temas asombrosa.
La añoramos tanto que habría que acuñar una  nueva adicción, como mendaxpatía, para definir la situación de aburrimiento y/o pavor en que nos encontramos cuando se nos cuenta sistemáticamente la verdad. No importa que sea la mujer que nos jura que nos querrá siempre —o que hemos estado soberbios en esos determinados momentos—; el político que nos vende lo invendible; el revolucionario que nos promete la posibilidad de la utopía; el tío del banco que nos dice que no nos preocupemos por el crédito, que si hay algún problema él nos lo soluciona; cualquier religión cuando nos ofrece cualquier Paraíso; el hijo que nos dice que no, que él no ha sido; el médico que nos asegura que en cuatro días como nuevos; la pescadera que nos hace ver que esa merluza a tan buen precio todavía se mueve; el vendedor de coches que nos felicita por la ganga que acabamos de comprarle. Definitivamente, nos encanta que nos mientan.
Lo que no perdonamos no es la mentira, sino que nos engañen mal. No nos trata como idiotas quien nos engaña, sino quien lo hace de forma burda, sin cuidar los detalles... sin profesionalidad. No despreciamos a quien nos miente, sino a quien es incapaz de mantener la ilusión de verdad en lo que cuenta.
Como me decía mi amigo Manuel, bien venida sea cualquier mentira, pero “coño, ¡que nos engañen bien!”. Y esto es no sólo mi verdad sino, de hecho, la única verdad.

domingo, 11 de abril de 2010

UN E-MAIL RECIÉN ENVIADO



A FAMILIARES, AMISTADES Y OTRAS HIERBAS AROMÁTICAS Y MEDICINALES 
No sé si conoces la leyenda. A comienzos del siglo VII, un monje irlandés llamado Gallus vino a este rincón del mundo a convertir a los montañeses paganos. Creo que eran adoradores de osos. Construyó su eremitorio en una cueva cercana a donde se encuentra hoy la ciudad, y allí predicó y se dedicó a la oración. Pero era un hombre de tal santidad, tan por encima de las meras consideraciones de este mundo, que necesitó a un siervo, o a un amigo, que le ayudara en la vida cotidiana. ¿Dónde podría encontrarlo? Bien, resultó que la cueva elegida por Gallus ya tenía otro habitante, un oso de gran envergadura. Y Gallus, que era sumamente terco, hizo un pacto con el oso. Si el oso le traía leña para el fuego, él daría pan al oso. Y así fue. Y este excelente pan de jengibre, espero que no os moleste que diga que es excelente, no pretendo elogiar mi regalo, hoy nos recuerda que si somos sabios de veras sabremos llegar a un acuerdo satisfactorio con el oso que vive con nosotros, porque de lo contrario moriríamos de hambre o tal vez acabaríamos muriendo en sus mismas garras. Al igual que todas las historias de santos, ésta tiene una moraleja. Y la moraleja es el regalo navideño que te hago, Davey, pobre canadiense mataosos, y a ti también, Magnus, fraudulento encantador, y a ti, mi queridísima Liesl, aunque a ti no te hace falta: cuidad bien a vuestro oso, y vuestro oso os dará leña para el fuego.
Robertson Davies. Mantícora.

Es ya año nuevo y primavera. Los árboles ya han florecido y ayer pisé con los pies descalzos la todavía fría arena de la playa. Es hora de quitarse las ropas de abrigo. Aunque con prudencia, que las heladas son traidoras.
A principios del pasado diciembre, coincidentes el frío exterior y el interior, decidí retirarme, sin saber de dónde ni a dónde; supongo que de lo conocido y a una cueva donde habita un oso particularmente querido y que tenía descuidado. El caso es que entré ahí sin saber hasta cuándo me quedaría.  
Aislado voluntariamente, como excusa para comunicarme con el oso abrí un blog, destartalado y aún por adecentar con dibujos, caligrafías y gifts diversos, y me dediqué, algunas noches y como alternativa a ver un rato la televisión, a escribirme a mí mismo, a recordar, a reflexionar sin buscar comprensiones ni complicidades fuera de la cueva. A veces, cuando no se trataba de cuestiones muy personales, tentado estuve de enviaros alguna parrafada, pero fuera soplaba el viento y en esos momentos lo consideré fuera de lugar. Llegué hasta a pensar que podía molestar.
Ahora, con la luz y el calor, el oso ha empezado a salir en busca de no sé qué y a mí me está empezando a pasar lo mismo, además de que, seamos sinceros, tampoco me apetece quedarme tanto tiempo solo allí dentro.
Desconozco la receta del pan de jenjibre, aunque la mermelada hecha con los rizomas de esta planta es, junto con la de naranja amarga, mi preferida para untar las tostadas del desayuno de los domingos. Disfrutad la primavera, y no olvidéis, ahora que llega el buen tiempo, seguir cuidando y alimentando con un buen pan a vuestro oso personal: será el encargado de proveeos de leña cada invierno.
Si algún día tenéis mucha curiosidad, y sólo si tenéis mucha, podéis enredar en ese cuaderno de bitácora en el que he ido añadiendo entradas a lo largo del invierno en la cueva. La mayor parte de ellas son quizás demasiado personales y no os dirán mucho desconociendo el contexto, pero ahora eso carece de importancia. 
(...)
La última entrada, de hoy mismo, está escrita pensando en todos y cada uno de vosotros.
Atentamente

ENSIMISMAMIENTO

Hermosa palabra. De peligroso significado, no voy a negarlo, pero hermosa. Para entender su profundidad hay que reflexionar sobre el hecho de que es un verbo de los denominados de conjugación pronominal o reflexiva, de esos en los que hay dos pronombres. Uno de esos verbos que definen acciones en las que el sujeto es, al tiempo, quien recibe la misma acción que ejecuta, como por ejemplo: arrepentirse, callarse, herirse. 
Del mismo palo y el más auténtico: ensimismarse. Yo me ensimismo, tú te ensimismas, él se ensimisma. Y no se sale del uno mismo, para ensimismarse.
En cuanto al peligro que entraña su significado, está determinado por ser una acción que depende de cumplir con dos requerimientos previos insoslayables: el primero, una entrega a los propios pensamientos, al mundo interior, único y personal; el segundo, el olvido del mundo exterior, de aquello que nos rodea, sin importarnos cómo pueda influirnos. 
Una combinación que, llevada al extremo, o mantenida durante demasiado tiempo, puede generar curiosas patologías. Personales, sociales o culturales. Porque no sólo nos ensimismamos las personas; también los grupos, las naciones y hasta las civilizaciones, suelen pasarse de rosca sintiéndose más únicas de lo que realmente son, y perder de vista el mundo mediante la vulgar práctica de mirarse incesantemente el ombligo.
Pienso en positivo. Ensimismarse. Estar en sí mismo, consigo mismo, cerrado al resto. Olvidarse por un momento del viaje compartido, cerrar los ojos, pensar e intentar contentarse la pregunta: ¿quién soy yo? Y empezar a buscar la respuesta desenmarañando recuerdos, regresando a las múltiples infancias, añorando supuestas patrias del alma, recopilando sueños inconclusos, rehaciendo proyectos, asumiendo fracasos que se creían olvidados y estaban sencillamente ocultos.
Llevo una larga temporada, todo un invierno, de hecho, ensimismado. Hablando mucho conmigo mismo. A lo peor, demasiado. Llego a discurtirme como con una imagen de un espejo, de tanto ser yo sin serlo en tanto que no puedo ser, también, el Otro. Escribo básicamente para mí. Y me gusta. Aún no he llegado a entender razones ni por qués, pero hoy caigo en la cuenta de que está siendo así justo desde antes de comenzar el invierno.
Me voy al otro lado: En lo que tenga de cierta aquella afirmación de Ortega y Gasset de que el hombre es él y su circunstancia, el ensimismamiento, más allá de cierta medida, puede ser peligroso, como decía, al desequilibrar ostensiblemente la balanza hacia uno de los platillos, el del peligroso ego.
Quizás sea tiempo, pues, de regresar al equilibrio o al menos al intento de equidad, de salir del letargo, de volver al redil, de gozar de nuevo del “nosotros”. 
Un día de estos volveré a escribir a los amigos con cualquier excusa. Esperaré respuestas que sean no ya únicamente imprevisibles, sino incluso inimaginables, porque vendrán de ellos, y no de mí de nuevo. Y quizás, si el contexto y la realidad exterior ayudan, ampliaré la salida de mi ensimismamiento y quedaré con alguno, para compartir uno de esos platos cuya receta todavía no he compartido, o con una copa de vino o de cerveza. Lo que juzguemos necesario o conveniente en ese momento. 
Y espero que no nos ennosmismemos demasiado. Porque eso sí que sería volver a empezar. Ennosmismarse: un nuevo concepto que tendré que llenar de significados. 
P.S. Mi hermano —el segundo de la Juanita—, me hablaba hace  unos días al respecto de sustituir ensimismarse por enmimismarse. Le parecía más preciso usar la partícula “mi” que “si”. Le daremos también vueltas.

jueves, 8 de abril de 2010

LO IMPORTANTE ES CONTARLO

Mientras no empeoren las cosas, bien
Mi padre es un filósofo nato. Él, supongo, aún no lo sabe; algún día se lo preguntaré. De más joven me descolocaba con sus refranes, sus argumentos, sus chascarrillos y sus originales respuestas, pero con el tiempo he ido aprendiendo. 
Por ejemplo, cuando alguien lo saluda y le pregunta cómo está, no suele contestar lo que marca el protocolo. Parece como si le molestara decir simplemente “bien”, o “vamos tirando”, o cualquier otra frase al uso. No señor, eso sería demasiado evidente. Y mi padre es un filósofo natural, no un tipo evidente.
A él algún amigo lo saluda en la calle con un “¿Cómo marcha todo?” y mi padre le contesta: “Bueno, mientras no empeoren las cosas, bien”. U otro: “¿Qué, cómo te va la vida?”; y él : “No sé, depende con quién me compares”. Y a partir de ahí la conversación puede tomar rumbos curiosos. De hecho, en más de una ocasión, los toma. Yo antes lo sufría; ahora lo disfruto.
Hace poco, un conocido bastante más joven pero igual de dicharachero que él se nos acerca por detrás, lo abraza y lo saluda diciéndole: “¡Que te estás haciendo viejo!”. Y mi padre, impertubable, le contesta. “¡Sí, pero yo, por lo menos, lo cuento!”
Seguimos siendo pobres
Aquella Primitiva que hicimos mi hermano el segundo y yo la pasada Semana Santa no nos ha llevado a ningún sitio. Lo he comprobado y nada; bueno, sí, hemos perdido dos euros, uno él y otro yo. Así que he abierto el correo electrónico y me he dispuesto a enviarle, en su rol de socio en el negocio, un e-mail breve y conciso: “Seguimos siendo pobres”
Un viejo cuento chino
Es chino, de verdad. Conozco de él varias versiones. En síntesis, es la historia de un hombre empeñado en discutir a su familia y vecinos los conceptos de suerte y desgracia. Un día se escapa el caballo (y el hijo se duele de su mala suerte); al poco regresa acompañado de otros dos (los vecinos lo felicitan por su buena suerte); pero al ir a domar a uno de ellos el hijo se rompe la pierna (qué mala suerte, se compadecen ahora los vecinos); pero estalla una guerra y los soldados del emperador se llevan a todos los jóvenes menos a su hijo, lesionado (y de nuevo albricias vecinales por su buena suerte), etc. El cuento es largo. En cada ocasión, el padre contesta lo mismo: “Esperemos a ver lo que trae el tiempo”. Lo importante, les dice, es la acción y lo correcto que ésta sea, no los resultados, que nunca acabaremos de conocer.
He recordado este antiguo cuento y he decidido cambiar el mensaje del e-mail. Ahora le quito el “pobres” y dejo escrito únicamente: “Seguimos siendo”. Pero no se lo mandaré, porque no sé si con estas dos palabras llegará a entenderme... o me entenderá demasiado.
Lo de pobres, o ricos, o más viejos, o felices, o desgraciados, o lo que sea, habremos de esperar, para saberlo realmente, a ver que nos depara el futuro. Quizás no hayamos tenido suerte... o quizás sí, quién sabe. Mientras tanto, seguiremos siendo, mientras Dios quiera, el tiempo que el Destino nos depare. 
Me siento relajado, rememorando las frases de mi padre: Mientras no empeoren las cosas, seguimos bien; aunque eso de bien habrá que verlo según con quién se nos compare. Y en cualquier caso, a día de hoy, nosotros por lo menos lo contamos. Voy a ver si hay suerte, encuentro algún licor que me apetezca en el comedor, y me tomo una copita.

martes, 6 de abril de 2010

¿CUÁNDO SE VA, CUÁNDO SE VUELVE?

Cuando la Nochebuena cae cuando Dios quiere
Hacía mucho tiempo que no pasaba, y no ha vuelto a pasar. Pero aquella vez estuvimos todos los hermanos en casa al mismo tiempo. Coincidieron los días libres, llegamos a acuerdos y, aunque con angosturas, allí recalamos los que andábamos dando tumbos y el que ya vivía allí. Esa noche, en la mesa, nuestro padre hizo una excepción y pronunció unas palabras que me sonaron a discurso. Dijo: “No importa la fecha; para mí hoy es Nochebuena”. Y luego, sin más, nos pusimos a cenar lo que nuestra madre había preparado. No queda en mi memoria ni fecha, ni menú, ni conversaciones posteriores; sólo aquella frase memorable de mi padre.
La vuelta a casa
Para algunos desplazamientos no utilizo nunca el verbo “ir”.  Sólo el “volver”.  He decidido que se va sólo a lugares donde no se ha estado antes, o donde, habiendo estado, todavía no se ha anidado el alma. Así que este viaje ha sido, primero un volver y ahora un volver a volver. Ya he vuelto a casa. 
Por este año, se acabaron las procesiones, las imágenes, los sonidos de tambores y cornetas, la gente, los paseos por calles cargadas de recuerdos, el cansancio de las cuestas o las fotografías a las que me va induciendo la desconfianza de la memoria.
Y ahora me doy cuenta de que todo eso no tuvo apenas importancia. De que fue sólo folklore. Entretenido, entrañable, un remover recuerdos y pasiones casi olvidadas. Preciosos fuegos artificiales, efímeros y rutilantes... y poca cosa más.
Ahora, una vez despejada la incógnita del problema, el resultado es otro. Las luces de la ciudad, los árboles y los belenes, los villancicos y los brindis, son sólo el envoltorio de la Navidad. El calor humano es en el fondo lo importante, el elemento imprescindible para que la fecha tenga un sentido. Lo entendió perfectamente y lo dijo, hace ya muchos años, mi padre, cuando nos convocó a celebrar una Nochebuena en ausencia de cualquier parafernalia.
Así que, finalizado este viaje, o cualquier viaje de esos a los que llamo “la vuelta”, o “el regreso”, reflexiono sobre lo que me queda, una vez resuelta la ecuación. Y lo que perdura son esos momentos en que mi madre me cuenta cosas de su infancia mientras me ayuda en la cocina secando los platos; el rato en que mi padre, cuando nos quedamos solos después de la cena, me explica que ya tiene ganas de seguir con su coro. Las comidas compartidas. Ese paseo en que mis hijas casi me maldicen, por lo largo, aunque luego les encante enseñarle a su prima el museo que se aloja en un antiguo convento de carmelitas. Ese pasar entre risas por el arco junto a la iglesia de San Nicolás. Esa charla nocturna con mi hermano donde se mezclan la informática, aspectos vitales y biográficos y las cuestiones más místicas. Y esas cañas de cerveza y esos cafés que, como un rito, nos tomamos cada día mientras decimos las payasadas más increíbles que se nos ocurren. Siempre bien aderezadas con unas buenas tapas e incluso, si se tercia, con unos zarajos, aunque ahora ya no los sirvan liados en sarmientos.
Sin olvidar la vieja ceremonia de salir a pasear con ese hermano, pasar por el kiosko de siempre y hacer la Primitiva a medias. Y divagar después sobre qué haríamos con el dinero si nos tocara. Y el volver a pensar, no tanto en ir, como en cuándo volveré. A verlos, a compartir con ellos. Independientemente de que el escenario sean aquellas calles u otras, o cómo se iluminen, o qué música las llene.

domingo, 4 de abril de 2010

VIERNES SANTO

Música de fondo: el Miserere de Pradas, la Marcha Real y la de Infantes. Por este orden.
De madrugada el ruido de tambores, roto en la bajada por el Miserere. Durante todo el día música de bandas, el ritmo monótono de los banceros, sonidos de tambores y cornetas y, después de los pasos, el redoble de los jóvenes músicos que tocan la caja. Durante la mañana la gente está en la calle y habla y lo festeja, y hasta se pierde el decoro por culpa de las nuevas tecnologías ; en la tarde el tono ya baja y se hace el habitual; pero ahora es la hora del silencio. Hasta las cantoneras van cubiertas de goma y no se escucha su golpear el adoquinado. En una noche como esta la plaza Mayor está llena de gente. La banda de música se ha preparado para interpretar la marcha fúnebre. El ritmo del desfile se ralentiza. 
La muchedumbre se agolpa en cualquier sitio, se sube a las escaleras que van hasta la torre del reloj, o en el pilón de la fuente; o se apoya en las pared del convento. Se susurra mientras salen y van desfilando, calle abajo y lentamente, los estandartes de todas las cofradías y los nazarenos con túnicas y capuces de todos los colores entre tanto morado. 
Luego salen de la catedral los caballeros del Santo Entierro y entonces el silencio es sepulcral. Todo el mundo calla de una vez, sin necesitar siquiera de esos molestos “ssists” que tanto frecuentean otros espectáculos. Por la puerta aparece Cristo yacente, con cuatro hachones encendidos, uno en cada esquina. La banda lo está esperando y suena la Marcha Real, el Himno nacional.
Después sale la Virgen llena de dolor por el hijo muerto. El silencio absoluto se hace de nuevo. Ahora suena la Marcha de Infantes.
No suele hacerse, pero deberían tocarse a ritmo lento,de marcha fúnebre, porque se trata del entierro del Hijo y del dolor de la Madre, y al tiempo florearlas con alegría, sobre todo la Marcha de Infantes, que lo pide, porque ese entierro no es más que el preludio de la Resurrección, aunque en este pueblo, que tiende más al Tánatos que al Eros, no acabe de entenderse el significado de la Pascua.
Más tarde, algunos, recorrerán atajos por los callejones llenos de corrientes de aire frío para alcanzar de nuevo la cabecera de la procesión y se dedicarán, gozosamente, a ver las imágenes tan conocidas, el vuelo de los estandartes y las capas y, por encima de todo, se deleitarán viendo cómo ve el Santo Entierro la gente.